LA AVENTURA DEL TANGO: Un Dandy de Moñita

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA Columnista

Ese fue “el momento”. Un tema de honestidad intelectual. Yo era poeta de nacimiento, mi madre era poetisa, conoció a los grandes, pero hasta ahí no acertaba. Empecé imitando a Verlaine, a Darío, una parafernalia; no encontraba una poesía que me perteneciera. Y mirá vos: en Montevideo, en ese tiempo, había un poeta de barrio que iba por los tablados, recitaba sus versos y los vendía por centavos. Decía: “Mis versos son malos, pero son míos”. Supongo que me trajo la inspiración, el estilo y arranqué con esto.

Horacio Arturo Ferrer

Horacio Arturo Ferrer, nacido el 2 de junio de 1933 en Montevideo, hijo del uruguayo Horacio Ferrer Pérez, profesor de historia, y de la argentina Alicia Ezcurra Francini, sobrina bisnieta de Juan Manuel de Rosas, dejó una vez esta breve confesión al hablar de su primer libro de poemas, Romancero Canyengue, publicado en 1967, a sus treinta y cuatro años, y que presentó recitando con el acompañamiento del guitarrista Agustín Carlevaro: –Siguió la tarde fraseando sus propinas,/ los años se gastaron. Tangamente,/ la vida hizo un solo de rutina.

Fue su salto a la fama porque en ese libro, acogido con entusiasmo también en Buenos Aires, a sugerencia de Troilo incluyó La última grela, un tango que le daría la llave de oro: –Del fondo de las cosas y envuelta en una estola/ de frío, con el gesto de quien se ha muerto mucho/ vendrá la última grela, canyegue y sola/ taqueando entre la pampa tiniebla de los puchos.

Y fue Astor Piazzola, no Troilo, quien le pidió hacer la música y lo grabó.

Pero de antes venían muchas cosas. Su madre, que había conocido a Darío, Nervo y García Lorca y aprendido a recitar con Alfonsina Storni, le inculcó desde niño amor por la música y la poesía. Y no son tantos los que recuerdan que aquel frustrado estudiante de Arquitectura, luego periodista de “El Día”, impulsor de “El club de la Guardia Nueva” y director de programas de radio que en la década de 1950 difundían la renovación de Troilo, Salgán y Piazzolla contra la marea tradicionalista, llegó a dominar el bandoneón y tuvo, efímeramente, una orquesta propia. En la misma época fundó la revista “Tangueando”; en 1959 editó su primer ensayo –El tango: su historia y evolución– y en 1965 Historia sonora del tango.

A fines de 1967 se radicó en Buenos Aires –aunque mantuvo su casa en Montevideo- y, al poco tiempo, obtuvo la ciudadanía argentina. Ya eran amigos con el autor de Adiós Nonino, quien buscaba, con cierto desencanto y habitual enfado, pese a que había experimentado hasta con Borges, un poeta para su modo de tocar. La primera obra juntos fue la operita María de Buenos Aires –“la historia de una mujer que se siente encarnación de la ciudad”-, que, con los años, se convirtió en el espectáculo teatral dramático más puesto en escena por el teatro argentino en su historia.

Y, claro, aparecieron los tangos, aunque es paradójico que la primera grabación, en esta etapa, haya sido Chiquilín de Bachín, en 1969, que en realidad –palabras de Piazzolla- “es un valsecito infantil”; poco después harían Balada para un loco, una tarde donde lo único que dijo Ferrer al encontrarse fue: “Yo sé que estoy piantao, piantao, piantao…”.    

-¿Y cómo sigue…?

-No sé… Hacé vos una segunda parte que, al menos, diga “loco, loco, loco…”. A mí me gustaría hacer un recitado al principio y al medio. Eso ya está.

Así nació uno de los temas más exitosos de la música ciudadana popular. Ha escrito Horacio Salas: -El resultado es una balada con ritmo de valsecito y dos recitados hechos a la medida de la expresividad de Amelita Baltar, en ese tiempo cantante de la orquesta y esposa de Piazzolla. Pero fue un impacto.

También compusieron Balada para mi muerte, Juanito Laguna ayuda a su madre y el Oratorio de dos mundos, que no fue grabado. Ferrer escribió además, entre otros, con Julio De Caro (Loquita mía), Pedro Láurenz (Esquinero), Armando Pontier (El hombre que fue ciudad), Osvaldo Pugliese (Yo, payador, me confieso), Raúl Garello (Homenaje a Woody Allen), Aníbal Troilo (Tu penúltimo tango) y Horacio Salgán (la monumental obra clásica Oratorio Carlos Gardel).

Publicó decenas de libros, creó la Academia Nacional del Tango y, a través de ella, el Museo Mundial del Tango, recibió múltiples premios, viajó por el mundo con su pinta renacentista –un dandy de moñita, mejor- y murió a los 81 años, el 21 de diciembre de 2014.

Estaba casado con la pintora Lulú Michelli: –La mujer de la que soy el hombre. No digo “mi mujer” porque no la compré en un remate.

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