RELATOS REALES: La gran transformación

Por Antonio Pippo

Hay personas que, desde una niñez infeliz, sin haber pasado por la escuela formadora y trabajar desde los seis años como canillita y lustrabotas, hallan, gracias a un esfuerzo sostenido y severo, la forma de convertirse en admirables artistas populares con fama en América Latina y países de otros continentes.

Es el caso del autor de la letra Canción con todos, considerado el Himno Latinoamericano, Armando Tejada Cómez, nacido en Mendoza 1929 y fallecido en Buenos Aires en 1992.

Su familia descendía de los huarpes, trabajadores rurales de muy escasos recursos. Fue el penúltimo de los 24 hijos que parió su madre, quien, al morir su marido, debió repartir a los niños, tocándole a Armando ir a vivir con una tía. Ella le enseñó a leer y escribir porque no fue a la escuela debido a la necesidad de trabajar en las calles para aportar al nuevo hogar.

Recién a los quince años, ya con más tiempo para sí, sintió pasión por la lectura y compró un ejemplar del Martín Fierro, que le encantó y le abrió el gusto por la poesía. Al mismo tiempo, se despertó en él la inquietud por las injusticias sociales.

A partir de entonces, la vida -que nunca se alejaría de circunstancias complejas- le cambió el rumbo radicalmente.

A los 19 años logró un empleo como locutor de Radio de Cuyo, que alternó con labores de obrero de la construcción. Conoció y trabó amista con el músico Oscar Matus, por entonces marido de la todavía no famosa Mercedes Sosa. Nació un trío que se hizo popular de inmediato, con éxitos como Los hombres del río, Coplera del viento y Tropero padre.

A los 23 escribí Pachamama, poemas de la tierra y el origen, cosmogonía americana del universo. Entre las consejas de los mayores y de los indios huarpes, y de las reuniones de fogón, aprendí la cultura de América porque no frecuenté aulas. Aprendí la voz popular en que creíamos.

Se editó el libro, el primer poemario de Tejada Cómez, y estalló el éxito y llegaron múltiples premios que lo vincularon rápidamente, además de no dejar de escribir letras para folcloristas, a importantes diarios, semanarios y emisoras. Y como hicieron otros recitadores populares como Héctor Gagliardi en el tango, Armando buscó desarrollar una poesía capaz de llegar masivamente al gusto de la gente, haciendo del recitado y el relato oral -no sólo poemas para musicalizar- un arte en sí mismo, algo que fue ayudado por su oficio de locutor.

Tejada Gómez fue perseguido en la última etapa del peronismo, porque aunque admiraba a Eva Perón se oponía a las tendencias autoritarias del régimen. Se pasó al grupo de Frondizi, pero pronto, desencantado de su vuelco al desarrollismo liberal, terminó afiliándose al Partido Comunista. Como era de esperar, fue despedido de sitios donde actuaba día a día, se prohibió la publicidad de sus libros y discos y hasta la mención pública de su nombre. Fue una etapa complicada, durante la cual viajó al exterior, especialmente a España y Cuba, donde ganó premios por su libro Los compadres del horizonte.

Regresó tras el derrocamiento de Perón y escribió otro libro de poemas exitoso, Tonadas de la piel, que produjo un cambio sustancial en su estilo, tras ser influido por el comentario de uno de sus hermanos: –Escribís cosas que nadie entiende.

Fue entonces que Tejada Gómez orientó su lírica hacia los problemas sociales y los temas populares con un fervor y persistencia poco comunes. Fundó el Movimiento del Nuevo Cancionero:

Es que se ha perpetrado, además, una división asfixiante y artificial entre el cancionero popular ciudadano y el cancionero nativo de raíz folklórica. Oscuros intereses han alimentado, hasta la hostilidad esta división. Hay país para todo el cancionero; sólo falta integrarlo para todos.

Armando Tejada Gómez siguió componiendo letras para los más relevantes folcloristas, al tiempo que sumó otros libros de poemas importantes, entre otros Los oficios de Pedro Changa, Antología de Juan, Canto popular de las comidas, Los telares del sol, Canción de las simples cosas y Amanecer bajo los puentes.

No perdí ocasión en contar que las imágenes eran el lenguaje del pueblo, recurriendo a expresiones de mis coterráneos, como la que describe como “verde” el gusto de ciertos vinos: Mirá la metáfora ¡que lo parió! ¿El gusto cómo va a tener color? Decile a André Breton que venga. ¿Quién inventó el surrealismo? ¡No vengan a joder! Decile a Breton que lo quiero mucho, que lo admiro y todo eso, ¿pero sabés qué? ¡El surrealismo lo inventó el pueblo!

A esta hora exactamente hay un niño en la calle/ y saber que a esta hora mi madre está esperando,/ quiero decir, la madre del niño innumerable/ que sale y nos pregunta con su rostro de madre:/ qué han hecho de la vida,/ dónde pondré la sangre,/ que haré con mi semilla/ si hay un niño en la calle.

(Si hay un niño en la calle, de Armando Tejada Gomez)  


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