LA AVENTURA DEL TANGO: LA VIDA BREVE

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA Columnista

Desde adolescente –nadie supo por qué- se fue matando en una loca bohemia de alcohol y drogas, mientras regalaba su arte impar en un teclado que parecía la extensión de su cuerpo. Por eso lo llamaron El mariscal del piano y por eso un admirador popularizó el apodo de “El pulpo”.

Murió en Montevideo, pobre y estragado por los excesos, el 5 de febrero de 1945, a sus treinta y un años, en casa de su amigo uruguayo José Esteban Martínez.

Orlando Cayetano Goñi

Orlando Cayetano Goñi había nacido el 20 de enero de 1914 en Buenos Aires. Estudió brevemente con el maestro Vicente Scaramuzza. Muy pronto se largó por cuenta propia. Fue cuando declaró:

Ya entiendo la música, además me caló hondo Francisco De Caro, a quien escucho desde pibe, con ese sonido clarísimo, nervioso y bien milonguero. Por si fuera poco, consumo mucho jazz.

Piazzolla reconoció una vez: “Mi tango es una especie de ecuación entre Negracha, la obra de Pugliese, y el piano de Orlando Goñi”.

Jorge Gottling sentenció: “Fue el mayor pianista en la historia del tango porque hizo lo que otros no pudieron: trabajó sobre el contra canto de la música”.

Héctor Negro lo homenajeó así: “Encarnó una ruptura, una evolución, ya que fue el primer piano conductor”.

Elástico en la marcación para conducir, daba sitio a bajos bordoneados con notas sueltas en los graves, su técnica inconfundible. Por eso su mano izquierda tocaba como guitarrista y la derecha como bandoneonista. Según Eduardo Berti, “con la diestra iba al unísono de violines y bandoneones y con la zurda, de formidable pulsación, rellenaba todos los resquicios”.

A decir verdad, todo en él fue distinto: su espíritu bohemio, su afición al alcohol y las drogas, su impuntualidad, sus impertinencias. Al sentarse para tocar se recostaba en la silla y estiraba las piernas, sin usar los pedales. Y vuelvo a Berti: “Esa actitud informal era una provocación que necesitaba; le salían mejor su marcación cerrada y sus acordes ligados en rubatto. Por lo demás, se notaban las influencias de jazzistas de su tiempo, como Teddy Wilson, por ejemplo en el uso diferente de la síncopa”.

Manuel Adet ha escrito: “Verlo era espectáculo aparte. Se ponía delante del piano como si estuviera en la mesa de un café. Rara vez leía el pentagrama. Su genialidad era la improvisación, la imaginación creadora, y daba la impresión de mover las manos con desgano, pero de las teclas salían sonidos únicos”.

Goñi tuvo, por poco tiempo, casi al final de su vida, su propio sexteto. No trabajó para grabadoras; sólo quedan cuatro acetatos caseros con muchas imperfecciones, incluyendo El taura, Mi regalo, Y siempre igual y Chiqué. Compuso un solo tema, precisamente la milonga Mi regalo, con letra de Dizeo.

Sin embargo, quedó en la mejor historia.

Debutó a los trece años con Miguel Caló. Luego actuó en una agrupación organizada por su amigo de la infancia Alfredo Gobbi. Pasó por las típicas de Bazán, Ortiz y Puglisi. Hasta que en 1937, tras un encuentro casual, convenció a Troilo –con el que había tocado bajo la dirección de Ciriaco Ortiz- de formar su primera orquesta.

Coinciden los entendidos que la etapa que va hasta 1943, con una suerte de “dirección compartida” entre Troilo, Goñi y Kicho Díaz, fue la mejor de todas las de Pichuco.

En fin, ya se sabe, en el arte todo es profundamente subjetivo.

Claro, el genio se valoraba, el resto no. Muchas veces Goñi tocó borracho y muchas veces faltó a presentaciones en vivo porque no pudo despegarse del café donde había caído. En esas ocasiones el piano quedaba en manos de Piazzolla, quien siempre admitió que “lo hacía mal”. Troilo se cansó y, escribano mediante, cesó a Goñi y lo sustituyó primero por José Basso y luego por Carlos Figari, porque éste, en los intervalos, en vez de alcohol tomaba leche.

Goñi siguió, ya en decadencia: acompañó a Fiorentino en dos grabaciones, volvió a tocar junto a su amigo Gobbi, formó el sexteto propio incluyendo al renovador Eduardo Rovira hasta que, tragedia anunciada, enfermó ya sin remedio, abandonó todo, empeñó su instrumento y viajó a Uruguay.

En su vida breve y loca fue, no obstante, un ser entrañable.

No suelo hacerlo, pero confieso, lector, que aún me emociona. Por eso cierro su recuerdo con estos versos de Julián Centeya, no escritos para él pero que vienen a cuento:

-¡Qué cielo habrá encontrado en su apoliyo,/ si es que hay un cielo pa’ los que se piantan!/ Ah, pero seguro el cuore suyo se hizo grillo/ y su mano, cordial, es una planta…

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