Los “Códigos” de Eduardo Guerrero

TERESA FERNANDEZ HERRERA. Periodista, Escritora, Dir. Gral. Cultura Flamenca. ESPAÑA. PRENSA ESPECIALIZADA

No recuerdo quién dijo una vez que la cultura es el depósito que queda tras haber olvidado todo lo aprendido. Yo, como seguidora de la evolución de Eduardo Guerrero desde 2015, una historia basada en llevar su cuerpo al límite, sometiéndole a experiencias que solo podían llevarle a la libertad total, con olvido y depósito de todo lo anterior. Todo está ahí sin estar, porque todo es nuevo en los tres “Códigos” y sus colores que ayer vimos en el Teatro Fígaro de Madrid. Negro, blanco y negro, blanco. Al final añadió un código rojo por alegrías, como le pedía el cuerpo.

Y por supuesto y como es costumbre en Eduardo compartió protagonismo con la guitarra de Pino Losada, el cante y el canto de José del Calli y de Tatiana de la Luz, extraordinria cantaora, cantante y actriz invitada.

“Códigos” revela que cada final es un nuevo punto de partida. Como la vida misma. No hay más que un final que no lo sea, o tal vez, también pero en otra dimensión. No hay final en estos Códigos, sí un nuevo punto de partida permanente, en un viaje  por la historia de Guerrero, o del “Guerrero constante”, a quién el olvido de todo lo anterior le ha llevado a la más esplendorosa libertad, en un cuerpo que es un homenaje continuo a su libertad total.

Un cuerpo enteramente libre en su empeño casi imposible, que él hace posible, fusionando la mayor heterodoxia con la raíz más potente.  Hace lo que nadie hace en escena con la mayor naturalidad, como si esa libertad extrema no fuera el producto de años de trabajo de investigación de lenguajes flamencos y de lenguajes corporales.

Cómplice de esa libertad es su vestuario, tan heterodoxo, tan pegado al cuerpo como otra piel, única forma de dejarle volar libre. No me imagino a Eduardo con camisa, corbata, chaleco y chaqueta, que permite movimiento de pelvis para abajo, y unos brazos limitados de movimiento que los vuelve mecánicos. Esa libertad envuelta en su sinfonía de colores tiene su precio. A más de cuatro críticos con peso he oído decir que no les gusta ese baile. Para entender  su baile hay que meterse de lleno en su heterodoxia, en su irreverencia, en su desprecio por cualquier límite, incluso en sus formas canallas.

No era el caso ayer en el Fígaro. Se diría que el aforo completo, en la despedida de sus personalísimos códigos de Madrid, (por el momento) estaba compuesto únicamente de fans de este hombre, bailaor, bailarín, coreógrafo, que hace lo que le da la real gana en escena, siempre en el respeto a unos principios, siempre con su arte distintivo por delante.

Eduardo bailó con un solo pie sobre un taburete demostrando con ayuda de José del Calli que eso no lo hace cualquiera. De pie sobre el taburete como un desafío a todas las reglas del equilibrio.  En el zapateado como un Vicente Escudero redivivo. En clave femenina, con seriedad y humor, otro desafío. Eduardo tiene un código para los brazos, brazos de atleta, brazos conseguidos a base de trabajo, capaces de llegar y mostrar el micro movimiento muscular, el movimiento a cámara lenta pero sin cámara. La verdad, es que observar a Eduardo es un trabajo muy serio, pero muy gratificante.

Y luego el humor, otra vez haciendo lo que le da la real gana, riéndose de cualquier límite, tomándose el desafío como si no lo fuera, como si lo que hace estuviera al alcance de cualquiera que se dedique a bailar. Solo le faltó volar, aunque si bailó suspendido en el aire con una sola mano sobre el taburete como único punto de apoyo. Volar, volará si se lo propone, ya lo hizo Nureyev, y el “Guerrero constante” seguro que está en ello. Algo ya vimos.

Unas líneas para Tatiana de la Luz. Los “Códigos” no hubieran sido lo mismo sin ella.  Esta joven artista de Algeciras, emociona hasta el fondo con su canto profundo, experto en técnica vocal. Funde maravillosamente sus varios lenguajes, con su voz redonda, en la cúspide. Casi me muero cuando cantó a García Lorca, “Antonio Vargas Heredia, hijo y nieto de Camborios…”  Como rindiendo homenaje al recientemente fallecido Ricardo Pachón, cantó a los acordes de su “Leyenda del Tiempo”, “El sueño va sobre el tiempo flotando como un velero. Nadie puede abrir semillas en el corazón del sueño”. Y finalmente “La Tarara”, la eterna tarara, que es tanto canción infantil como adulta. Homenaje a Federico García Lorca en el noventa aniversario de su muerte física, del nacimiento de su mito que lleva camino de eternizarse.  En la voz y el sentimiento de esta gran Tatiana de la Luz.

Estos también fueron “Códigos”.

Creo no exagerar si digo que “Códigos” es una obra para profundizar en ella, descubrir significados y matices, imposibles de descubrir en un solo visionado, que es como el punto de partida para un estudio más profundo. Y no solo para el espectador atento, también para su propio creador, Eduardo Guerrero. Cada final, es un nuevo punto de partida…


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