LA AVENTURA DEL TANGO: FUMANDO..¿QUÉ?

Nadie discute acerca del origen híbrido y lejano pero incuestionablemente rioplatense del tango. Tampoco que en algunos otros sitios, fuera de esa capitalidad compartida por Montevideo y Buenos Aires que otorgó la UNESCO, se hayan compuesto “tangos” buscando una semejanza con los “originales”.

Sin embargo es poco lo que se conoce de ellos y por eso, tal vez, no son tema de charlas habituales. Esto suena muy curioso cuando se trata de obras que son consideradas como uruguayas o argentinas, es decir que están incorporadas a nuestro imaginario tanguero; es como si hubiesen sido “adoptadas” a la fuerza, sin que la mayoría haya averiguado por qué, y luego olvidados los documentos que demuestran dónde y cómo realmente nacieron.

Hay un caso paradigmático: Fumando espero.

Es un tango español –cuya primera partitura tenía reminiscencias de cuplé y hasta de bolero- escrito en 1922 por los catalanes Juan Viladomat Masanas, autor de la música, y Félix Garzo (seudónimo de Gaya Garsus), autor de la letra. Viladomat fue un personaje de la bohemia de Catalunya, hermano del escultor que hizo la estatua dedicada a Raquel Meller y levantada frente al teatro Arnau de Barcelona.

Fumando espero fue estrenado por la cupletista Ramoncita Rovira en 1923 en el teatro Victoria.

Llegó a Buenos Aires de la mano de la española Tania –Ana Luciano, más tarde mujer, hasta la muerte del genial narigón, de Enrique Santos Discépolo-, quien desembarcó en el puerto argentino en 1924, integrando la “Troupe Ibérica” junto a su marido, Armando Fernández, mexicano, del que se separó después de haber conocido al autor de Esta noche me emborracho. Tania fue la primera que cantó en la cuna del tango Fumando espero, en un festival a beneficio, aunque no lo grabó nunca. Al disco lo llevaron Rosita Quiroga y luego Ignacio Corsini el mismo año: 1927; después, a lo largo del tiempo, lo hicieron muchos otros intérpretes.

Manuel Adet escribió: –Fumando espero habla de una cita amorosa, cuya sensualidad se expresa a través del cigarrillo. Se supone que la protagonista es una mujer que espera a su hombre, pero la letra permite que se adapte a las dos versiones, o, mejor dicho, a ambos géneros.

Es un tema en torno al cual se reunieron inesperadas peculiaridades. En 1957 se filmó en España la película “El último cuplé”, con Sarita Montiel, quien cantó Fumando espero en una de sus versiones más clásicas. El director, Juan Orduña, debió modificar parcialmente la letra para eludir la censura franquista; quitó la primera estrofa de la segunda parte: “Mi egipcio es especial,/ qué olor, señor./ Tras la batalla/ en que el amor estalla,/ un cigarrillo/ es siempre un descansillo/ y aunque parece/ que el cuerpo languidece,/ tras el cigarro crece/ su fuerza, su vigor”.

Caramba, qué osadía, se habrían ofendido los censores: el ansia por el sexo y la droga expresados sin pudor.  

¿Droga? Y, sí… Desde su creación, treinta años antes, en España siempre se dio por verdad que el famoso cigarrillo entre los dedos de la dama –o del varón, según la versión- no era de tabaco sino de marihuana; en la década de 1920 esto no conmovía ni a las señoras de la aristocracia, pues el consumo del cannabis estaba permitido y se estimulaba con publicidad. Para reforzar tal convicción, reapareció Viladomat Masanas, que, poco más tarde de Fumando espero, escribió otro tango con un título desembozado, quitando lugar a cualquier confusión: El tango de la cocaína, estrenado en 1928.

Hay más, aunque habite el cosmos de la leyenda. Muchos adjudicaron el conocimiento de la letra de Fumando espero a Marylin Monroe, porque, en un reportaje donde se la interrogó sobre sus momentos de felicidad, confesó: “El placer que transcurre entre un whisky antes y un cigarrillo después, con el hombre que se desea a tu lado”.    

Habrá algún lector que se pregunte si España dio a luz otro tango famoso que los rioplatenses hayamos incorporado como propio. Al menos recuerdo uno, pura aflicción, lloroso: La cieguita; firman como autores, tanto en registros españoles como de Buenos Aires y Montevideo, Ramuncho y Kepler, seudónimos de los gallegos Ramón Bertrán Reyna y Patricio Muñoz Aceña. Lo estrenó Gardel en 1928 y, contrariando la opinión de su discográfica, lo grabó al año siguiente.

La mayoría opina que la voz de Gardel “salvó” a este penoso tango. Quizás por ello hay escasísimas otras versiones. Sólo merece el rescate de un piadoso olvido la de Osvaldo Pugliese con la voz de Jorge Vidal.  

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