La aventura del tango: UN CREADOR MÚLTIPLE.

ANTONIO PIPPO P. Columnista

Viejo rincón de mis primeros años/ donde ella me batió que me quería…/ Guarida de cien noches de fandango/ que en mi memoria viven todavía…/ Oh callejón de turbios caferatas/ que fueron taitas del mandolión,/ ¿dónde estará mi garçonnière de lata,/ testigo de mi amor y su traición

Carlos Gardel

Son los primeros versos del antiquísimo tango Viejo Rincón, del que Carlos Gardel dejó tres versiones para el sello Odeón: en 1925 con el sistema acústico (sin micrófono), con las guitarras de Ricardo y Barbieri; el 30 de setiembre del mismo año con Aguilar, Barbieri y Riverol; y finalmente el 5 de diciembre de 1930, acompañado por la orquesta del maragato Francisco Canaro.

Roberto Lino Cayol

En ese tango confluyen algunas de las facetas de la personalidad del autor de la letra, Roberto Lino Cayol (Buenos Aires, 23 de setiembre de 1887 – 29 de julio de 1927), hombre criado en un hogar de clase media, del que tanto Gardel como Razzano fueron íntimos; fue también un legendario periodista, comediógrafo, uno de los saineteros más prolíficos del Río de la Plata, empresario teatral y letrista de música popular.

Cayol se mostró siempre como un hombre sensible, estudioso y observador, de lenguaje elegante, aunque no rechazó al lunfardo, y que, según el historiador Héctor Ángel Benedetti, “sintió en cierto momento que la vuelta a un lugar querido le despertaba emociones que sólo un tango podía describir para ser comprendidos por los demás”. En Viejo Rincón, Cayol acopló sus versos a una obra instrumental ya escrita por su amigo Arturo de Bassi, destacado representante de la Guardia Vieja, titulado Moulin Rouge, que, en realidad, evocaba un prostíbulo de Ensenada. Lo estrenó Vicente Climent para la revista Me gustan todas. Como curiosidad hay que decir que la letra de Cayol abrió contradicciones propias de la época en torno a un término: en dos versiones aparece escrito “mandolión” y en otras “mandoleón”, “bandolión” y “bandoleón”.

El otro tango famoso que tuvo letra de este hombre de teatro es El Caburé, con música de Roberto de los Hoyos, que obtuvo el segundo premio de un concurso organizado por el Teatro Nacional en 1909; se estrenó en el mismo teatro el 30 de diciembre de 1910, y sobrevive la duda de si fue cantado o no. Lo cierto es que la letra original –A mí me llaman Caburé/ porque soy/ un tipo que hago temer/ donde voy– tuvo dos variantes: una hecha por un ignoro letrista, que duró lo que un lirio, y otra que escribió en 1945 Carlos Waiss, casi veinte años después de la muerte de Cayol, para que la cantara Hugo del Carril en la revista La cabalgata del circo. También fue autor de temas menos exitosos como Gil a cuadros, Anoche a las dos y Noches de Colón.

Pero la trayectoria de Roberto Lino Cayol, pese a su corta vida –cuarenta años- excede con largueza el universo del tango, aunque afectivamente siempre le importó. Lo prueba la lista –aclaro que incompleta- de sus obras teatrales, iniciada por El debut de la piba: El anzuelo, La buena mentira, El jardín de la vida, El alma del tango, El festín de los lobos, El barrio de los faroles, El barómetro, La chica de la guantería, Así da gusto, La comedia de hoy, Pompas de jabón, Me gustan todas, Las alegres chicas del Maipo, Las jaulas de oro, Una hora de locura, Los garbanzos y Labios pintados.  

Fue un caballero y de actividad múltiple. En su juventud fundó la revista Cabos sueltos y se destacó como redactor de El tiempo, El país, Ultima lectura, Caras y caretas, El hogar y La novela semanal. Y como productor de espectáculos teatrales dio impulso a las carreras de –nada menos- figuras como Tita Merello, Celia Gómez, Gloria Guzmán, Carmen Lamas, Iris Marga, Armanda Fanelli, Florencio Parravicini, Elías Alippi y Pepe Arias, que luego alcanzaron las mieles del éxito. Por si fuera poco, integró el grupo de fundadores de la Primera Sociedad de Autores y la Sociedad de Autores Dramáticos y Líricos, donde trabajó incansablemente entre 1913 y 1917.

Volviendo, para cerrar la peripecia de Cayol, a uno de sus tangos históricos, El caburé, y tómelo el lector como una “frutillita” en la vasta peripecia de este creador impar, hay quien se ha dedicado a buscar a ese nombre dos acepciones; una, la que proviene del lunfardo (que se aplica al tema claramente): “Individuo cortejador, seductor, irresistible, valiente, con aires de provocación”. Y la que figura en el diccionario de la Real Academia Española: “Pájaro de rapiña pequeño, a cuyas plumas se atribuye en algunos sitios de América virtudes de amuleto”.

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