EL PENSADOR

ENTREVERADA, LA CUESTIÓN…

Por Antonio Pippo

Creí hallarlo: la abundancia. Y me alegré.

Hay abundancia de partidos, de candidatos ya establecidos e internas y promesas para acercar a otros para el futuro no tan lejano.

Pocos segundos después aquella alegría se desvaneció. Reparé en otra abundancia y bastó.

También hay abundancia de diagnósticos.

Desde un punto de vista esquemático del idioma, la diagnosis se aplica en medicina para alcanzar el conocimiento diferencial de los signos de las enfermedades. Si uno dice “yo diagnostico”, se supone que llegó a conocer la naturaleza de una enfermedad por la observación de sus síntomas y signos. En la vida social la acepción se extiende a la determinación de patologías de la economía, la educación, la seguridad, la previsión social, la cultura -entendida como “información y gusto por las artes”-, la propia política, el fútbol y, claro, la salud.

¡Qué angustia cuando abordé un repaso de tantos diagnósticos que están sobrevolando alrededor cual molestos mosquitos!

Los políticos han creado un embarazo de diagnósticos que, si bien en ciertos casos coinciden, en su mayoría tienen decenas de matices al fin de cuya lectura, para quien logre abarcarla, se siente igual a cuando salíamos a la luz tras un viajecito por el desaparecido “tren fantasma” del Parque Rodó.

Pero la desconfianza por lo que viene no culmina con esta reflexión. Al contexto descrito hay que agregar una epidemia -que en realidad viene de lejos pero jamás había alcanzado este tamaño- de corrupción que abarca muy estrechamente a la política, algunos casos excepcionales de la justicia y se fortalece con el pasaje de grado de la delincuencia barrial y narcomenudeo, a la aparición  de organizaciones delictivas con proyección fuera de fronteras, incorporando gruesamente el negocio de las drogas a nivel internacional, la trata de personas, las estafas a través de la tecnología informática y la despreciable pornografía infantil y adolescente.

Entonces traté de serenarme y pensar.

¿En qué?

En las soluciones a los problemas detectados.

Si usted pretende decir “acá”, marcando tal vez un documento, o “aquel”, identificando el discurso de un político, vaya perdiendo las esperanzas. Salvo que pertenezca a la tribu de los fanáticos, de los feligreses fieles a un pastor cuasi carnavalesco, o de los imbéciles. Los delincuentes y los aspirantes, mientras tanto, siguen pujando por gangrenar cual acuerdo o simple consenso de la ciudadanía honrada pero mal representada.

Comprendo que dude sobre este planteamiento, lector; admito que mi enfoque crítico viene discurriendo impulsado en tiempos recientes por el escepticismo, la desconfianza y el sarcasmo. (Culpa de tantos nenes tontos o vivillos que babean por quedarse con el trompo).

En todos los discursos –sea en barrios de la capital, en Cerro Chato, Punta del Diablo, Sarandí del Yí, Río Branco, Carreta Quemada o donde quiera-, ¡preste atención!, hay, en distintos tonos vocales y gesticulaciones y con la escenificación que se le pase por el magín, diagnósticos al por mayor… y promesas. Ajá, muchas promesas que parecen palomitas blancas sacadas de sombreros negros de magos improvisados pero para nada tontuelos.

Quien se conforme con eso, bueno, que le siente.

Frente a un país con el nivel de pobreza de éste, su desempleo, su inflación por encima de todos los cálculos oficiales previos, el dólar que parece estar torturado por una picana eléctrica, salarios que no alcanzan, un déficit fiscal creciente, la salud, la educación y la seguridad en crisis, la cultura degradada y el futuro del sistema jubilatorio como bola de ruleta, yo quiero –mejor dicho, exijo- ver en detalle todos los programas de los aspirantes donde figuren las terapias que, para cada caso, aplicarán a las enfermedades diagnosticadas.

No me sirve que digan “está en nuestro programa, léanlo”. Quiero saber dónde; luego no acepto síntesis tan apretadas como pareja en baile de campaña en un local con piso de hormigón y techo de zinc, sino una redacción clara y amplia como para que la comprenda cualquier ciudadano normal; finalmente, quiero que me persuada cada uno de los candidatos que nada de eso que me vende como perfume francés, devenga modesta colonia, tipo “patchuli”, porque para sumar votos habrá que manotear acuerdos y, en el trasiego…, ¿no se desdibujará todo?

Ah, sí, pero… no lo pueden hacer por la sencilla razón de que siempre los bueyes van delante de la carreta. Haya o no programas ahora –con promesas y frases a la corrida que pululan y no me distraen-, no son definitivos por la perogrullesca razón de que, en la corrida final todos, absolutamente todos los que peleen en apariencia inevitable, habrán de hacer concesiones.

Creo saber la razón por la que siento haber escrito todo esto al santísimo cohete. No tiene por qué compartirlo. Pero piénselo. Usted, lector esclarecido, con seguridad estaba reflexionando al respecto antes de que yo perdiera mi tiempo.


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