LA AVENTURA DEL TANGO: TRES ESQUINAS

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA Columnista

Si uno busca con paciencia, encuentra.

Historias apasionantes, hasta dislocadas, sobre cualquier tango tal vez hoy perdido en una oquedad de la memoria pero que mucho tiene que ver con la identidad cultural rioplatense.

Tres esquinas es uno de esos tangos.    

A mediados de la década de 1920, el pianista Ángel D’Agostino tocaba para la compañía de Arata, Simani y Franco, en el sainete Armenonville:

-Para una escena con una pequeña historia de chicas del cabaré compuse un tango instrumental, Pobre piba, con una, para mí, linda melodía.

La partitura se perdió entre papeles que amontaba el músico, hasta que una noche, a mediados de 1940 -¡veinte años después!-, al fin de una actuación en el cabaré “Chez Nous”, volvió a su recuerdo, la improvisó como bis y, ante los aplausos recibidos, fue al palco de Enrique Cadícamo, un habitué, y le pidió una letra para reverdecer ese tango; el poeta aceptó y a la semana trajo sus versos y un nuevo nombre para el tema: Tres esquinas. D’Agostino lo grabó el 24 de julio de 1941 con la voz de su cantor Ángel Vargas. Es, aun hoy, la mejor grabación, una obra de arte.

Yo soy del barrio de Tres Esquinas,/ viejo baluarte de un arrabal/ donde florecen como glicinas/ las lindas pibas de delantal./ Donde la noche tibia y serena/ su antiguo aroma vuelca el malvón/ y bajo el cielo de luna llena/, duermen las chatas del corralón.

Allá por mediados del siglo XIX, en la zona porteña de Barracas –que debe su denominación a galpones instalados próximos a la orilla izquierda del Riachuelo, donde se almacenaban cueros, lanas y cereales-, se formó un pequeño barrio, “Tres esquinas”, en el cruce de Osvaldo Cruz con Vieytes y Herrera; al poco tiempo se inauguraron allí una estación de ferrocarril, demolida en 1955, y un bar, ambos con el mismo nombre. En el boliche los negros sacudían tambores y los gauchos creaban milongas camperas con sus guitarras.

A comienzos del siglo XX, “Tres esquinas” pasó a llamarse “Cabo Fels”, en homenaje a un conscripto –el aviador Pablo Teodoro Fels- convertido en héroe nacional: sin autorización, realizó un vuelo sobre el Río de la Plata y alcanzó el record de traslado aéreo sobre el agua con dos horas y doce minutos; primero fue sancionado pero luego, ante la repercusión mundial del hecho, el presidente Roque Sáenz Peña lo indultó y ascendió a cabo, corriendo 1912.

El progreso edilicio, al pasar los años, borró aquel barrio e incluso cambió la fisonomía de Barracas, aunque perduran algunos añejos edificios y unos galpones de la desaparecida compañía de Tranvías Anglo Argentina, cerca del puente Pueyrredón.

Pero no acaba acá la historia del tango Tres Esquinas.

Antes de grabarlo, D’Agostino, con su orquesta y Vargas, lo pasearon por numerosos escenarios. Había algo que no conformaba al director, quien quería incorporar algunos breves solos instrumentales y la extensión de la letra se lo impedía. Primero intentó que Cadícamo le encontrara la vuelta, pero el vate se cansó de intentarlo. Luego le pidió a Alfredo Attadía, su primer bandoneonista y arreglador, que ampliara la partitura.

Sin embargo, tras varias pruebas, tampoco hallaron la solución.

Hasta que el propio Ángel Vargas redujo el texto y, al final de la primera parte y sobre la mitad de la siguiente, incluye dos líneas recitadas: Soy de ese barrio de humilde rango,/ yo soy el tango sentimental…, y se calla para que Attadía haga unos breves pero preciosos acordes; y luego hace lo mismo, tras cantar una estrofa de la segunda parte, para que entren el violín y el piano con sus solos. Vargas culmina la “reconstrucción” cerrando con la repetición del estribillo.

Algo más, en la antológica versión grabada en 1941 ya se resuelve entre los “dos ángeles del tango” quitar el final escrito por Cadícamo, que contenía un giro modernista que quitaba romanticismo e intensidad emotiva al tema: –Yo soy del barrio que vive aparte/ en este siglo de Neo-Lux

Fue tan perfecta la relación entre música y letra y entre la orquesta a pleno y los tres solos fraseados, bien milongueros, a lo que hay que añadir el inigualable y acariciante canto de Ángel Vargas, con su voz chiquita pero de gran sensibilidad para los matices, que muchas orquestas famosas tuvieron miedo a la comparación y no llevaron al disco este tango. Aquella original sigue siendo la mejor grabación hasta el presente.

Lo dijo Attadía –llamado “El bandoneón de oro”- antes de morir: -Sí, fue realmente hermoso lo que quedó…

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