
Nada sienta mejor que las sorpresas. Cuando vi en la cartelera municipal que iba a representarse la icónica obra de Federico García Lorca en el Auditorio de la Casa de la Cultura Carmen Conde, la obra de mi poeta de culto que más he visto, no lo dudé. Iba a verla. El cartel no aclaraba qué compañía lo representaba, ni el formato. Daba igual.
Hacía poco que había visto en Málaga una versión muy especial por gitanas de una barrriada marginal. Decidí, una vez más, dejarme sorprender.
Hubo sorpresa. Bernarda y sus hijas ofrecían una exploración a través de la danza, la teatralización y el flamenco de la tremenda represión y las emociones ocultas de esas desdichadas mujeres con una fuerza que la palabra por sí sola nunca podría igualar. Y es que la tensión de la danza que supera a cualquier otro modo de expresión, estaba contando sobre la escena la difícil relación de Bernarda Alba con sus hijas.
Muy sabiamente cada una de ellas estaba representada por un palo flamenco. Bernarda es la soleá; Poncia la soleá por bulerías; Adela, la seguiriya; Martirio el taranto; Amelia los tientos; Magdalena la saeta y Angustias, la rica Angustias, la que iba a casarse con el invisible y tan presente Pepe el Romano, es las alegrías.
Y en un fondo sin barreras escénicas, creado por un excelente diseño de iluminación, la guitarra y el cante ponían alma al sentir de unos personajes por fortuna diluidos en el tiempo. Ya he dicho muchas veces que hoy esa familia, posible y real hace un siglo, hoy sería imposible. Pero en la escena siguen viéndose muy reales, siguen desgarrando al espectador con sus desgarros.
Cuando terminó fui a camerinos. Quería saludar y saber quiénes eran esas bailarinas/bailaoras y actrices que durante poco más de una hora, habían cortado la respiración de un aforo completo. Y ahí tuve la segunda sorpresa.
Porque Bernarda, bailaora, actriz, coreógrafa y directora del espectáculo era nada menos que Mónica Tello, directora del tablao madrileño Torero, creadora de espectáculos, organizadora de charlas y conferencias en el tablao; nos conocemos y reconocemos desde hace bastante años. Ella también se sorprendió de verme allí, porque no sabía que yo vivo en Majadahonda, y que soy habitual del auditorio de la Casa de la Cultura.
Me presentó a sus bailaoras/bailarinas, me dijo el personaje que había representado cada una de ellas. Ella, Bernarda hizo de anfitriona de Noemi Ramal, la criada que pone voz a los silencios, Poncia; la rica y pobre Angustias era Cristina Salinas; Magdalena, Cristina Morata; Amelia Isabel Pamo. La envidiosa y enamorada Martirio, Nadia Pascual. Y Adela, la valiente Adela que prefiere morir a vivir castrada para el amor, que ella cree muerto, Beatriz Rodriguez. Prudencia, la otra criada, Virginia González. Y las mujeres de luto, Lola Echenique, Laura Hoyos y Virginia González.
En el camerino ya habían vuelto a ser ellas, mujeres artistas de hoy, jóvenes que viven sus vidas, quizá con otras presiones, pero no las de una madre fanatizada por los usos y costumbres de una sociedad castradora.
El cante de letras lorquianas estuvo a cargo de Ángel Lopez de Toro; a la guitarra, Rafael Salinero, y la percusión, tan fundamental para poner énfasis a las tragedias, la de Rubén Aldarias.
Gracias, Mónica Tello por toda la valiosa documentación que has aportado y que ha enriquecido esta crónica de tu excelente trabajo.
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