Por los tablaos flamencos: En “Las Tablas”

Teresa Fernandez Herrera Prensa Especializada

Pasan los meses y las eternas obras de la Plaza de España siguen escondiendo y dificultando el acceso a este ya histórico tablao madrileño. Ahora dicen que se terminarán en noviembre. Pero por su aspecto no parece creíble. A las obras que empezaron en tiempos de Manuela Carmena se añadió la pandemia hace año y medio. Segundo golpe para Antonia y Marisol, gestoras del tablao. Haciendo de la necesidad virtud, abren los fines de semana desde hace meses, y presentan espectáculos de primera categoría. Pero con la reducción de aforo es difícil cubrir los enormes gastos que conlleva abrir o no un establecimiento de este tipo, con el añadido de los Ertes de varios empleados.

Y las ayudas no llegan. Ni por pandemia ni por las obras municipales que desde hace años dificultan muchísimo el acceso y prácticamente esconden el número 9 de la Plaza de España.

El domingo pasado estuve en las Tablas. Actuaban dos jóvenes bailaores, Juan Carlos Avecilla y Fuensanta Blanco. Él, de Chiclana de la Frontera, presentó en el pasado Festival de Jerez en estreno absoluto su espectáculo, Equilátero, en la sala Compañía. Ella, de Mérida, una ciudad que es Historia de España, hizo formación clásica y flamenca en Córdoba y Sevilla. Con dieciséis años ya estaba en la compañía Nosolodanza y ahora con veintipocos ya cuenta con cuatro producciones propias de baile flamenco, se mueve por festivales internacionales y tiene varios premios. El último el pasado 11 de septiembre, en Cartagena, en el concurso Perlas a Millares que organiza la peña Antonio Piñana. La final era por tarantos. Y ganó.

A la guitarra estuvo Daniel Yagüe, veterano guitarrista clásico y flamenco, compositor y profesor  de guitarra española en el Conservatorio Profesional de Danza Madrid durante varios años; director musical, compositor y guitarrista durante diez años en la compañía de Antonio Najarro. Es un artista de talla internacional, con diferentes premios a sus composiciones.

Completaba el elenco el cantaor gaditano Pablo Oliva de voz cruda y versátil, formado en el Conservatorio Profesional de Música Arturo Soria, conocido en los tablaos de Madrid y colaborador de José Mercé en su espectáculo Mercé sinfónico.

Cuando artistas de esta formación y categoría actúan en un teatro, lo llenan con público local. Pero ese mismo público local, que en Madrid es muchísimo, no va a los tablaos, porque tiene la imagen de que los tablaos son cosa de turistas foráneos. Y si de algo positivo tiene que servir esta pandemia, es para atraer a los tablaos al público local, llenarlos, como llenan los teatros y disfrutar de la cercanía de los artistas.

En Aflamenkao disfrutamos de la esencia de las danzas española y flamenca, donde hubo baile por alegrías y por sevillanas, jaleos lorquianos, danza estilizada con música de Albéniz y Rodrigo, fandangos y una seguiriya de las que hacen temblar cimientos.

El cuarteto estuvo a una altura increíble. Fuensanta dio lecciones de cómo hacer bailar el mantón de Manila y la bata de cola, Juan Carlos mostró duende y maestría en ambos estilos de danza, la guitarra de Yagüe siempre pletórica de arte y sabiduría y el cantaor Pablo Oliva añadió esa jondura que no puede faltar en ningún espectáculo flamenco, porque sin cante no habría flamenco.

La afición flamenca es la única ayuda con la que cuentan los tablaos. En los tablaos el flamenco vive.  

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