LA AVENTURA DEL TANGO: PUGLIESE Y EL GENERAL

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA Columnista

Hay recuerdos que sobreviven, desobedientes, y petrifican la historia.

No pasa con la relación entre Osvaldo Pugliese y Juan Domingo Perón, cargada de muchos de ellos, que hoy, aunque el tiempo corre y el pasado se aleja, han sido puestos en entredicho.

Ciertamente, no fue una relación empática como la del general con el Mono Gatica, a quien no se olvida cuando, al felicitarlo Perón por un triunfo, le tomó las manos con las suyas, aún con guantes, y le gritó, alborozado: -¡Dos potencias se saludan!

Juan Domingo Perón y el Mono Gatica
Osvaldo Pugliese

Pugliese no fue un boxeador de vida rumbosa –registrada cinematográficamente de modo excepcional por Leonardo Favio-, que derivó en drama desolador y concluyó en tragedia. Pugliese fue un músico de tango de extraordinaria calidad y repercusión y, claro, también portador del carné Nº 108 del Partido Comunista, uno de los fundadores  de la Sociedad de Músicos Argentinos y líder de sonoras huelgas como la de los cabarés en 1935.

Según el escritor Enrique Medina, “nunca se supo la exacta razón por la que Osvaldo Pugliese fue preso la primera vez, hecho que no ocurrió durante el gobierno de Perón sino antes, en 1939, cuando se aprestaba debutar con su orquesta en la inauguración de la nueva sede del Partido Comunista”. Medina ha afirmado que corrieron muchas versiones, pero la única con asidero, a su juicio, fue que “se quiso escarmentar a la rebeldía encarcelando a una figura de prestigio de la izquierda”. No hay que olvidar que, para ese año, Pugliese había compuesto el inmortal Recuerdo en 1924 –“un tango para el año 3000”, según Julio De Caro, quien lo estreno en 1927- y actuado con Paquita Bernardo, Alfredo Gobbi (h) y Elvino Vardaro: no era un desconocido, sino un músico popular que armó aquella orquesta inicial como una cooperativa.

Se sabe: en la comisaría fue tratado con respeto, invitado a tomar mate en el despacho del oficial y le fueron a buscar “tortitas negras”, que le gustaban. Tras unos pocos días, la libertad, el esperado debut ahora en el teatro Nacional y la confesión de los policías de que se habían “sentido honrados de estar con semejante artista”.

Esa vez nació la idea del clavel rojo sobre el piano: si Pugliese estaba preso, la orquesta tocaba igual, sin pianista. Se ha dicho que lo propuso el Negro Mella, por entonces presentador y recitador y más tarde sustituido por Eduardo Moreno, el autor de la letra de Recuerdo. No obstante, otros testimonios –Petit de Murat, García Jiménez, Jauretche-  horadaron esa historia: sí, el clavel se colocaba sobre el piano, pero muchas veces aparecía después don Osvaldo, regalaba la flor a alguna dama de la platea… ¡y a lo suyo!; tamaña suerte de efecto sorpresa, de todos modos, duró poco.

Cuando Perón llegó al poder generó una paradoja: no sólo consideraba al autor de Malandraca “una buena persona” sino que gustaba de su música, en especial de las versiones de La Yumba y La Mariposa. Pero varias veces sucumbió a las presiones del entorno y Pugliese iba a parar al calabozo, con su delgadez y su dignidad, quizás para que no pudiese actuar una noche. Eso sí, siempre tratado con consideración.

Peor la pasó durante la cínicamente llamada Revolución Libertadora: en 1955 Pugliese estuvo preso en Devoto desde enero a julio, y en esa cárcel se le vio, con lampazo y balde, limpiar corredores, negándose a que otros detenidos le quitaran de encima ese trabajo.

Don Osvaldo nunca fue un agitador, sino un hombre con convicciones que jamás confundió arte con ideología. Ocurrió que en ciertas etapas políticas de la Argentina, por su popularidad, lo consideraron un “botín de guerra”.

La vida reservó a la relación entre Pugliese y Perón un final inesperado. A fines de 1973, unos cuantos meses antes de morir, tras un regreso con objetivos que no pudo cumplir, el fundador del Justicialismo organizó un espectáculo artístico al que invitó a figuras como Horacio Guarany, Mercedes Sosa, Edmundo Rivero y, oh sorpresa, Osvaldo Pugliese, quien actuó. Al mediodía siguiente hubo un almuerzo en Olivos con ellos. Pasados unos minutos, Perón se levantó, se dirigió a Pugliese y le extendió la mano:

-Me quiero disculpar, maestro, por aquellos asuntitos que nos quedaron pendientes…

El músico aceptó el saludo y, con su voz finita, respondió: -No se preocupe. Ya está todo olvidado.

Perón lo miró a los ojos, mientras un fúnebre, macabro López Rega y una desencajada Isabelita clavaban la mirada en sus platos.

Y entonces levantó la voz: -Sólo los grandes como usted saben perdonar.

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