La aventura del tango: yo tomo porque…

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA Columnista

La reunión fue informal: unos cuantos artistas populares y Perón, a la búsqueda de terminar con la censura de letras con uso del lunfardo y, sobre todo, con la temática del alcohol.

La censura había sido impuesta por el presidente Ramón Castillo y se extendió en la dictadura del general Ramírez, que lo desplazó, flotando luego como un residuo de escasa aplicación. Pero estaba ahí.

Entre los visitantes llegaron Canaro, Troilo, Charlo, Cadícamo y Alberto Vacarezza, el rey del sainete; a él, tras los saludos, se dirigió Perón: -¿Cómo está, don Alberto? ¿Es cierto que un canero de avería lo afanó en el bondi?

Ahí concluyó todo. Ni ley ni decreto. Fue, por la actitud del general y luego, claro, por órdenes que dio, la liberación de la poesía tanguera.

Respiró el lunfardo y también aquellos temas que recurrían, de modos diferentes, al consumo de alcohol. Los tangos tienen referencias al amor, el desengaño, la muerte, el destino, la madre y hasta las flores. Pero hay más de un centenar –y de los mejores- que aluden al alcohol desde distintas perspectivas existenciales. Hablando de la censura, había dicho Ezequiel Martínez Estrada: -En la formación de las palabras espurias, por su origen lunfardo, o porque, como el alcohol, se lo vinculaba con ciertas conductas, había resistencia de la burguesía ya que sepultaban, propagándose con facilidad, una cultura elitista que se sentía amenazada.

Ahora bien, con el recurrido alcohol pasa algo más, relevante desde lo poético. La variedad.

Por ejemplo, un tango de Waiss, música de D’Arienzo y Varela, Bien pulenta, deja una sentencia a contramano: –No me gustan los boliches, que las copas charlan mucho/ y entre tragos se deschava lo que nunca se pensó./ Yo conozco muchos giles que eran vivos y eran duchos,/ y en la cruz de cuatro copas se comieron un garrón.

Y está quien toma sólo por gusto, como en De puro curda, de Olmedo y Aznar: –Che mozo, ¡sirva un trago más de caña,/ yo tomo sin motivo y sin razón;/ no lo hago por amor que es vieja maña,/ tampoco pa’ engañar al corazón./ No tengo un mal recuerdo que me aturda,/ no tengo que olvidar una traición,/ yo tomo porque sí, de puro curda./ Pa’ mí siempre es buena la ocasión.

Y hay evocaciones, como en Adiós Chantecler, tango con que Cadícamo rindió homenaje al mítico cabaré demolido por el progreso: –Te redujo a escombros la fría piqueta/ y al pasar de noche mirando tus ruinas,/ este milonguero se siente poeta y a un tango muy triste le pone sordina./ Entre aquellas rojas cortinas de pana,/ en tus palcos altos que ahora no están,/ se asomaba siempre madama Ritana/ cubierta de alhajas, bebiendo champán.

Y vive, sí, el desborde lastimero y kitsch, en La última copa, de Caruso y Canaro: –Yo la quise, muchachos, y la quiero/ y jamás yo la podré olvidar;/ yo me emborracho por ella/ y ella quién sabe qué hará

Pero sería injusto no recordar, en tan breve síntesis que pretende representatividad, un tema poético mayor como La última curda, donde Cátulo Castillo enlaza, con dramático lirismo, el alcohol, la mujer que apenó al protagonista y el bandoneón, un instrumento simbólico del tango, al que, en realidad, dirige el reproche plagado de hermosas metáforas: –Lastima, bandoneón, mi corazón,/ tu ronca maldición maleva…/ Tu lágrima de ron me lleva/ hasta el hondo bajo fondo donde el barro se subleva./ Ya sé, no me digás, ¡tenés razón¡,/ la vida es una herida absurda/ y es todo tan fugaz,/ que es una curda, ¡nada más¡, mi confesión.

Luego habría que rescatar a Esta noche me emborracho, de Discépolo, Acquaforte, de Petorossi, Tomo y obligo, de Romero, Whisky, de Marcó, Caña, de Mónaco, Esviza y Araújo, Anoche estaba curda, de Charlo y Brindis de tango, de Sanzó y Morales, una curiosidad creada en 2005.

Sin embargo, la mayor cumbre literaria, con el alcohol sobrevolando, es Los mareados, letra que Cadícamo escribió a un tango que Cobián había compuesto veinte años antes y entregado al olvido: –Esta noche, amiga mía, el alcohol nos ha embriagado…/ ¡Qué me importa que se rían y nos llamen los mareados¡/ Cada cual tiene sus penas y nosotros las tenemos…/ Esta noche beberemos porque ya no volveremos a vernos más…/ Hoy vas a entrar a mi pasado, en el pasado de mi vida…

Nadie que lo haya escuchado olvidará ese comienzo de la última frase, donde el autor alcanza luminosidad impar al conjugar una idea compleja en seis palabras para tres tiempos verbales que, además, edifican una de las bellas metáforas alcanzadas en el tango.

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