La aventura del tango: calle que se hizo barro

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA Columnista

Los tangos inspirados en barrios, y en las emociones que sus paisajes y sus anécdotas despiertan en las gentes, son multitud.

Sin embargo, hay algunos que, aunque paridos por la misma compulsión nostálgica, tienen una historia muchas veces escasamente conocida y una relación con hechos y peripecias que les dan una singularidad cuya descripción y valoración valen la pena.

Julio De Caro

Es el caso de Boedo, cuya música escribió Julio De Caro a inicios de 1928 y fue estrenado el 8 de octubre de ese año.

Hay una curiosidad inicial, inaugural diría yo. En ese tiempo Boedo no era un barrio, sino una larga calle típicamente proletaria del Sur de Buenos Aires cuya notoriedad, además de los cafés que la poblaban, se potenció en plena y legendaria disputa de dos grupos de escritores y filósofos llamados, vaya casualidad, Boedo –con integrantes atraídos por un arte social, comprometido, admiradores de Zola y Gorki, y entre los que destacaban Roberto Arlt, Álvaro Yunque y Raúl González Tuñón- y Florida, donde brillaban Conrado Nalé Roxlo, Jorge Luis Borges y Nicolás Olivari, empujados por la concepción más purista, algo así como “el arte por el arte”.

Dante Linyera

A tal punto hubo esas influencias, que el letrista de Boedo, Dante Linyera, seudónimo de Francisco Rímoli, escribió poco después el poema de otro tango, Florida del arrabal, con música de Ricardo Brignolo, en irónica alusión al grupo que calificaba de elitista.

Pero como tango el que perduró fue Boedo, considerado por muchos la mejor obra del renovador De Caro, en la que, según Luis Alberto Sierra, “destacan el acompañamiento armonizado del piano, los fraseos y las variaciones de los bandoneones, los contracantos de los violines tejiendo melodías de agradable contraste con el tema central, y los solos, expresados con riqueza armónica y sonora”. Y perduró fundamentalmente en su expresión instrumental –hay espléndidas versiones de Pugliese, Lucio Demare, Horacio Salgán, Francisco Canaro, Astor Piazzolla y, claro, del propio De Caro- porque la letra reflejaba, con su desparpajo de voces lunfardas, otra cosa:

Sos barrio del gotán y la pebeta,/ del corazón del arrabal porteño,/ cuna del malandrín y del poeta,/ rincón cordial,/ la capital/ del arrabal.

Cantado con esta letra se recuerdan muy pocas grabaciones, caso de la que hizo Roberto Díaz, con guitarras, en 1929. Años más tarde, en 1943, al instaurarse la censura por la dictadura de Pedro Ramírez, Linyera debió modificar su poesía:

Del arrabal la calle más inquieta,/ el corazón de mi barrio porteño,/ la cuna del pobre y del poeta./ Rincón cordial. Reinado azul del arrabal.

De esta versión hay una grabación relativamente reciente, virtuosa fuera de discusión, hecha por Guillermo Fernández.

Pero ¿cuándo Boedo fue elevado a la categoría de barrio, uno de los cuarenta y ocho de la capital argentina, delimitado por Independencia, Loria, Caseros y avenida La Plata? En 1972 y todavía perduran antiguas casas que contrastan con modernos edificios construidos durante las últimas décadas.

Homero Manzi glorificó una de sus esquinas, Boedo y San Juan, en el memorable lirismo de Sur, su melancolía más profunda.

Una última curiosidad: el nombre Boedo, a diferencia de lo habitual en las capitales rioplatenses, no responde a ninguna característica peculiar de la zona, ni a ningún hecho relevante allí ocurrido. Fue un homenaje de la Municipalidad porteña al vicepresidente del Congreso de Tucumán de 1816, Mariano Joaquín Boedo, signatario del Acta de la Independencia Nacional y luego legislador por Salta.

Y si me permite, lector, mi propia emoción no admite que cierre esta columna sin insistir acerca de que Boedo representa un hito en la evolución musical del tango y, tengo la certeza, la principal prefiguración, junto a la posterior trilogía de Pugliese La yumba, Negracha y Malandraca, de la revolución impresionante que creó Piazzolla.

Y estoy persuadido que Julián Centeya rescató, en su propio poema Boedo, ese valor artístico de un tango impar y la mitología y la historia tanguera, literaria y social de un barrio mítico:

Yo vengo a hacerme la partida./ Pero digo que vengo del Boedo legendario./ El de la Balear y El Aeroplano,/ el de Eufemio Pizarro y La Chancha/ muerto de bala en la ancha vereda de la puerta del Biarritz./ Del Boedo, sí, del Boedo del café Dante/ y la ruidosa estación de los bondis frente al Los Andes,/ donde mi junada de asombro/ entreveró a Gorki con Barletta.  

Una pintura probablemente inmejorable.

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