EL QUE NO DEFIENDA ESPAÑA, NO LA QUIERE

SENEN GONZALEZ VELEZ. Abogado, Periodista, Escritor, Editorialista Internacional, COLOMBIA
COLUMNISTA

Desafortunado aquel pueblo que se convierte en un bosque donde ya no se escucha el golpe del hacha, hasta que terminan cortándole todos sus árboles.

Sé que, en ocasiones, puede resultar molesto que un extranjero opine sobre la situación política de un país. Sin embargo, si algo hay que admirarle a la democracia es precisamente la libertad de expresión y, dentro de ese contexto, la posibilidad de admirar y amar a una nación que no necesariamente es la nuestra.

Otra cosa muy distinta es entrar como visitante con la intención de destruirla. Eso es inaceptable.

No podemos desconocer que España pertenece también al mundo que la admira. Es una joya cultural que, desde sus orígenes, proyectó su historia, sus conocimientos y su legado sobre buena parte de los territorios del planeta. Por ello, en esta parte del hemisferio conservamos sus huellas con gratitud y espíritu de hermandad.

Desde luego, no toda raíz ni todo fruto llegan con nobles intenciones.

Las malas intenciones no deben permitirse ni allá ni acá, en América. Pero la ley debe preservar el orden y garantizar la convivencia, para que no se deteriore la fraternidad entre los pueblos.

La diversidad de las culturas, al encontrarse con las nuestras en América, enriqueció nuestras esencias, del mismo modo que también ha enriquecido las de ustedes.

España es una de las grandes potencias culturales del mundo. No me cabe duda.

Es la cuna de una lengua que hablan más de 600 millones de personas en todo el planeta: el español o castellano.

Y, perdónenme si exagero, pero después de la Biblia, la obra de Miguel de Cervantes es, posiblemente, una de las más leídas y consultadas en diferentes idiomas.

¿Y qué decir de sus escritores, de sus grandes clásicos y de su legado literario?

Son pocos los rincones del planeta que no conservan alguna impronta de la cultura española.

Por eso, España debe ser para el mundo lo que el mundo debe ser para España: un testigo y admirador de su magia, de sus encantos y de esa identidad que despierta admiración y compromiso con su destino.

Un destino que no puede quedar a merced de los caprichos de la política ni de ideologías que, alejadas de la naturaleza y la identidad españolas, pretendan apartarla de la coherencia y atropellar principios fundamentales del derecho natural que no deberían alterarse.

Veo a España como un gran teatro de la vida, en permanente representación. Y para entrar en cualquier teatro se necesita una entrada; en este caso, una visa. Se supone que quien llega lo hace para disfrutar de la obra, no para destruirla.

España, en su diario vivir, es una rueda cuya dinámica gira alrededor de la cultura, siempre viva y en permanente movimiento.

Esta bella nación es un escenario de su propia dramaturgia, una representación cotidiana de la vida pública y privada que construye su riqueza cultural y la mantiene en constante evolución. Sus costumbres, sus tradiciones y sus acentos representan la gracia y la singularidad de sus gentes.

Son actores extrovertidos, de andares y decires propios. Encienden la chispa de sus alegrías, que luego se transforma en música al recorrer las cuerdas de sus guitarras, para regalarnos también sus lamentos a través del flamenco. El zapateado y las castañuelas marcan el ritmo, como el eco de unos dientes de madera que acompañan la música y nos transportan, incluso, al paso, al trote y al galope del corcel andaluz.

Son improvisadores de cuentos, relatos y ocurrencias que expresan sus distintos estados emocionales. Así hacen de cada jornada una obra de teatro diferente, una representación irrepetible de su manera de vivir.

Quienes queremos a España, estemos donde estemos, no podemos permanecer indiferentes ante quienes la cuestionan o pretenden debilitarla. A sus detractores los veo como una plaga de termitas hambrientas que amenaza con socavar sus cimientos.

¡Que prevalezcan la sensatez y el buen uso de la razón!

¡Viva España!

SGV

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