Bienal de Sevilla: Leonor Leal y Ana Morales en vanguardia

Teresa Fernandez Herrera Periodista

Si hay una artista flamenca que represente el arte del siglo veintiuno en todas sus dimensiones, esa es la jerezana Leonor Leal. Descriptiva y disrruptiva, presentó el 26 de septiembre en el Teatro Central en estreno absoluto Loxa, un homenaje al poeta granadino Juan de Loxa, al que ella considera como un Falla y Lorca de los años setenta, a su programa de radio Poesía 70, a Mario Maya y la innovación y ruptura con el flamenco del franquismo que supuso Camelamos Naquerar. A todo lo que representa al flamenco como un todo, no como una serie de partes.

Leonor, Salvador Gutiérrez y María Marín

Para Loxa, ha querido contar con la asesoría artística de Pedro G. Romero y la colaboración en la dirección de escena de Mal Pelo. Sus artistas, los habituales de Proyecto Lorca, Antonio Moreno en la percusión y Juan Jiménez en los saxos. La guitarra de Salvador Gutiérrez. Tomás de Perrate que aquí además de cantar de todo, actúa como presentador de radio. Y la presencia impagable de María Marín, una utrerana afincada en Holanda, formada en guitarra clásica y reconvertida en guitarra y cantaora flamenca por vocación y exigencia del guión. Y lo hace de una forma tan sobresaliente que la distingue a nivel de protagonista.

Leonor es compleja como requiere todo trabajo de investigación. Hay que saber de antemano lo que se va a ver si se quiere seguir el hilo de lo que va sucediendo en escena. Hay que conocer a Juan de Loxa y su activismo radiofónico que Leonor conoció en sendas conversaciones con este poeta del flamenco que falleció en 2017. Ese comienzo que narra el proceso interno de un programa de radio, aquí radio Bienal, con Tomás de Perrate de locutor y los sonidos del programa tal como se producen en las entrañas del estudio. La intención más que  biográfica, es a ratos más bien satírica.

Leonor, imagen de la ruptura con el flamenco tradicional, baila con el precioso traje de chaqueta y pantalón blanco y la melena corta ya característica que vimos en Nocturno. Estamos en un espacio de libertad que se remonta a ratos a los años treinta, cuando el flamenco se mezclaba con otras músicas en aquellos cafés cantantes que desaparecieron cuando aparecieron los tablaos en los años cincuenta, en pleno franquismo. Y así Tomás de Perrate, que se atreve con todo y todo lo hace bien, canta entre otras cosas un tango porteño.

Con razón Loxa se subtitula Estampas y bailes a partir de aquellos experimentos radiofónicos  destinados a transformar la cultura andaluza en el tardofranquismo de los años setenta, una época creativa que no ha vuelto a repetirse, quizá porque aquella circunstancia es irrepetible.  Ahí entra Mario Maya con ese ¡Ay! descriptivo en la pantalla de fondo.

Leonor Leal ha vuelto a apostar por un minimalismo escénico, como si quisiera demostrar que lo importante en escena son las músicas flamencas y contemporáneas y los bailes, con entramado culto y popular siempre en vanguardia.

Leonor por Taranto

Y en medio de todo, con presencia constante en escena, Leonor, bailarina y bailaora, en masculino y femenino, con trazos de humor, sensual a ratos, innovadora siempre. Su baile es comparable a series de experimentación corporal de nuevas formas dancísticas que siempre llevan su sello de identidad propia. No se parece a nadie, quizá ni siquiera pretende parecerse a ella misma. Nos está diciendo continuamente que el baile es el lenguaje con el que se expresa, que cada situación requiere un movimiento que la describa. Siempre cómplice con sus artistas, dialoga con cada uno de ellos, muy flamenca con la guitarra, nuevas formas con los de Proyecto Lorca. Y sobresaliente en ese dúo prodigioso por taranto con María Marín, calificable como la guinda que no podía faltar, porque sin esa estampa el espectáculo quedaría incompleto.

El dúo con María y después ese final con todos los artistas en piña flamenquísima para apoyarla en la filigrana final, quizá recordando a Mario Maya con unas cantiñas muy personalizadas y unas alegrías rebosantes de flamencura. Para estas estampas finales, la bailaora se vistió de negro, pantalón y top.

