Por Antonio Pippo
Se alinearon los astros. Esta es una frase sencilla, extendida en el habla popular, a la que se pueden adjudicar muchos significados, dependiendo de a qué o a quiénes se esté aludiendo.
La memoria -y el consiguiente revolver de papeles, archivos, libros y de bucear en las redes- me permitió traer del pasado un encuentro de dos artistas, casual aunque extenso, que supongo su regreso dará placer, disfrute, interés al lector.
Lo contó en varias oportunidades -durante reportajes en que se dejó llevar por la emoción, añadiendo recuerdos que iban renaciendo- nada menos que Astor Piazzolla, ya en su madurez.
A principios de su carrera, cuando sufría buscando nuevas formas para su música de tango, se enteró que estaba en Buenos Aires el pianista Arthur Rubinstein.
No lo conocía personalmente, pero audaz, como siempre, se presentó en una coqueta casa privada donde se alojaba el distinguido visitante, sin reparar siquiera que era pleno mediodía. Tocó el timbre y, al cabo de varios minutos, abrió la puerta un hombre mayor, de caja estatura, el blanco pelo ensortijado y una servilleta atada al cuello. Ambos hablaban el idioma del otro, lo que facilitó la reunión.
-Buenos días, maestro -dijo el argentino-. Me llamo Astor Piazzolla, supongo que no me conoce. Soy músico, un poco atrevido dirá usted al presentarme así, y quiero saber si me regalaría un breve tiempo a consultas que, si me atiende, aprenderé a andar mejor mi camino…
Rubistein lo miró de arriba abajo y dijo: -Sé quién es usted. Lo he escuchado. Me gusta lo que hace. Pase, pase. Estoy comiendo unos tallarines al tuco. Si quiere lo convido… -y ya permitiéndole el ingreso, añadió un primer golpe de efecto: -Para nosotros, hacer música debería ser como hacer el amor; el acto es siempre el mismo, pero en cada ocasión es diferente…
Piazzolla desestimó la invitación a comer –“usted se lo pierde” le contestó Rubinstein, mientras se zambullía en su plato sin terminar- y el pianista le señaló un piano que estaba al costado: -A ver, tóquese algo…
Astor pensó unos instantes y, sólido músico de temprana formación clásica, arrancó con un opus de Schubert.
-Ah…, música clásica, Schubert… Bien, lo ha hecho bien… Pero ahora toque un tango suyo, el que crea mejor.
Piazzolla hizo una magnífica interpretación de “Adiós Nonino”.
Rubinstein golpeó la mesa, se limpió los labios del tuco de los tallarines, empujó el plato al centro de la mesa y elevó su tono de voz:
-¿Ve? ¡Eso es lo suyo! Ahí está la esencia del tango y matices de lo clásico que usted admira. ¡Excelente conjunción! A ver, déjeme el lugar. Voy a hacer una pruebita…
Se sentó al piano y y arrancó , picante, con “El choclo”. Fueron unos compases apenas.
-¿Lo conoce?
-Sí, claro. El tango de Villoldo…
-Exacto… A estos tangos yo los llamo “villanos”… Je, je… Una ocurrencia mía. Escuche ahora…
Y el piano comenzó a lanzar notas que en conjunto, en los rubatos y vibratos, sonaban, para una persona no profesional, parecidísimos a lo anterior.
-¿Qué me dice?
Piazzolla, que había quedado sorprendido, contestó: -Eso, creo es algo de Beethoven…
-¡Perfecto! Una parte de uno de sus opus… Usted tiene que seguir con el tango. La música clásica está en todas partes y para los músicos siempre está ahí, para echarle una mano. Le diría igual al jazz añejo, aunque en menos proporción. Usted tiene todo para seguir su ruta y hacer mezclas, fusiones. La clave siempre es la calidad y la emoción que se despierte en el público. Un artista debe ser único, un mundo en sí mismo… El tango se lo permite… ¿Tocarlo le hace feliz, más allá de las búsquedas?
-Sí… -balbuceó Astor-
-Entonces es como si amaras la vida, porque si lo haces, ella te amará a ti…
La despedida fue cariñosa, ambos sonriendo, Arthur con la mano sobre un hombro de Piazzolla. Éste se fue con la sensación del deber cumplido y de haber recibido un regalo inesperado.
–Soy un hombre feliz por tener una profesión que me permite viajar tanto. Y también puedo hablar de fortuna al decir que soy pianista Un gran instrumento, el piano. Lo suficientemente grande como para no poder llevárselo. En lugar de practicar puedo leer, comer, beber y dedicarme a otras actividades. ¿No soy un hombre increíblemente afortunado? (Arthur Rubinstein, un enorme artista que abarcó una carrera de ocho décadas).
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