LA AVENTURA DEL TANGO: EL TRINO QUE SE QUEBRÓ

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA
Columnista

¿Un simple tornero de frigorífico puede convertirse en un artista popular que deje una honda huella en el alma popular, décadas y décadas después de su muerte?

¿Un joven anestesista puede causar la muerte de una persona durante una operación delicada pero sin riesgo de vida para el paciente?

Sí, son hechos posibles. Más aún: dibujan, para la historia, desde el esplendor de uno de los cantantes de tango más entrañables a su inesperado fallecimiento a una edad en que  todavía gozaba de plenitud.

José Ángel Lomio nació en Barracas, Buenos Aires, el 22 de octubre de 1904. Amaba cantar desde niño pero la pobreza lo obligó a postergar sueños y convertirse en un obrero; fue a los veintiséis años, recién casado –matrimonio que rápidamente se frustró y del cual nació su primer hijo, Rodolfo Salvador- decidió emprender el vuelo tanto tiempo postergado: debutó, con el seudónimo de Carlos Vargas y junto a la orquesta Lando-Matino, aunque hay quien sostiene que fue con la de José Luis Padula, en el Café Marzotto, en un horario raro: de 13 a 17. Al poco tiempo lo contrató Augusto Berto y en 1932, ya adoptado el nombre artístico de Ángel Vargas, se vinculó al director Ángel D’Agostino, con quien construirían una amalgama de calidad sólo comparable, en esa época, a la de Troilo con Fiorentino.

Tal momento milagroso coincidió con su segundo y definitivo matrimonio con Ana María Salomón –madre de sus hijos Ana María, José Ángel y Julio Mario-, a la que conoció bailando en el club Estudiantes. Ella fue para Vargas, pese a su juventud, pues era doce años menor, una compañera incomparable que se preocupaba hasta de las cuestiones aparentemente más nimias; por ejemplo, acomodarle el nudo de la corbata y el pañuelo del saco antes de salir al escenario.

Jorge Gottling dijo que “la voz de Angelito es una hilacha íntima, un silbido apenas confesado” y fue quien lo bautizó El ruiseñor de las calles porteñas. Roberto Selles lo describió como “un duende alado”.

Es que el estilo de Ángel Vargas ha sido inimitable.

Su voz no es caudalosa–en presente, pues vive en los discos- y tampoco su registro de barítono demasiado amplio. Su canto es espontáneo, sin adornos, capaz de sutiles matices para expresar sentimientos.  Horacio Ferrer alzó la voz para sentenciar: “¡Debe ser muy difícil cantar como él”. Ricardo García Blaya resaltó “su fraseo a un tiempo reo y compadrito pero de infinito buen gusto, como sólo se cantó en la década de 1940”. Y Reynaldo Martín, que fue cantor de tango años más tarde, lo expresó de modo cariñoso y realista: -A diferencia de Fiorentino, que iba hacia la resonancia vocal a través de la zona nasal, Vargas tuvo un fraseo limpio; yo diría, con respeto, que cantaba como aquellas señoras que lo hacen mientras baldean la vereda.     

Angelito, el ruiseñor, que también fue, en sus comienzos, acompañado algunos meses por un trío y por un conjunto de guitarras, estuvo con D’Agostino hasta 1946, dejando grabados noventa y seis temas. Luego formó su propia orquesta, que dirigieron, sucesivamente, Eduardo del Piano, Armando Lacava, Edelmiro “Toto” D’Amario, Daniel Lomuto, Luis Stazzo y José Libertella. Entre la multitud de impactos populares que alcanzó hay que subrayar Tres esquinas, Muchacho, No aflojés, La bruja, Ninguna, El motivo, Que se vayan, No es más que yo, Duelo criollo, Noche de locura, El adiós, Corrientes y Esmeralda, A pan y agua, Carnaval de mi barrio, Mi dolor, Quien tiene tu amor, Esquinas porteñas y Un boliche.

Y hay cosas que pueden quedar en el baúl y merecen salir: Ángel Vargas fue letrista y compositor  –su obra más importante es El espejo de tus ojos-, participó de dos películas, El cuarteador y Su última pelea, nunca cantó un tango de Discépolo y cuando algún compositor le traía un tema lo hacía tocar al piano y lo bailaba con su mujer; sólo si era bailable con facilidad lo aceptaba.

A los cincuenta y cinco años, sometido a una operación en un pulmón, y aparentemente por un error en el suministro de la anestesia, murió el 7 de julio de 1959.

No ha sido olvidado. Representa una parte extrañamente afectiva, querible, necesaria, de lo que no queremos dejar atrás.

Héctor Negro, en un poema en homenaje al cantor, dice: -Para que obre el hechizo/ bastaría dejar que gire el disco,/ y encontrarlo así: todo Ángel Vargas/ rumbo a la región donde tornamos a volver,/ a volar hacia adentro, hacia allá,/ donde nos dieron la verdad de lo que somos,/ de lo que de algún modo vamos llegando a ser.

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