LA AVENTURA DEL TANGO: EL ALMA DE MAIPO

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA
Columnista

Cuando murió, en su plenitud profesional, y pese a la enorme tristeza que causó, quizás no se tuvo conciencia de cuánto representaría para la historia del tango.

Es verdad que entonces se la declaró El alma del Maipo –teatro que fue su lugar en el mundo más de veinte años- y que al otro día del fallecimiento Pablo Hechín le dedicó un emotivo poema: –Porteña y de un solo filo,/ alma del tango argentino,/ el Maipo te vio brillar,/ ocurrente y de alma noble,/ expresión de mi ciudad./ Llevabas en tu alma bondadosa y noble,/ gracia y picardía del tango canción./ Tu estampa tanguera paseó por el mundo/ y Francia, la eterna, tu arte aplaudió.

Probablemente sea ahora, a mucho tiempo de distancia, cuando se tenga una precisa comprensión de su cualidad impar, paradójicamente nacida y desarrollada de defectos que admitía, y de su afán autodidacta.

Yo sé que desentono. A veces la música va por un lado y yo por el otro. ¿Qué le vas a hacer? Pero interpreto y creo. Más que cantar, digo. Y ahí se nota claramente la hondura de lo que siento.

Sofía Isabel Bergero –que por razones artísticas adoptó el apellido de su prima, Olinda Bozán- esconde aún, además, un misterio: hay quienes dicen que nació el 5 de noviembre de 1904 en Buenos Aires y otros que dan por seguro que fue en Montevideo, hacia fines de 1898. Nunca se zanjó la controversia y ella trató siempre de alimentarla con versiones contradictorias.

Olinda Bozán

Fue una cantante, bailarina y actriz improvisada, que se inició en tablados de la capital argentina integrando el coro de la compañía teatral Vittone-Pomar, pero su primer paso al estrellato lo dio en 1926, bajo la dirección, nada menos, que de Elías Alippi y Enrique Muiño: allí se lució con el primer tango que cantó en su vida: Canillita.  

No es sencillo explicar la personalidad que cimentó su triunfo en la canción –Gardel llegó a decir que la veía como su equivalente en mujer-, en el teatro y el cine y hasta en la primitiva televisión, siendo que desafinaba y no fue jamás una actriz formada. El secreto estuvo en que se adelantó a su tiempo, transgredió normas desde la conducta desenfadada hasta la vestimenta y creó el tango humorístico, después continuado por Tita Merello: pícara y divertida, versátil y audaz, “la Negra Bozán” enamoró a todos en los escenarios del Río de la Plata, en una suerte de contradicción permanente. Con la gente, solidaria; con los periodistas, simpática pero evasiva; arrabalera y profundamente femenina, se la veía auténtica y no generaba rechazo en nadie. Al contrario; al decir de Manuel Adet: “Delgada, morocha, elegante, el brillo de sus ojos competía con la luz de su sonrisa, dominando el escenario como una reina; los hombres suspiraban y las mujeres hacían silencio respetuoso. Como su simpatía, sus ironías y sus travesuras nunca atravesaban el buen gusto, después siempre llegaban risas y aplausos”.

En teatro hizo las obras más variadas y con las principales compañías, viajó a Europa y filmó junto a Gardel Luces de Buenos Aires, en 1931. Al regreso, siguió en el cine y actuó en Loco Lindo, con Luis Sandrini, Puerto Nuevo, con Pepe Arias y Los muchachos se divierten y Carnaval de antaño, ambas con Charlo, aunque su película más taquillera, junto a Paulina Singerman, fue Elvira Fernández, vendedora de tienda, en 1942.

Pocos años después se casó con Federico Hess, tras varios romances previos. Antes, dijo en un reportaje a unos periodistas, cuando le preguntaron sobre los hombres: –A ustedes no les voy a responder. Pero si fueran mujeres les diría: los hombres me gustan una barbaridad.

Sus grabaciones, aunque escasas, son antológicas: Un tropezón, Yira Yira, Esta noche me emborracho, Las vueltas de la vida, Carro viejo, Gabino, Cobarde, Amarrete y Engominado, entre otras. En 1932 volvió al Maipo, para quedarse como figura exclusiva, en su mejor momento, hasta 1954, apenas cuatro años antes de su muerte por cáncer, cuando acababa de cumplir cincuenta y tres años de edad.

Sofía Bozán se presentaba –y definía- con esta copla: –Yo soy Sofía Bozán./ Yo canto porque lo siento,/ mi pelo lo peina el viento y me gusta el bataclán./ Si quieren verle la hilacha/ a mi estirpe de tanguera,/ no me vengan con guarachas,/ a mí me gusta el gotán.

Hoy se la sigue homenajeando en un tango que tiene este verso: “Gracias Buenos Aires por Sandrini, el genial Parravicini, Pepe Arias y Kaplán. Gracias por Rosita, por la Tita, por la Copa, por la Roca y por la Negra Bozán”.

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