ESPAÑA: La muerte de Franco. Mi 20 de noviembre 1975

Teresa Fernández Herrera Columnista

Como todas las noches desde el 1 de noviembre dejé la radio encendida sobre mi mesita de noche. No quería perderme el momento de la noticia, ya inminente, de la muerte del dictador. Mi familia y mi amiga de la universidad, Ángeles Gallardo, hacían lo mismo. El ambiente en la universidad era de tensa espera, con los terribles “grises” disfrazados de marcianos, acechando por todo el campus de la Complutense de Madrid, dispuestos a reprimir violentamente cualquier conato de libertad.

Inevitablemente me dormí. Pero muy temprano, como a las ocho de la mañana, sonó el timbre de la puerta. Salí en bata y restregándome los ojos mientras me preguntaba quién podía llamar a esa hora. ¡Sorpresa! Era el amigo Gede, de Valladolid, que traía a pasar unos días en casa a la  prima argentina, residente en Estados Unidos, Mari Carmen, hasta su regreso a tierras americanas. Le había prometido enseñarle Madrid, el diurno y el nocturno. Pero no sabía que llegaría ese día.

Y el saludo de Gede fue: “Se ha muerto Franco, lo han dicho por la radio cuando veníamos”. No sé por qué, mi gesto espontáneo fue frotarme las manos. No sé si ellos se sorprendieron un poco, creo que sí.

Mari Carmen estaba furiosa. “¡Ya me temía que justo hoy se iba a morir, justo cuando vengo a Madrid para conocerlo!”. Sí, le respondí, bromeando. Puedes estar segura que todo va a estar cerrado, seguro que el “luto nacional” va a ser riguroso. Olvídate de discotecas, teatros, o museos. Seguro que cierra todo.

Mientras desayunábamos llamó Cristina, mi niña, interna en el colegio Santa María del Camino, en la Ciudad Puerta de Hierro. “Mamá, que cierran el colegio, ¿vienes a buscarme?” Claro, ahora enseguida. Estate preparada.

Fuimos todos a por ella. Cristina apareció toda llorosa, por contagio del ambiente de un colegio de alto standing, con no pocas “fachas”, pero no todas.  Incluso hubo un “aita” de una alumna, asesinado por ETA. Y según la entonces directora, Maruja Espinosa, también había alumnas  hijas de comunistas. También eran alumnas, Elena y Cristina de Borbón. Todo un mosaico social. El requisito mínimo indispensable era tener la “pasta” para asumir los honorarios del colegio. 

La verdad es que como yo no podía ni quería disimular mi contento, hubo que hacer comprender a Cristina que no era cosa de llorar, que esa muerte era lo mejor que podía ocurrirle a nuestro país. Pero la niña estaba confusa, no podía entender que según lo transmitido por el ambiente del colegio era una tragedia, una pérdida irreparable, para su mamá era motivo de celebración, eso sí, truncada por el dichoso luto nacional.

No tardamos en saber cuál iba a ser el único show disponible en esos días. El cadáver del dictador iba a ser expuesto al público en la sala de Columnas del Palacio Real. Le dije a Mari Carmen, la joven americana, hija de amigos de toda la vida de dos generaciones de mi familia: “Querida, lo único que puede verse en Madrid ahora es ese cadáver. Pero siéntete afortunada. Vas a asistir a un hecho que cambia para siempre la historia de España. Lo recordarás toda tu vida, mucho más que ir de discoteca”.

Cuando llegamos, la cola llegaba hasta el Paseo de la Virgen del Puerto, casi a la altura del Parque de Atenas. Allí citamos a Luz, mi hermana, a mi amiga Ángeles, al primo Eduardo y a alguien más. También las empresas donde trabajaban habían cerrado ese día. Madrid paralizado, salvo para ir a ver el ilustre fiambre.

Los que hicieron el agosto aquel día de noviembre fueron los bares y cafeterías del paseo de San Vicente y Plaza de España. Porque la cola iba para largo, a pesar de que nadie podía detenerse delante del sarcófago abierto. (Años más tarde la escena se repitió ante el cadáver de La Pasionaria, expuesto en un local de la calle Santísima Trinidad de Madrid. Ni pararse ni hablar) ¡Paradojas de la vida!

No recuerdo todas las anécdotas de la cola, que las hubo. Recuerdo la de una señora que me puso a parir porque quiso colarse delante de nosotras cuando ya andábamos por la calle de Bailén y no se lo permití. (Llevábamos como siete horas en la cola) Y ya dentro del Patio de Armas del Palacio había algún periodista extranjero haciendo preguntas y tuve ocasión de escuchar una respuesta de una señora para quien Franco había sido como el padre de sus hijos. ¡Algo difícil! Me quedé pensando porqué no preguntaban a alguien de mi grupo, que estábamos al lado. Pero se ve que su olfato le dijo que mejor no. Aquello estaba lleno de policía. Si llega a preguntarme le tenía preparada la respuesta: “Vengo para ver con mis propios ojos que está muerto”.

Cuando por fin salimos de allí, serían más de las siete de la tarde y esa noche tenía invitados a cenar en casa a mi amigo y compañero de profesión Julián Abad y su mujer, Rocío. Y no tenía ni comprada la cena. Y entonces no había cáterings ni móviles. Así que subimos deprisita hasta el mercado de San Miguel que por fortuna estaba abierto y pude hacer la compra. Y después regresar a Majadahonda y cocinar. Menos mal que no faltó ayuda.

La conversación de la cena fue monotemática, ni hace falta decirlo. Hubo algo que sí reflejó el ambiente de los tiempos y es que a pesar de conocernos desde hacía años nunca habíamos hablado de nuestras tendencias políticas. Simplemente no se hacía. Por eso me sorprendí cuando Julián me dijo: “¿Así que habéis ido a ver el fiambre”? Antes de que pudiera responder, Rocío le hizo una seña como diciendo, ¡cuidado con lo que dices! Yo me eché a reír, porque lo estaba deseando y porque era la mejor forma de relajar la tensión. Luego debí decir algo como, “tranquilo, aquí se puede hablar” y ya nos reímos todos y la cena fue rica y divertida.

Así es como recuerdo el 20 de noviembre de 1975.

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