La aventura del tango: Vamos a hacer la noche

Antonio Pippo Pedragosa
Columnista

La noche en la que reinaba el tango, en ocasiones junto al jazz, y creaba una onírica atmósfera entre el humo del tabaco, la música y el alcohol para que nacieran poemas, o amores de unas horas, o borracheras excesivas que casi siempre concluían a las trompadas, no es la noche de hoy.

Aquella quedó en el pasado. Es irrepetible, aunque proliferen como hojas amarillentas al viento las pretensiones de imitación. 

“Hacer la noche”: tanto en Montevideo como en Buenos Aires esa era, a principios del siglo XX, una expresión socialmente extendida que significaba “salir a divertirse, a bailar, a disfrutar de una pareja de ocasión y a beber en abundancia”, a veces hasta que asomaba el sol del otro día.

Y fue la primera muestra espontánea de democratización de un hábito o, mejor dicho, de una cultura popular.

Porque la noche se hacía en los cabarés –de cabaret, voz francesa luego castellanizada pero sin relación con el lunfardo,  que quiere decir taberna-, que pululaban tanto en el centro como en las zonas portuarias y prostibularias de ambas capitales del Plata.

Gardel-Razzano

Y qué coincidencia peculiar. El mismo año, con el mismo nombre, fueron inaugurados los dos primeros cabarés formales de Montevideo y Buenos Aires: llamados Royal Pigall, -así, sin “e” final, como bien ha apuntado el profesor Juan Antonio Varesse- en 1913 abrieron sus puertas, uno frente a la calle Bartolomé Mitre entre Reconquista y Buenos Aires, lindero a un teatro de variedades y cercano al Mercado Central, donde en 1915 actuó por primera vez en Uruguay el “dúo nacional” Gardel-Razzano, y el otro en Corrientes al 800 entre Suipacha y Esmeralda, pleno centro porteño. Sin embargo, se sabe que en 1910, luego del paso por nuestra capital de la compañía francesa Bataclán, abrió una boite que, enseguida, adoptó la categoría de cabaré: El Armenonville, que figura en gran cantidad de letras de tango. Sobre este punto, cuál fue aquí realmente el primero, aún los historiadores mantienen disidencias que parecen irreductibles.

¿Qué era un cabaré? Un salón grande, con pista de baile y mesas alrededor, un portero uniformado, una orquesta principal, la de tango, y otra complementaria, la de jazz, una mujer que cuidaba los baños, a la que llamaban “mamita” y recibía suculentas propinas y chicas, entre ellas muchas rusas, polacas y francesas, que recibían el nombre de “alternadoras”, tanto como “milongas” o “coperas”, que vestían audaces modelos de satén. Mimoseaban a los concurrentes, procurando que las invitaran a tomar copas y algo más, aunque tenían prohibido salir del lugar antes de que éste cerrara. Alrededor de las cuatro de la mañana era costumbre que se tocara un clásico –a partir de 1918 fue, invariablemente, La cumparsita– como anuncio del final; las mujeres, no obstante, antes de irse con algún cliente tenían que esperar que llegaran sus “fiolos” o “cafishios”, a cobrar el porcentaje.

Está claro. Hubo muchos otros cabarés. Probablemente el más famoso fue el Tabarís, inaugurado en 1924 en Buenos Aires, cuya primera noche resultó un fiasco: no funcionó la calefacción y los invitados cenaron y bailaron con tapados y sobretodos. Allí, pasada la medianoche, el consumo de champán era obligatorio. El viento cambió con rapidez, porque ahí lucieron su esplendor personajes tan diversos como Orson Welles, Josephine Baker, Tita Merello, el Mono Gatica y Manucho Mujica Láinez. Fue donde debutó, en 1925, un gordito de catorce años: -Hacíamos tango de vanguardia. Entrábamos a las seis de la tarde y no parábamos hasta que se iba el último borracho.

Conocido por Pichuco, se llamó Aníbal Troilo, quien años más tarde, en 1933, con un sexteto, debutaría, ya devenido profesional, junto a Osvaldo Pugliese.

Ente multitud de lugares, todavía se recuerda al Marabú, inaugurado en 1934 en Maipú ente Sarmiento y Corrientes; el Casanova, que estaba en la vereda de enfrente; el Chantecler, en Paraná ente Lavalle y Corrientes y, sobre todo, el Tibidabo, en Corrientes entre Talcahuano y Libertad, provisto de un centro de atención para variados “malestares” –que incluían consecuencias de riñas-, detrás del cual había una habitación chica bautizada “rebotica”, donde Troilo y Cadícamo, de a ratos y desde la medianoche al mediodía siguiente, compusieron Garúa de un tirón.

Desde 1955 en adelante, los viejos cabarés iniciaron una larga agonía: demoliciones, reconversión en teatros y shoppings y hasta la sede de una Iglesia Evangelista, caso del histórico y añorado Tabarís

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