La aventura del tango: El Poeta Elegido

Antonio Pippo Pedragosa
Columnista

¿Por qué la voz de Gardel cambia, tanto para el oído educado musicalmente como para el del común de la gente, a partir de 1925? Es otra curiosidad en la que poco bucean no sólo los fanáticos.

La razón es sencilla y, empero, no tan conocida.

Los primeros discos de Gardel, como de sus contemporáneos, se grabaron por el sistema llamado acústico. En realidad, era un dispositivo, el fonoautógrafo, inventado por el francés León Scott en 1857; en su primera versión el aparato consistía en una suerte de cuerno o barril, que conducía las ondas sonoras hacia una membrana, a la que se ataba una cuerda; cuando llegaba el sonido, la cuerda vibraba y permitía la grabación de la voz o de cualquier instrumento. Luego de inevitables intentos, el primer éxito fueron apenas diez segundos de la canción popular francesa Au claire de Luna, en versión de Pierrot Répondit: es la primera grabación acústica de sonido conocida y reproducible. Luego apareció Thomas Alva Edison con otras dos invenciones que mejoraron el esfuerzo inicial: el fonoautograma y el más conocido megáfono. En 1890 se creó el cilindro de cera macizo, permitiendo, en los nuevos aparatos, utilizar un sistema de grabación mecánica analógica.

Sintetizando: hubo otros aportes menores, destacando el plato giratorio con un brazo y una púa y motor a cuerda, que aportó el alemán Emile Berliner en 1887. 

Es obvio que la historia de las grabaciones tuvo todo tipo de adelantos tecnológicos al paso de los años, hasta llegar a la actualidad. Describirlos sería aplastante.

Quedémonos, entonces, en el gran cambio –que modificó cómo se oía la voz de Gardel, de los demás cantores y de los instrumentos- a partir de 1926: el sistema eléctrico, basado en adelantos producidos por otro aparato, el gramófono; fue un sistema también de grabación mecánica analógica, pero mejorado, en el cual –y apelo a la explicación más simple posible- las ondas sonoras se transformaban en vibraciones que movían una púa que trazaba surcos en espiral sobre un disco metálico. Escuchar una grabación de la década de 1910, por citar algo elemental, suponía que el disco girara entre cuatro y ocho veces más de las necesarias, modificando el sonido entre uno y dos semitonos hacia el agudo, desapareciendo los vibratos, las respiraciones, los matices.

El sello Columbia Records fue el primero en usarlo en Argentina y en Uruguay. Todo pasó a sonar menos chillón, notoriamente más natural.

Y aparece otra curiosidad, poco valorada en mi opinión por los entendidos: las letras de los tangos habían pasado a ser muy importantes en esa época y, al decidir quién inauguraría el nuevo y revolucionario sistema, Columbia eligió a Celedonio Esteban Flores y, a cada lado del disco iniciático, sus temas Por qué canto así y La musa mistonga, ambos cantados por Rosita Quiroga.

Celedonio Esteban Flores

Flores, de infancia marginal, autodidacta, bohemio, que llegó a practicar el boxeo profesionalmente en el peso pluma, fue también un muy buen lector, un estudioso, alguien que llegó a enamorarse de autores respetables y hasta del simbolismo francés. Sin embargo, quedó en la historia y, en su tiempo, ganó la admiración general, por sus poemas en lunfardo. José Gobello lo ha considerado el mejor, por encima de Carlos de la Púa, Díez, Giorlandini, Julián Centeya y muchos otros.

Fue un personaje de vida corta –murió a los cincuenta y un años-, gran amigo de Gardel, quien le grabó más de veinte obras y autor de innumerables éxitos que perduran, entre los que hay resaltar a Margot (en principio titulado Por la pinta y con el cual ganó sus primeros cinco pesos en un concurso del diario Última Hora), Mano a mano, Corrientes y Esmeralda, El bulín de la calle Ayacucho, Viejo smoking, Pan, Canchero, Muchacho, Viejo coche, Sentencia, Si se salva el pibe, Tengo miedo y Mentira.

Fue muy castigado por la censura instaurada en 1943 por el dictador Ramírez, lo que lo sumió en una depresión que hizo que dejara de componer varios años antes de su muerte.

Con Gardel –ya fue dicho, amigo fiel- tuvo un solo desencuentro, con el tiempo superado. El cantor nunca quiso grabar un tango preferido de Flores, Corrientes y Esmeralda, por el final que consideraba inapropiado: -… en tu esquina vieja/ cualquier cacatúa/ sueña con la pinta de Carlos Gardel.

En los escenarios, Gardel llegó a sustituir esa frase por “…sueña con la pinta de Maurice Chevallier”.

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