LA AVENTURA DEL TANGO: PINTÍN EL MILONGUERO

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA
Columnista

Viajaba en el barco “Infanta Isabel”. Una casualidad: también lo hacían, para una de sus primeras presentaciones en Brasil, Gardel y Razzano. La situación cobró interés por la presencia de otro pasajero famoso: Enrico Caruso.

Enrico Caruso.

Gardel y Razzano se presentaron y, ante la cálida insistencia del tenor, le ofrecieron un par de canciones criollas: tanto le agradaron al cantante lírico que quiso devolver la gentileza y, en improvisada función privada, le regaló al dúo una serie de romanzas y arias de sus óperas preferidas.

Gardel y Razzano

La anécdota está en el libro “Entre cortes y quebradas”, que tal vez convenga leer a todo interesado en la vida del músico uruguayo –pianista, compositor y director de orquesta- Horacio Antonio Castellanos Álvarez (nacido en Montevideo, en una casa de la esquina de Andes y Canelones, el 10 de junio de 1905, y fallecido en la misma ciudad el 2 de julio de 1983), quien pasó a la historia como Pintín Castellanos.

Un hombre elegante, de varonil porte y buen vestir, deportista y amante de la música, quien siempre se sintió consustanciado con el “ambiente orillero”:

-Cuando repiqueteaban las lonjas de los negros candomberos en los parches de sus tambores, su eco se anidaba en el traquetear de los primeros bailarines compadritos que vi. Ahí nacieron las melodías populares que cultivé. En ese ambiente, yo tenía catorce años cuando compuse mi primer tango, El pirata.

Pero la vida de Pintín, el joven cajetilla “chiqué”, cambiaría radicalmente a partir de 1930.

Ese año Julio De Caro le grabó el tango Anocheciendo con la voz de Luis Díaz, y en 1935, apenas fallecido Gardel, Pintín compuso en su homenaje Pájaro muerto, que  Charlo llevó al disco acompañado por guitarras.

Hasta que en 1936, en un café del centro donde tocaba el piano, estrenó su obra cumbre, La puñalada, presentándola como tango pese a sus claros aires de milonga.

En un momento creyó oír murmullos de impaciencia –confesión propia- por lo que apuró el ritmo para terminar el tema antes y, ahí sí, sin que se lo propusiera, sonó como una clásica milonga. Dicen que alguien del público le contó a D’Arienzo, ya habitué de Montevideo, y éste fue a escuchar a Pintín al club Carrasco, confirmando que aquello era, o debía ser, según sus palabras, “una soberbia milonga”: el director argentino le hizo un arreglo menor con su pianista Rodolfo Biaggi y su violinista Mancusso y la estrenó en el legendario “Tupí Nambá”, de 18 de Julio y Río Branco, grabándola por primera vez en 1937, en un simple con el tango Homero, de Roberto Firpo, del otro lado; años después, en 1943, repitió el simple con La puñalada y La cumparsita al reverso de la placa: es la grabación más difundida en la historia del tango, con más de dieciocho millones de copias vendidas en todo el planeta.

En 1939 Pintín, autor de más de doscientas obras, formó su primera orquesta, contando con la participación de Alfredo Gobbi, “el violín romántico del tango” y la voz de Eduardo Ruiz, primer seudónimo de Inocencio Troncone, quien en la Argentina sería, después, Enrique Campos. En 1943, un año trascendente para él, integró el “Quinteto canyengue”, con el que compuso tangos, milongas y candombes –grabó en Buenos Aires el tango Dejame ser como soy y el candombe Canyengue negrero– y luego se dedicó a tocar con su piano, tambores y la guitarra de Uruguay Zabaleta, más algún bandoneón de tanto en tanto, temas que hizo para el sello Sondor: Adiós (bolero); Francia eterna, De galerita y bastón, Para campeones, Fantasía, Mattos Rodríguez (en homenaje a su amigo), La estancia, Don Horacio y Besos de mujer (tangos); Aprontate, Meta fierro (en memoria del corredor de autos Héctor Supicci Sedes), Academia (milongas) y Bronce (candombe).

Fue el mayor proveedor de milongas para Juan D’Arienzo: A puño limpio, Barrio de guapos, El potro, Cajita de música, El temblor, La endiablada y Peringundín (instrumentales)¸ y Chaparrón (con Francisco García Jiménez), Candombe oriental (con Carmelo Santiago) y Me gusta bailar milonga (letra propia): “Atención la muchachada/ y a bailar que se disponga/ que aquí llega la criollita,/ su majestad ¡la milonga!”.

Y al cierre, para los que gustan de datos inusuales, esta rareza. Celedonio Flores hizo una letra a La puñalada: “Metan los que saben/ que un malevo muy de agallas/ y de forma bien sentada,/ por el barrio de La Paternal/ cayó un día taconeando prepotente/ a una milonga donde había/ puntos bravos p’al facón”.

Fue un fiasco. Sólo la grabó Alberto Gómez.

La puñalada nació para ser instrumental.   

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