«El Loco», homenaje póstumo a un bailaor de flamenco

Teresa Fernández Herrera
Prensa Especializada

El Ballet Nacional de España (BNE) se ha apuntado otro hito con la reposición/estreno en el Teatro de la Zarzuela de “El Loco”, la inquietante historia de Félix Fernández,  un humilde y extraordinario bailaor de flamenco, que una noche de 1916, tras su actuación en el Café Cantante Novedades, fue invitado por Sergei Diaghilev a unirse a los Ballets Rusos como maestro de baile español, para preparar el estreno de El sombrero de tres picos de Manuel de Falla en Londres. Lo que parecía una suerte caída del cielo resultó ser una pesadilla…

Nunca quedó claro  si en algún momento se le ofreció bailar el papel protagonista del molinero, que no consta en el contrato que se conserva en los archivos de la biblioteca de la Universidad de Harvard, que quizá pudo ofrecérsele verbalmente, o él se lo imaginó o deseó. Pero cuesta creer que el primer bailarín de los Ballets Rusos, Léonide Massine, fuera a renunciar al papel protagonista.

El Sombrero de Tres Picos, se estrenó en el Teatro Alhambra de Londres el 22 de julio de 1919. Félix desapareció esa misma noche y días más tarde fue detenido en la iglesia de St. Martin-in-the Fields, bailando como un poseso. Su destino fue el psiquiátrico de Epson Grove, donde fue diagnosticado de esquizofrenia catatónica. Allí pasó los últimos veintidós años de su vida, hasta que la muerte se apiadó de él en 1941.

El loco Félix se ha reencontrado con la fama que no consiguió en vida, en este ballet auténtica obra maestra, para lo que reúne todos los ingredientes. La historia, la música de Manuel de Falla para El sombrero de tres picos, la de Mauricio Sotelo para ilustrar el proceso de locura del protagonista y  la de Juan Manuel Cañizares que recrea y actualiza los orígenes y las noches de café cantante; la coreografía de Javier Latorre, la actuación de unos bailarines solistas de excepción y de un cuerpo de baile con todos los reconocimientos. Y por encima de todos, la dirección sin fisuras, exquisita, de Rubén Olmo.

En un ballet que teatraliza una historia argumental centrada en la segunda década del siglo XX, el vestuario  es una de sus señas de identidad. El que ha creado Jesús Ruiz refleja minuciosamente cada momento de cada personaje. Hay énfasis en el vestuario humilde del loco, fiel reflejo de la fragilidad del personaje. Nunca cambia de estilo como maestro de baile de los ballets rusos y esto refuerza su actuación hasta provocar las lágrimas en los pasajes más dramáticos de la interpretación de José Manuel Benítez.

Quién sabe, si Félix nunca hubiera conocido a Diaghilev una noche cualquiera, quizá nunca hubiera desarrollado su locura. Se entienden muy bien sus problemas de integración en un ambiente elitista del que no forma parte y sus consecuencias. Se entiende la decisión de Diaghilev,  de que su primer bailarín protagonizase al molinero. Pero nadie entendió el proceso de locura inducida por una situación que le superaba, que fue apoderándose de Félix Fernández. Verlo en escena, va haciendo crecer la angustia en el espectador hasta las lágrimas, sobre todo, durante esos terribles veintidós años encerrado en un psiquiátrico inglés. Un drama que viene a poner fin, piadosamente, la Dama Blanca, la muerte.

Tan maravillosamente interpretado que hace vivir lo que ocurrió en la realidad.

Paco López, autor del libreto, empieza la historia por donde acaba. Con un pobre loco encerrado, rememorando sus fantasmas, Diaghilev, sus ballets, sus bailarines, el molinero que nunca pudo bailar, el regreso al paraíso perdido de sus años de bailaor flamenco, los cafés cantantes, la fiesta, los jaleos, la celebración de la vida, en fin. Félix obsesionado por su única pasión rota para siempre: El baile.

En escena, la noche de 1916 en la que cambió la vida del bailaor. El espectáculo del Novedades, la asistencia como espectadores del director de los Ballets Rusos y de sus primeros bailarines. La farruca que baila el joven Félix, ¿qué indujo a Diaghilev a fijarse en él como futuro profesor de baile español en su compañía? ¿Un destino imprevisible que le empujó a hacer una oferta que no podía rechazar el joven bailaor? Una oferta que acabaría en una tragedia larga y profunda, en la que la pobre víctima nunca pudo explicar hasta donde pudo llegar su sufrimiento.

Todo ello bailado, teatralizado, musicado, vestido, interpretado sin duda para Premio Internacional de Ballet.

Luego, los ensayos de El sombrero de tres picos, con Massine de protagonista y Félix interrumpiendo, metiéndose por medio, convencido en su locura de que el molinero era él. La noche del estreno, el éxito, pero ya sin un Félix perdido, no se sabe dónde, rodeado de sus fantasmas, del recuerdo de la farruca, él mismo como el bailaor antiguo, la primera aparición de la Dama Blanca, el dolor de vivir, la locura, la oscuridad, el vacío… su detención en St. Martin in the Fields, el hombre roto para siempre, recluido durante veintidós larguísimos años en Epson Grove.

La infinita soledad, hasta que por fin aparece la hermosa Dama Blanca que lo cubre amorosamente con su manto.

Félix el loco merecía este homenaje. Estará feliz dondequiera que esté.

Ficha artística:

El loco: José Manuel Benítez
Karsavina: Miriam Mendoza
Massine: Carlos Sánchez.
Diaghilev: Rubén Olmo.
Orquesta sinfónica de la Comunidad de Madrid. (Orcam)

Músicos flamencos:

Cante: Gabriel de la Tomasa y Juan José Amador El Perre

Guitarras:

Diego Losada, Enrique Bermúdez, Jonathan Bermúdez, Víctor Márquez.

Percusión: Roberto Vozmediano.

Del 9 al 22 de diciembre 2022 en el Teatro de la Zarzuela.

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