Por Antonio Pippo
Confieso que cuando creía que mi capacidad de asombro se había agotado, ha ocurrido un hecho que ha probado mi equivocación.
O sea, he vuelto a asombrarme.
Qué otra cosa decir frente al monumental acto de hipocresía –en el sentido de fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan- que han perpetrado algunos políticos, en su mayoría del partido de gobierno, junto a un sindicato que supuestamente representa a los periodistas del país, sugiriendo una suerte de “pacto ético” con la voluntad de “limpiar” la información correcta, verificable, independiente, del ataque de “noticias falsas” que pueden corromperla y confundir a los ciudadanos y cuyo escenario, no exclusivo, son las noticias difundidas a través de redes sociales.
Camilo Cela decía, con su sentido irónico, que algunas ideas que se le ocurrían al ser humano eran una enfermedad.
Analizando la referida hipocresía colectiva, me seduce pensar que el escritor español tenía –tiene- razón.
Uno de los aspectos que se ignoran, o al menos yo lo ignoro, es a quién le entró en su afiebrada cabeza, por primera vez, tamaño dislate.
Ya sé. En realidad poco importa pues lo relevante es que haya pasado, cuando nadie con el cerebro en funcionamiento ignora que los políticos mienten repetidamente, es decir manipulan, o lo intentan, a la opinión pública, del mismo modo que yo tengo colegas “militantes”, de esos que durante unas horas posan de periodistas de pensamiento y acción libres, y durante otras horas trabajan con denuedo en cualquiera de esas empresas u oficinas públicas que están bajo el dominio del gobierno de turno.
Es por esto que no me interesa entrar en detalles –podría hacerlo, pero no quiero porque creo que, entrecasa, son secretos a voces- ni señalar nombres y sitios y eventuales responsabilidades violadas por políticos y periodistas que asistieron a un acto preparado para confundir anestesia con esperanza.
Simplemente digo: ese gran cacareo de monjas –con perdón de las monjas-, promovido, ¡no faltaba más, si entre los organizadores estaban los señores de la Asociación de la Prensa Uruguaya, a la mayoría de quienes le simpatizan colores que estuvieron quince años representando al poder!, y debidamente encorsetado en una de esas ceremonias de cortes monárquicas que deberían ser extrañas aquí, donde reina la democracia republicana, nos obligó a escuchar discursos de pecheras de cartón blanco, voces preparadas en la Escuela de Arte Dramático, alusiones a la moral y a la defensa de los contribuyentes contra los hipotéticos, conjeturados, intuidos o tal vez comprobados ataques de la “mala información”, la “información mal intencionada” o la “información deformada”.
A ver, mi amigo: apenas un detalle. ¿No es extraño, por apelar a un adjetivo compasivo, que en la gran ceremonia hipócrita berreta no estuviesen presentes los propietarios de medios? ¿Acaso no ha dicho el populismo reinante que representan el enemigo peor y son quienes dan el pan a esos operadores que tienen y que mienten sangrar por su libertad de trabajo herida mientras hacen mandados a hurtadillas?
¡Esa es una cuestión ética!
¿Quién diablos va a creerle a los políticos que se exhibieron, compuestos como profetas, que van a echar a un lado sus mañas de comunicación –incluyendo el uso que se les cante de las redes sociales-, las presiones que pueden usar contra los dueños de medios y su influencia como segundos patrones de tantos comunicadores como tienen en la nómina?
Hipocresía, sí. También frivolidad.
De una vez por todas: la ética es un asunto individual de cada día y de cada periodista o político sujeto a circunstancias que casi siempre no responden a su voluntad; y son las decisiones que caso a caso tome cada quien las que tendrán consecuencias morales. Jamás podrá la ética ser parte de un código o de un pacto. Mentira. Engaño de portera de prostíbulo o peón de campo avispado.
No soy político. Así que ellos se arreglen, porque entender, entienden.
Soy periodista. Y sé que durante sesenta y pico de años he tenido presiones de arriba, de abajo y del costado.
Al cabo, en mi final, no habré ganado ninguna guerra pero seguramente sí varias batallas de las que dejan cicatrices. Sólo por ello hoy puedo dormir con mi conciencia tranquila. Sin pactos de almacén de abarrotes ni sujeción a doctrinas que unos cuantos colegas se han inventado para justificarse.
