Por Antonio Pippo
Ya lo aseguró Ramis, hace tiempo, pero no le hice caso entonces; es que tiene un sentido del humor tan esquizofrénico que muchas veces me convence a la primera frase y a la segunda me sume en dudas atroces.
Dice que la humedad afecta a las neuronas y es por eso que, a veces, hasta a los grandes pensadores como uno, les despierta imágenes extrañas para explicar la realidad que yo entiendo pueden confundir a algunos no iniciados. Sobre todo, la humedad empujaría al intento de explicar ciertas realidades a través de metáforas que tienen que ver con la fauna, sea autóctona o no.
Por ejemplo, yo creo que hoy todo depende del comportamiento del llamado “pato cuchara”.
Es originario de América del Sur y tiene un porte amistoso, como si quisiese imitar al pato real, que existe, además del pavo, y hay muy pocos de su especie aunque no se considera que esté en extinción, sino que su comportamiento y lugares que habita hacen difícil su captura y encierro en un zoológico. Porque, pese a aquella supuesta imitación referida, el pato cuchara no es un epígono –es decir que no sigue los hábitos generalizados en su familia o en otras similares- sino que, dicho en lenguaje burdo, “se juega la suya”. Es más: se ha probado que su comportamiento social, incluyendo el lenguaje nupcial, sigue características que son diferentes a la mayoría de los patos nadadores, aunque por la escasa posibilidad de estudiarlo en cautiverio no se conocen en detalle. Se sabe, esto sí, que la cerceta carretona, rebelde, mal arreada, tiene un parentesco con el pato cuchara, lejano pero confirmado. Es como si uno pensara en nuestra aldea, en términos políticos, como un lago, y ubicara cercanos a los de Asamblea Uruguay, a los bolches y a ese resto socialista con influencia de un pato grande.
Según mi sueño -¿no lo dije antes?-, porque esto lo he soñado y sólo reflexionado al respecto después, hay un factor incidente: el pato cuchara soberbio ha tenido que luchar con denuedo para sobrevivir. Desde hace un tiempo abundan unos toscos, barbudos y cínicos cazadores que tratan de capturarlo, en un absurdo intento de domesticarlo y obligarlo a nadar siempre en cierta dirección. Se autodenominan “Los de la barra” y no tienen autorización para portar armas ni de la Asociación del Rifle de los Estados Unidos, pero igual arrancaron.
Hay una característica del buscado pato cuchara que inquieta sobremanera a “Los de la barra”: a diferencia de otros patos –incluso el pato rabudo, el pato silbón y el pato mandarín, éste con fuertes lazos entre los congéneres que habitan Beijing- no posee la costumbre de beber en señal de paz.
No es que sea agresivo. Se cuida. Es abstemio o, al menos, lo aparenta. Y eso, a los que le dije, lector, los calienta más.
Descrito de otro modo, el pato cuchara no le da bola a nadie que no sea él mismo, aunque se incline ante el paso del pato real y por ahora mantengan los cazadores, en laberintos intrincados de los que sólo él sabe salir. Según zoólogos consultados, es su mecanismo de defensa más efectivo y, si muere, lo hará escudándose en él.
Ahora bien, el pato cuchara es caprichoso -aunque disfrace su terquedad con ciertos modos serenos- y no expresa con claridad su instinto de apareamiento como los otros patos. Eso es porque, sentencian los entendidos, tiene pretensiones de pelear y ganar como sea el espacio del pato real. Claro, eso hace que, tal como vienen las cosas en el lago, bastante revueltas, al fin se vea obligado, utilizando el movimiento de “bombeo”, menos común en otras especies, a iniciar y concretar finalmente el apareamiento.
Dos son más que uno, ¿no? Incluso entre patos cuchara.
Finalmente, se ha advertido en esta huidiza ave palmípeda, un parloteo no ruidoso sino silbante, que usa también como escudo cuando cree que crece el peligro que le acecha insistente.
Mezclando mucho las cosas –por eso le confesé, mi amigo, desde el principio, que la humedad había afectado mis neuronas-, pensé más audazmente: este pato cuchara está manejando a la aldea, cercado o no, en peligro real o no. Y, como viene la mano, crece el interés sobre él y el temor de que, por seguirlo, nos vayamos todos a pique, que es la forma aristocrática de decir irnos a la mierda.
Ah, ah… Y ahí me aparecieron interrogaciones que saltaron la valla de la humedad y hasta a mis propias neuronas enfermas y lánguidas.
¿Y si el pato cuchara soberbio fuera un político relevante de una coalición que viene empujada hacia atrás en las precipitadas encuestas?
¿Y si fuera Yamandú Orsi, que anda a pelo de un personaje que se presta a variantes de la caricatura?
¿Nos jugaríamos por el pato cuchara? ¿O por el éxito de sus hasta ahora frustrados cazadores, sonrientes pero envidiosos? ¿O, quizás, por alguna intervención drástica y final del pato real, en licencia médica pero muy atento?
¿Cree usted, lector, que todo es una metáfora desequilibrada que ha producido su gran pensador avasallado por la humedad?
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