Por Antonio Pippo
Convengamos, lector, que he reincidido en la redundancia acerca de la velocidad con la que -por estos años- nuestra sociedad camina a paso ligero hacia la degradación. Peor: ya está degradada y lo que ocurre es que el proceso no se detiene.
Quizás usted, coincidiendo o no, ya está harto de mi insistencia. No lo puedo evitar; es una cuestión de moral, de conciencia.
Ciertamente, con la mirada puesta en hipotéticas soluciones, hay áreas indispensables en las que caer para cualquier debate: economía, educación, seguridad, falta de inversiones, pobreza y política. No lo haré, tal vez para, quizás, sorprenderlo. Me referiré a una circunstancia vivida en las proximidades de donde vivo, Río Branco y Colonia.
El pasado jueves, caminaba hacia una farmacia cuando advierto, recostado, con la cabeza contra la pared de la esquina y en silla de ruedas, en clara situación de abandono, a un señor mayor al que me acerqué: quería saber si alguien lo recogería, en qué estado se sentía y cómo podía ayudarlo. Mientras pasaba gente sin mirar, indiferente y hasta turistas sacando fotos, me advertí que apenas mascullaba palabras ininteligibles y requería ayuda especializada.
Una señora, a contramano de la mayoría. Se detuvo a mi lado y le pedí -porque yo lo había olvidado- si podía llamar por su celular al 911 y describir la situación pidiendo ayuda con urgencia. “Me dijeron que ya vienen”, me respondió ella al final del contacto. Como se quedó allí, seguí mi camino. Al regresar de mis breves actividades volví a pasar, alrededor de media hora después, por la misma esquina: el pobre anciano seguía allí, ahora rodeado de varios particulares que habían recostado con más seguridad la silla y acomodado la cabeza del hombre contra la pared.
El portero del edificio donde vivo, a media cuadra, miraba la escena y fue quien, un poco más tarde, me llamó para decirme que había aparecido un patrullero. Bajé y seguí mirando con él; tras unos minutos tomando nota, la policía emprendió la retirada; al rato, largo, apareció una camioneta del Mides. El mismo propósito mirar, tratar de hablar con el anciano y… montar en el vehículo y partir. Indignado a distancia, supuse que vendría algún vehículo hospitalario para trasladar al sufriente a algún sitio indicado por la razón.
Subí a almorzar, luego demoré un rato y a media tarde corrida bajé a ver qué había ocurrido. El portero me dijo: “Sigue ahí; volvió la policía, ahora a pie y le dieron pan y algo más que no vi y se fueron; después regresaron los del Mides y pasó lo mismo. Ahora el viejo está ahí, supongo que defecándose y orinándose encima, y es un espectáculo denigrante”.
No me voy a extender. Al final, noche del viernes o durante el fin de semana, desapareció. Después de más de cuarenta y ocho horas en esa situación -inadmisible- alguien lo retiró, sin que ningún vecino con los que charlé tuviera certeza hacia dónde. Decidí pensar que habría sido, al fin, el Mides o algún centro hospitalario público. Pero es sólo una hipótesis.
Alguien me dirá, tal vez con razón, que ha observado casos parecidos y que la situación de las personas en situación de calle es cada vez más miserable. De todos modos, creo que lo que narré podría ser un récord de la nulidad institucional de este país.
Después escucho o leo las declaraciones impresentables de Ortuño, Ministro de Ambiente, del director del Mides y, sobre todo, las del obeso intendente Bergara, multiplicando el palabrerío mentiroso, vacío, cínico, sobre “la preocupación del Estado uruguayo por la situación de esta gente”, aseverando que “los nuevos planes están dando sus frutos”.
¡Qué charlatanes!
En fin. Creo que ha sido suficiente con la narración objetiva de este hecho para añadir, otra vez y seguiré haciéndolo, la velocidad con que los gobernantes, y parte de la población, exhiben hipocresía e indiferencia, ante las muestras claras de que nuestra sociedad sigue camino a la mismísima mierda.
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