Y ahora, tras la alegría del estreno absoluto en la Bienal, queda la complicada gestión de llevar el espectáculo a otros teatros de España y fuera de España en estos tiempos imprevisibles en los que lo único previsible es el largo plazo. Ojalá estuvieran en la Suma Flamenca de diciembre o en cualquiera de los ciclos de danza de los Teatros del Canal o en el Festival de Nîmes en enero o en Jerez en febrero… Pero es que hay otra y muy feliz circunstancia: la próxima maternidad de Leonor Leal.

Ana Morales: En la cuerda floja.

Desde siempre Ana Morales se ha reconocido como dual. Catalana afincada en Sevilla, bailarina y bailaora. Dual en la ambigüedad de sus relaciones con el género masculino, gracias a los silencios paternos, como tan bien narró en sus obras Réquiem y Canciones para el silencio.

Dice Ana que no hay argumento en En la cuerda floja. No lo hay, hay vivencias, sentires, experiencias y actitudes para finalizar todo en caos. Parece que estuviera reflejando no solo su caminar, sino el caminar del mundo por una cuerda floja que hubiera de acabar necesariamente en un caos…que puede ser como en el final de la obra, a la carta de cada espectador.

Ana Morales

Lo que está claro es que es un camino a recorrer en soledad. Sus músicos y compositores, el guitarrista José Quevedo y el contrabajista Pablo Martín Caminero, más la percusión de Paquito González, están ocultos o semi ocultos en un espacio separado del resto de la escena por una cortina de hilos brillantes…El escenario no puede estar más desnudo, entero para la bailarina/bailaora.

Todo ese espacio para mostrar con su danza dualidades en equilibrio y desequilibrio, deseos y acción racional, consciente y subconsciente. Nada nuevo en su mente, parece que quedaron cosas de antes sin solucionar, o quizá no tienen solución. Porque en la cuerda floja ya estuvo antes. Pero, ¿es que no estamos todos, durante el ciclo de vida más o menos en la cuerda floja, consciente o inconscientemente? Yo diría que solo hay momentos puntuales y efímeros de sentirse en tierra firme. Pero no siempre tiene que acabar en caos…

Me gusta siempre esa lentitud estudiada de Ana cuando danza, componiendo esculturas en movimiento, tomándose sus tiempos, consciente de cada músculo, de cada nervio de su cuerpo, como recreándose en cada segundo, viviéndolo como una micro creación. Es de una belleza indescriptible.

Me gusta esa introducción vestida de negro, con un inicio en el que se muestra como una silueta. Hay mucho arte en la dirección de Roberto Oliván y de ella misma. Fascina su deambular por el corpus equilibrio – desequilibrio, con esa maravilla de traje rojo pasión, que parece una gigantesca flor con múltiples pétalos, que va cambiando en sus movimientos, torsiones increíbles o tirada en el suelo. Cuenta mucho aquí de su caminar por la cuerda floja, tanto si es auto biográfico como si no lo es. Es biográfico a nivel humanidad, creo.

Ana Morales

Está claro que las dualidades se visten de rojo. Ella dice que hay mucho flamenco, un sin fín de palos en la música de esta utopía escenificada. Pero ella lo absorbe todo. La música se siente lejana, casi como la voz en off de Sandra Carrasco. La música no se escucha, se percibe. A menudo como músicas más al oriente de donde estamos. Pero si ella dice que hay un falso tanguillo en cinco tiempos, -los tiempos sí son claramente perceptibles a través de su cuerpo,- que Sandra canta por bulerías, que hay toques por soleá, por bulería, taranto, tangos, seguiriya y soleá, es que han estado ahí, como creando una atmósfera lejana por la que su cuerpo se mueve y vive sus conciertos y desconciertos.

Hablé unos momentos con Ana después de la representación. Habló de esa escena final, cuando se rasga un telón que deja al descubierto cosas, que cada uno vivirá a su manera. Ella como ruina y caos, quizá esa sea su visión del mundo actual.

Pero toda esa complejidad conceptual consciente o no, se traduce en el espectáculo como algo extraordinariamente bello.

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