García Lorca: Ochenta y cinco años después

Teresa Fernandez Herrera
Prensa Especializada

En la madrugada del 18 de agosto de 1936,  se apagó la vida del mejor poeta y dramaturgo español del pasado siglo, víctima de la feroz represalia militar sublevada contra el gobierno del Frente Popular de la Segunda República española.

Un asesinato,  que entre cientos de miles de entonces, resalta por los diversos factores convergentes en la personalidad de Federico: Sensibilidad, empatía arrolladora, genio para la poesía, la dramaturgia, la música, el dibujo. Clase social alta y vinculación anticapitalista, casi un contrasentido en la sociedad en que vivió, por no hablar de su Granada profunda, la de Doña Rosita la soltera, Bodas de sangre, Yerma, Bernarda Alba y Así que pasen cinco años. Si a este cóctel se añade su homosexualidad, proscrita socialmente en ese tiempo, la mezcla resulta explosiva. En todo ello subyace la semilla  de la causa última de su muerte.  

No obstante, hay algo que aún hoy asombra, la ausencia de conciencia de peligro, sabiendo como sabía muy bien, que algo muy grande se avecinaba. Él tenía que estar en México en ese mes de julio, donde se le esperaba, donde se encontraba la compañía de teatro de Margarita Xirgu triunfando con obras suyas.  Es como un fatum, que el doce de julio, cuando los asesinatos del teniente Castillo y José Calvo Sotelo presagiaban lo peor, él se subiera a un tren con destino a Granada, en el que coincidió con Ramón Ruiz Alonso, uno de los personajes involucrados en su muerte poco más de un mes más tarde, aunque ni el único ni el más decisorio.

De todos es sabido que Federico profetizó su propia muerte en su obra más surrealista, Asi que pasen cinco años, que publicó en 1931. Consciente o inconscientemente él tenía esa fijación quizá desde mucho antes. En diciembre de 1929  escribía en Nueva York un soneto titulado “Yo sé que mi perfil será tranquilo” .

                                               Yo sé que mi perfil será tranquilo

en el norte de un cielo sin reflejo:

mercurio de vigilia, casto espejo,

donde se quiebre el pulso de mi estilo.

Que si la yedra y el frescor del hilo

fue la norma del cuerpo que yo dejo,

mi perfil en la arena será un viejo

silencio, sin rubor de cocodrilo.

Y aunque nunca tendrá sabor de llama

mi lengua de palomas ateridas

sino desierto gusto de retama,

Libre signo de normas oprimidas

seré, en el cuello de la yerta rama

y en el sin fin de dalias doloridas

Pasaron muchos años  hasta que vieron la luz en España sus “Sonetos del amor oscuro”, fiel reflejo del drama interior que para él -¡y para tantos otros!- significaba amar. ¿Quién amó más, Federico o los hombres que le amaron? Quizá alguno le amase con la misma intensidad que él ponía en sus emociones. Sabemos quiénes le utilizaron y traicionaron su alma sensible. Siempre permanecerá la terrible dualidad de su vida pública y su vida más privada. Vivió antes de su tiempo. Quizá por eso sigue hoy tan vivo, tan vigente.

Hoy mismo he recibido invitaciones para la puesta en escena de La casa de Bernarda Alba en el Teatro Apolo de Barcelona. Curiosamente, la primera o segunda vez que vi esta obra fue en Londres, en 1986,  dirigida por Nuria Espert, con un elenco encabezado por Glenda Jackson, Joan Plowright, Patricia Hayes y otras actrices inglesas, todas excelentes.

Hoy, en este ochenta y cinco aniversario de la muerte violenta de este gran poeta y dramaturgo, músico, pianista y pintor, quiero recordarle, en estos tiempos de absoluta libertad sexual que tanto le hubiera gustado vivir, con uno de sus sonetos del amor oscuro, la cara íntima de Federico García Lorca. El “Soneto de la dulce queja”.

                                               Tengo miedo a perder la maravilla

de tus ojos de estatua, y el acento

que de noche me pone en la mejilla

la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla

tronco sin ramas; y lo que más siento

es no tener la flor, pulpa o arcilla,

para  el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,

si eres mi cruz y mi dolor mojado,

si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado

y decora las aguas de tu río

con hojas de mi otoño enajenado.

¡Larga vida a ti, Federico García Lorca! Ochenta y cinco años después sigues vivo, porque sigues siendo recordado.         

               

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