«La Edad de Oro» de Israel Galván cierra la Suma Flamenca

Teresa Fernandez Herrera Prensa Especializada

Tres artistas en escena. Israel Galván, David Lagos cantaor y Juan Requena guitarrista. Tres sillas, el resto del enorme escenario de la Sala Roja de los Teatros del Canal, diáfano. Iluminación en blanco, grises y negro, para iluminar o para opacar, casi siempre entre sombras, para aparecer o desaparecer. Minimalismo al límite. Tantas veces hemos visto tres personajes en escena, tantas veces olvidables. Aquí no. La edad de oro, es una obra maestra absoluta, única. Como Don Quijote o Cien años de soledad.

Estreno en Madrid después de dieciséis años de su estreno absoluto con Fernando Terremoto como cantaor y un jovencísimo Alfredo Lagos a la guitarra. Desde la desaparición de Terremoto en 2010, David Lagos le sustituyó hasta ahora. Las razones de la ausencia de Alfredo Lagos las desconozco. El guitarrista malagueño Juan Requena se metió hasta el fondo en los cánones diseñados por Galván.

La edad de oro coincidiría en el tiempo tal como nos cuenta Pedro G. Romero, -que recientemente ha presentado en el Reina Sofía la exposición Máquinas de trovar– con grandes cantaores y grandes cambios en el flamenco y en España, con la película del mismo título de Buñuel, la etapa que va desde los años cincuenta a los setenta del siglo pasado. En otra parte se ha escrito que esa edad de oro comprende los años del último tercio del siglo XIX y primer tercio del XX, es decir, entre 1870 y 1930. Otra época de grandes cambios, para el flamenco y para España. Ambas fueron edades de oro del flamenco, muy distintas en su dinámica histórica, pero de oro.

Creo que una frase de Israel Galván más bien avala una neutralidad en el tiempo, cuando dice que “en mi personalidad está el cambiar, pero el sentido primigenio de La edad de oro permanece impermeable a los cambios y a los diferentes artistas que han pasado por ella. Su sencillez es la que ha hecho posible que siga despertando interés, porque no hay artificios, solo flamenco. La edad de oro sigue viva en mí, aunque yo haya cambiado”. Para Israel Galván este final de primer cuarto del siglo XXI sigue siendo una edad de oro, estamos en otra etapa de gran creatividad, distinta, adecuada a este tiempo. Israel Galván permanece, en su continua transformación, en una perdurable edad de oro artística. Es la cualidad inseparable de las obras maestras. O que las edades de oro son inagotables.

Solo flamenco es lo que vimos el pasado 7 de noviembre, en la garganta de David Lagos, en la guitarra de Requena. En las composiciones geométricas del cuerpo y los pies del bailaor. Galván ha hecho de su cuerpo y de su danza un territorio de experimentación, de ahí su transformación continua, su estilo único, al que han tenido que rendirse hasta los más críticos con una forma de expresión incomprendida durante un tiempo, más comprendida fuera que dentro de España. El baile de La edad de oro es tan orgánico, tan esencialmente flamenco, a la par que tan “galvánicamente” vanguardista, que es único. Penetra en cada espectador a su sensibilidad más medular y a ello no son precisamente ajenos, la conjunción perfecta con la  fuerza, la profundidad o la fiesta del cante, o con las inquietudes o alegrías de la guitarra.  En origen todo está perfectamente diseñado para perforar las fibras sensibles del espectador, -según palabras de Galván, el espectador completa la obra de forma diferente en cada representación-  pero son necesarios tres maestros del baile, cante y toque para conseguir este efecto, para redondear la obra maestra.

Lo de La edad de oro, roza el milagro, ha conseguido situarse en niveles mitológicos. Dice en otro momento Israel Galván, “creo que todas las personas tienen su edad de oro, Y lo bueno es que sea eternamente, que sea una búsqueda. La edad de oro es como la verdad de uno mismo”.  Es decir, para él, la edad de oro va más allá de cualquier temporalidad.

Dicho esto, y por una vez no creo necesario hacer un descripción de los cantes con o sin baile, con o sin guitarra. Estuvieron todos los clásicos. Los tres tuvieron solos indescriptibles con palabras, y cuando acompañaban al baile o el baile acompañaba al cante y/o toque, siempre era de adelante. Tres, para conformar un espectáculo coral, con un final por chufla en el que el guitarrista bailó, el cantaor tocó la guitarra y el bailaor cantó.

Para relajar corazones casi taquicárdicos por el exceso de emoción.

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