LA AVENTURA DEL TANGO: EL HOMBRE GRIS

EL HOMBRE GRIS

By Antonio Pippo P.

“…Y ver a mi viejo,/ un tano laburante que la cinchó parejo,/ limpia y larga…/ ¡Minga como yo,/ un atorrante que la va de sover/ y se hace el raro!”.

Quien sería conocido como “El hombre gris de Buenos Aires” nació el 15 de octubre de 1910 en Borgo Val di Taro, cerca de Parma, Italia; su padre, un periodista de ideas anarquistas, debió huir del país natal y dos años después llegó a la Argentina para instalarse primero en Córdoba y más tarde, ya corriendo 1923, en Buenos Aires, sucesivamente en Parque Patricios y Boedo: “Vino en el ‘Conte Rosso’,/ fue un espiro./ Tres hijos, la mujer/ y a más un perro…”.

El más pequeño se llamó Amleto Enrique Vergiati y adoptó el seudónimo con que se hizo popular en el Río de la Plata cuando escribió su primer texto poético para la milonga “Julián Centeya”, con música de José Canet.

Julián Centeya fue un poeta sensible, especializado en lunfardo, recitador y periodista que no terminó el liceo porque lo echaron en tercer año por mala conducta. Vivió y murió en una digna pobreza pese a tantos éxitos momentáneos; bohemio y noctámbulo, cultivó con fidelidad inalterable la amistad de grandes figuras del boxeo, al que amaba, caso de Pascual Pérez, y de los grandes tangueros: “Tu fueye…/ nada se parece tanto a vos como tu fueye,/ ¡tu fueye!/ Algo más; tu palabra,/ tu alma,/ tu sangre,/ tus ganas de nada,/ tus ansias/ y la noche larga/ y la copa volcada…” (fragmento de “Pichuco”, dedicado a Aníbal Troilo). Su primer libro de poemas, “El recuerdo de la enfermería de Jaime”, editado en 1941, lo firmó con el seudónimo de Enrique Alvarado y en la década de 1960 publicó “La musa del barro” y “La musa mistonga”, ésta considerada su mejor obra, con un emotivo prólogo de César Tiempo: “San Julián Centeya, todas las botellas que arrojaste al mar, todas las palomas mensajeras que lanzaste a las tinieblas, todas las voces que alzaste en el desierto, todas las palabras vulgares con que embelleciste las cosas vulgares, todas, todas, llegarán a destino”. Tres años antes de su muerte vio la luz su única novela, “El vaciadero”, sobre los “quemeros”, hombres, mujeres y niños que van a la “quema” –incineración de la basura- a buscar algo de valor para subsistir un día más.

Julián Centeya, “El hombre gris de Buenos Aires”, trabajó en Radio Colonia de Uruguay y en Radio Argentina y fue periodista en su ciudad adoptiva de los diarios Crítica, Noticias gráficas y El mundo, así como colaborador de varias revistas de las calificadas “de actualidad”. Tuvo participación en una película, “El canto cuenta su historia”, hizo numerosas apariciones televisivas recitando sus poesías y escribió la letra de unos cuantos tangos recordables: “Claudinette” (música de Enrique Delfino), “La vi llegar” –del que existe una versión antológica de la orquesta de Miguel Caló con la voz de Raúl Iriarte- y “Lluvia de abril (ambos con música de Enrique Mario Francini), “Lison” (música de Ranieri), “Más allá de mi rencor” (música de Lucio Demare), “Felicita” (música de Hugo del Carril, toda una rareza) y “Este cuore” (poema al que, ya muerto Centeya, puso música el ex roquero devenido tanguero poco convencional Daniel Melingo, quien recientemente, y más de una vez, ha actuado en salas de Montevideo).

Este hombre melancólico, defensor de los marginados, adorador de la noche y la madrugada, amó a Buenos Aires pero jamás olvidó la lucha casi desesperada de su padre, el anarquista inmigrante: “Y aquí palmó…/ Aquí yace adormecido mi viejo,/ el noble tano laburante/ que se me fue una noche de descuido/ y me dejó un recuerdo lacerante./ ¿Qué cielo habrá encontrado en su apoliyo,/ si es que hay un cielo pa’ los que se piantan?/ Ah… pero seguro el cuore suyo se ha hecho grillo/ y su mano, cordial, es una planta”.

Se ha dicho que su lírica lunfarda –y no sólo- “pertenece a un poeta que descubre el misterio en ascuas de la ciudad que recrea fulmínea, mientras florece y padece por todos nosotros, dueño de un alma que no podemos tocar sin llenarnos de angustia, un cabujón entre los harapos de la poesía de Buenos Aires”. Quizás, y sin quizás, la mejor definición que haya podido honrarlo.

Amleto Enrique Vergiati murió en la capital argentina el 26 de julio de 1974.

“Yo canto en lunfa mi tristeza de hombre,/ ando la vida con mi musa rante,/ ella es así de maleva y atorrante,/ camina a mi costado y tiene un nombre./ Nació conmigo en Boedo y Chiclana/ y se hizo mansa a juego de palmera,/ nunca una bronca, siempre cadenera,/ y vivo con ella muy a lo banana”.

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