¿ESTAN BUSCANDO ESTE ACUERDO?
Por Antonio Pippo
Confieso que cuando creía que mi capacidad de asombro se había agotado, ha ocurrido un hecho que ha probado mi equivocación.
O sea, he vuelto a asombrarme.
Qué otra cosa decir frente al monumental acto de hipocresía –en el sentido de fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan- que han perpetrado algunos políticos, en su mayoría del partido de gobierno, junto a un sindicato que supuestamente representa a los periodistas del país, sugiriendo una suerte de “pacto ético” con la voluntad de “limpiar” la información correcta, verificable, independiente, del ataque de “noticias falsas” que pueden corromperla y confundir a los ciudadanos y cuyo escenario, no exclusivo, son las noticias difundidas a través de redes sociales.
Camilo Cela decía, con su sentido irónico, que algunas ideas que se le ocurrían al ser humano eran una enfermedad.
Analizando la referida hipocresía colectiva, me seduce pensar que el escritor español tenía –tiene- razón.
Uno de los aspectos que se ignoran, o al menos yo lo ignoro, es a quién le entró en su afiebrada cabeza, por primera vez, tamaño dislate.
Ya sé. En realidad poco importa pues lo relevante es que haya pasado, cuando nadie con el cerebro en funcionamiento ignora que los políticos mienten repetidamente, es decir manipulan, o lo intentan, a la opinión pública, del mismo modo que yo tengo colegas “militantes”, de esos que durante unas horas posan de periodistas de pensamiento y acción libres, y durante otras horas trabajan con denuedo en cualquiera de esas empresas u oficinas públicas que están bajo el dominio del gobierno de turno.
Es por esto que no me interesa entrar en detalles –podría hacerlo, pero no quiero porque creo que, entrecasa, son secretos a voces- ni señalar nombres y sitios y eventuales responsabilidades violadas por políticos y periodistas que asistieron a un acto preparado para confundir anestesia con esperanza.
Simplemente digo: ese gran cacareo de monjas –con perdón de las monjas-, promovido, ¡no faltaba más, si entre los organizadores estaban los señores de la Asociación de la Prensa Uruguaya, a la mayoría de quienes le simpatizan colores que estuvieron quince años representando al poder!, y debidamente encorsetado en una de esas ceremonias de cortes monárquicas que deberían ser extrañas aquí, donde reina la democracia republicana, nos obligó a escuchar discursos de pecheras de cartón blanco, voces preparadas en la Escuela de Arte Dramático, alusiones a la moral y a la defensa de los contribuyentes contra los hipotéticos, conjeturados, intuidos o tal vez comprobados ataques de la “mala información”, la “información mal intencionada” o la “información deformada”.
A ver, mi amigo: apenas un detalle. ¿No es extraño, por apelar a un adjetivo compasivo, que en la gran ceremonia hipócrita berreta no estuviesen presentes los propietarios de medios? ¿Acaso no ha dicho el populismo reinante que representan el enemigo peor y son quienes dan el pan a esos operadores que tienen y que mienten sangrar por su libertad de trabajo herida mientras hacen mandados a hurtadillas?
¡Esa es una cuestión ética!
¿Quién diablos va a creerle a los políticos que se exhibieron, compuestos como profetas, que van a echar a un lado sus mañas de comunicación –incluyendo el uso que se les cante de las redes sociales-, las presiones que pueden usar contra los dueños de medios y su influencia como segundos patrones de tantos comunicadores como tienen en la nómina?
Hipocresía, sí. También frivolidad.
De una vez por todas: la ética es un asunto individual de cada día y de cada periodista o político sujeto a circunstancias que casi siempre no responden a su voluntad; y son las decisiones que caso a caso tome cada quien las que tendrán consecuencias morales. Jamás podrá la ética ser parte de un código o de un pacto. Mentira. Engaño de portera de prostíbulo o peón de campo avispado.
No soy político. Así que ellos se arreglen, porque entender, entienden.
Soy periodista. Y sé que durante sesenta y pico de años he tenido presiones de arriba, de abajo y del costado.
Al cabo, en mi final, no habré ganado ninguna guerra pero seguramente sí varias batallas de las que dejan cicatrices. Sólo por ello hoy puedo dormir con mi conciencia tranquila. Sin pactos de almacén de abarrotes ni sujeción a doctrinas que unos cuantos colegas se han inventado para justificarse.
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