LA AVENTURA DEL TANGO: EL REY DEL SAINETE

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA
Columnista

Un patio de conventillo, un italiano encargado, un gallego retobado, una percanta, un vivillo, dos malevos de cuchillo, un chamuyo, una pasión, choque, cebo, discusión, desafío, puñalada, aspamento, disparada, auxilio, cana, telón.

Así sintetizó su receta para escribir un sainete Bartolomé Ángel Venancio Alberto Vaccarezza –de quien nadie sabe si heredó tantos nombres por generosidad de sus padres o, al revés, por un trabajoso consenso tras una discusión matrimonial-, que pasó  a la posteridad “sintetizado” como Alberto Vaccarezza, máximo exponente del sainete porteño, dramaturgo, poeta y compositor cuyos inicios poco tuvieron que ver con el arte popular.

Alberto Vaccarezza

Vaccarezza –nacido en Almagro, Buenos Aires, el 1º de abril de 1886 y fallecido en la misma ciudad el 6 de agosto de l953- fue, desde su juventud y por varios años, un muy destacado rematador de muebles.

Su primera obra, El juzgado, la escribió en 1903, aunque ya se le consideraba un hombre de teatro y de radio, guionista creativo, poeta, recitador de cosas simples pero emotivas y autor de letras de tangos y otras músicas que se hicieron clásicos. Además, estaba sembrando la semilla de la que, poco después, sería la Sociedad Argentina de Autores (ARGENTORES), y había iniciado una cálida amistad y colaboración con Carlos Gardel.

Fue una persona sencilla, que siempre respetó los juicios del público; lo que le importaba era reflejar vivencias, el realismo cotidiano, y por eso nunca discutió que “el sainete fuera un tipo de obra teatral a la que, por lo general, se la calificaba como género chico”. Vivió con intensidad su tiempo, para lo cual describió las peripecias de la gran inmigración europea, la marginalidad de los recién llegados y la vida en los conventillos.

Pese a que registró tres obras dramáticas –Lo que le pasó a Reynoso, San Antonio de los Cobres y Los Cardales-, poco reconocidas por la crítica, su fama se sustentó en dos clases de sainetes: el cómico, con situaciones sólo reideras y un final feliz; y el tragicómico, entendido lo trágico como una experiencia irreversible, de modo que el espectador ríe o sufre y si sufre no halla resignación en la propia obra.

Vaccarezza fue autor, entre textos para teatro, letras de tango y folclore y poemas, de más de doscientas obras. Entre sus sainetes más populares figuran Los scruchantes (1911), Cuando un pobre se divierte (1921) –del cual adaptó un guión para la película homónima dirigida en 1936 por Roque Lovera-, Tu cuna fue un conventillo (1925), El conventillo de la paloma (1929), El conventillo del gavilán y, finalmente, La comparsa se despide (1932).   

La popularidad que alcanzaron sus sainetes probablemente haya opacado su capacidad de letrista: hay que tener en cuenta que Gardel le grabó trece temas, importancia que El Mago dio a muy pocos otros autores. Entre todo lo de Vaccarezza que se convirtió en clásico para la música popular ciudadana del Río de la Plata hay que resaltar, al menos, Botines viejos, Padre nuestro, Francesita, Adiós para siempre, El carrerito, La copa del olvido, Araca corazón, Otario que andás penando, Eche otra copa pulpero, No me tires con la tapa de la olla –de sus primera época y claro origen prostibulario-, Pobre gringo, No le digas que la quiero, Virgencita del Talar y Talán, talán.

Cosas de los creadores populares: Vaccarezza, amado por el público humilde, tuvo sus detractores entre intelectuales de nariz respingada y ciertos medios que respondían en su época a las clases más pudientes. Osvaldo Pellettieri, por ejemplo, dejó escrito: “En realidad, los sainetes de Vaccarezza no son realistas. Lo suyo fue siempre una realidad representativa, estilizada (…) Le sacó el poco costumbrismo que le quedaba y dejó sólo lo sentimental. Hizo crecer lo caricaturesco. Era xenófobo, reaccionario, desinteresado de lo social”. Y en 1929, La Razón publicó: “No llegó a ser un creador de tipos ni de ambientes”.

Sin embargo, Vaccarezza, compañero de colegio de Armando Discépolo, fue llamado por Horacio Salas “el natural sucesor de Nemesio Trejo y Carlos Pacheco”, mientras Tito Livio Foppa sentenció: “Asimiló el pintoresquismo  de las costumbres del ambiente y del lenguaje del pueblo, que supo aderezar con su inconfundible vena cómica y embellecer con sus galas de poeta”.

Quizás, para cerrar, lo sensato sea esto, recogido hace muchos años de alguien cuyo nombre he olvidado: “Al final, no se sabe si Vaccarezza habla el lenguaje de los tipos populares o son éstos que hablan como los personajes de Vaccarezza”. 

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