LA AVENTURA DEL TANGO: EL OLVIDADO

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA Columnista

Indescifrable, el destino.

Escribió más de mil letras de tangos y canciones populares, destacándose no sólo por su poesía sino por su interés inusual, surgido de influencias ácratas que vivió al final de su niñez, en la problemática social. Fue músico, dramaturgo, traductor, productor de espectáculos, amigo de Carlos Gardel y, ya en sus últimos años, representante de Edmundo Rivero, abarcando –solo entre ambas relaciones- casi cuatro décadas de amor con el tango.

Sin embargo –salvo para entendidos- es un olvidado.

Mario Zoppi Battes Stella, conocido luego como Mario Battistella, nació en Monteforte d’Alpone, Verona, Italia, el 5 de noviembre de 1893 y murió en Buenos Aires el 10 de octubre de 1968, protagonista de una vida novelesca que hoy pocos recuerdan.

A los catorce años, mientras sus padres y hermanos buscaban una vida mejor en Argentina, él, rebelde, obcecado, optó por quedarse: se unió a una compañía musical itinerante –tocaba el concertino y la mandolina- y recorrió ciudades de su país y de Francia, Suiza y Austria, gira que le sirvió para manejar otros idiomas y hablar en francés con naturalidad. Pero al fin, cansado y con poco dinero, en 1910 decidió ir a Buenos Aires.

Fue difícil abrir puertas, pero lo ayudó la suerte: ganó dos veces la lotería y se lanzó a la aventura en las tablas. Recién debutó en 1922 en el teatro Variedades con Do Re Mi Fa Sol La Si, revista musical creada con su amigo Francisco Bohigas. Le siguieron El profesor Trombini, Aflojale que colea y Las papas están que queman; enseguida probó suerte componiendo shimmys para locales nocturnos como Bataclán, Boedo, Mitre, Cabildo y Smart. Fue en medio de tales peripecias que conoció por casualidad a Gardel, sin todavía entablar una relación directa. Su primer tango como letrista fue también el iniciático de Charlo como músico: Pinta brava, grabado por el entonces cantor de Canaro en 1928. Y desde ahí, no paró: Traviesa, también con música de Charlo, Isabel y Tomasa, con Adrián Russo, Estoy que me muero, con Emilio Durante y la zamba Cuyanita de mi amor, de la cual también hizo la música.

En 1929, y pese a estar afirmado en el ambiente porteño, decidió regresar a Italia, adonde sus padres habían vuelto a vivir sus últimos días.

No parecía un viaje para alentar la inspiración.

Sin embargo, Mario Battistella fue otra vez fiel a su inquieto espíritu. Aprovechó un recorrido turístico y se instaló en Francia, al principio como traductor de leyendas de películas mudas. En 1931 se encontró con Gardel y Alfredo Lepera, iniciando, ahora sí, un trato frecuente. Hay un dato interesantísimo, ignorado por la mayoría: para afianzar esa incipiente amistad, le compuso el vals Faiblesse, que Gardel cantó en espectáculos pero jamás grabó. No fue todo; Lepera estaba armando el guión de la película Espérame, en Joinville, que incluía algunos tangos; eran sus primeros pasos con El Mago y, sintiendo cierto temor, le pidió ayuda a Battistella; Mario no sólo compartió la responsabilidad del guión, sino que hizo las letras, para ese filme, de Melodía de arrabal, Estudiante y Le destin, rebautizado Me da pena confesarlo.

Otros aportes de Battistella a Gardel fueron, para películas o sólo grabaciones, Cuando tú no estás, Mañanitas de sol, Desdén, Medallita de la suerte (titulado al inicio Mi alhaja), Amores de estudiante y Sueño querido (que el letrista calificó como “su mejor creación, recuerdo sentimental de mi propia vida”). Por si fuese poco, es autor de la letra de Cuartito Azul, con Mores, Remembranza, con Mario Melfi y Canto, con música propia.

Cosas de su azarosa existencia, el Battistella poeta tiene dos obras históricas para el tango, no por una calidad impar y sí por sus connotaciones sociales, que las justifican ante la posteridad: Pa’l nene, que reivindica al trabajador honesto frente al vividor, Pobre rico, que desnuda a quienes ascienden aprovechándose de mujeres e ingenuos y, sobre todo, Al pie de la Santa Cruz, con Enrique Delfino, que relata la deportación de un inmigrante en tiempos de la “Ley de Residencia”, arbitrariedad de quienes gobernaron Argentina de inicios del siglo XX hasta poco antes de la década de 1920, y Bronca, junto a Edmundo Rivero, tango del que hay una estupenda versión de Osvaldo Pugliese con la voz de Alfredo Belushi y que fue escrito en los días posteriores al derrocamiento de Arturo Frondizi.

Lo dicho. Una vida intensa, creativa, aventurera, diluida en la memoria tramposa.

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