LA AVENTURA DEL TANGO: A PLENA BATERIA

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA Columnista

La flauta y el clarinete bajo están en la historia del tango. La batería no. Algunas orquestas la incluyeron. Pero la percusión de la batería es mecánica y el tango necesita de ese sentimiento, ese arrastre que viene de su raíz folclórica.

Así respondió Osvaldo Pugliese, al cumplir ochenta años, al periodista Eduardo Rafael en un reportaje para “Clarín”. El maestro jamás abdicó de ese convencimiento que a ciertos innovadores pareció conservador en exceso.

Respaldó una separación de corrientes que, intrínsecamente, esconde una paradoja de tantas que habitan la música popular ciudadana.

Porque Pugliese tenía razón –o su razón, apoyada por el gusto de su público y hasta por respetables cuestiones técnicas- y, sin embargo, hoy la batería no sólo es común en muchas agrupaciones que recrean el tango, recogiendo el guante de ideas renovadoras, sino que la lucha por incorporarla a las orquestas data de mediados de la década de 1920 y se asienta a comienzos de la siguiente, con un pionero inolvidable al frente, aunque el historiador Luis Alberto Sierra haya descubierto veinte bateristas de esa época.

Ese pionero fue José Alberto Corriale, “Pepe” para los amigos, percusionista, baterista y compositor, que nació el 4 de setiembre de 1915 en Buenos Aires y murió en la misma ciudad el 7 de noviembre de 1997.

La vida de Pepe Corriale, músico integral y hombre querido por todos, también lleva adheridas ciertas paradojas:

Confieso que desde los once años, luego de estudiar todo lo relativo a la música, ejecuté la batería y he hecho todos los géneros. Al tango lo llevo en el alma y siempre quise que mi instrumento tuviera otra presencia en su ritmo.

Corriale, que también fue pianista, recibido en el Conservatorio Manuel de Falla, llegó al tango en 1930 y fue incorporado, entre otras y en diversas ocasiones durante su extensa vida, a las orquestas de Brignolo, Canaro, Fresedo, Malerba, Mores –quien, con su arreglador Martín Darré, más relevancia le dio-, Lomuto, De Caro, Pontier, Piazzolla, Berlinghieri, Federico y Garello. Compuso un precioso y poco recordado tema –A Julián Centeya-, escribió el libro La batería en el tango y, aunque a muchos parezca extraño, acompañó a voces que podríamos calificar de tradicionales, como las de Susy Leiva, Horacio Deval, Carlos Acuña, Aldo Campoamor y… ¡nada menos que el inimitable Edmundo Rivero!

No conforme, formó un efímero quinteto al que bautizó Pepeco, en el que introdujo con su batería, tambores y sobre todo platillos, unos timbres inéditos en el tango.

Sin embargo, y paralelamente, tocó en la Sinfónica Nacional, fue asesor musical del teatro Ópera, recorrió varios países con la cantante Naty Mistral y trabajó junto a figuras internacionales del porte de Ella Fitzgerald, Edith Piaf, Sammy Davis Jr., Cab Calloway, Paul Anka, Marlene Dietrich y Carmen Sevilla e integró los elencos de Xavier Cugat, del Ballet de Tamara Toumanova, del Marqués de Cuevas, de Les Ettoilles de París, del Ballet Theatre de Nueva York, del Berliner Ballet y del Bolshoi de Moscú, en todos los casos a sus pasos por el Río de la Plata.

En el tango la rítmica que incorporé con los tomtones en los rellenos después fue usada por casi todos los arregladores y, cuando no tenían batería, imitaban los golpes pegando sobre la caja del bandoneón o del contrabajo –dijo en otro reportaje, ya retirado.

Un artista ecléctico, sin duda. Un absoluto innovador.

Probablemente dos anécdotas –que he tomado al azar, lo confieso- ayuden a valorar a Corriale como corresponde.

La primera ocurrió con Piazzolla, cuando lo contrató para la operita María de Buenos Aires y luego para su propuesta, de breve duración, Conjunto 9: Astor le permitió utilizar no sólo la batería, sino bongós, bells y el güiro, creando un verdadero impacto rítmico que sorprendió a todos.

La segunda pasó con Raúl Garello. Fue durante la grabación de Canaro en París, tango muy clásico cuyas variaciones finales solían hacerlas la fila de bandoneones o un solista –como el contrabajista Alcides Rossi con Pugliese- para un cierre de especial lucimiento orquestal. Garello decidió que fuera Corriale quien ejecutase esa parte fundamental.

Fue una impresionante y originalísima oleada de percusión que quedó registrada en un disco editado el 14 de enero de 1980.

Hubo una tristeza en su final. Preparaba en la vejez una última gira con dos de sus nietos, cuando un infarto le cortó abruptamente aquella aventura tanto tiempo soñada.   

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