LA AVENTURA DEL TANGO: EL JOHNNY

Antonio Pippo Pedragosa
Columnista

Una vida errante, pero en las cercanías.

Una bohemia alocada que no impidió que muriera ya añoso.

Hombre fiel de su época, que se vio envuelto, además, en una polémica extensa pero al fin ganada por la anemia.

Prudencio Aragón, hijo de una ama de llaves en casa de una familia de clase alta, apodado entre sus amigos “El Johnny” por un mechón rojizo que resaltaba en su cabello, nació el 28 de abril de 1887 en el barrio Belgrano, Buenos Aires, y fue, según Horacio Ferrer, “una de las figuras de mayor dimensión en la época inicial del tango”; primero violinista y luego pianista y compositor, llegó a ser ponderado como un ejecutante –de los “orejeros”, que no leían partituras- de gran certeza y enorme fuerza rítmica.

Su gusto por la música, y la facilidad para ejecutarla, nacieron en su niñez. Dicen los historiadores que tenía nueve años cuando compuso el tango El talar, considerado uno de los primeros en la historia de la música popular ciudadana. Obviamente, y más allá de discusiones que se diluyeron en el olvido, alguien debió escribirlo por él en el  pentagrama, a fin de registrarlo después, cuando cumplió la mayoría de edad.

No se trata de una historia inventada para crear una suerte de prodigio; siempre estuvo rodeado de músicos: su hermano Pedro, mayor que él y violinista, su primo Juan Morales, guitarrista, y su hermanastro Cesáreo Pérez, pianista. Todos, a su tiempo, le enseñaron lo elemental de la música, le corrigieron y le acompañaron a tocar frente al público cuando apenas tenía diez años. El cuarteto, tan peculiar, recorría los cafés del barrio y los recovecos del hipódromo del Bajo Belgrano, viajando en los tranvías entonces tirados por tres caballos.

Pero Prudencio Aragón había nacido para hacer historia.

Al poco tiempo presentó otro tema suyo, Las siete palabras –conocido efímeramente como Las siete pulgadas, en obvia referencia prostibularia-, de inmediato éxito gracias al cual lo llamaron “El pibe de oro” y que desató la controversia a la que aludí al comienzo: aunque hay consenso entre los entendidos acerca de la autoría de “El Johnny”, curiosamente, años después, con el mismo título fue registrado por Juan “Pacho” Maglio, quien lo grabó en 1930, con letra del periodista Alfredo Bigeschi y la voz del cantor Carlos Viván. Quienes apoyan que el tango es de Aragón, aluden a la notoria influencia del piano en el extenso comienzo del tema –Maglio, bandoneonista, siempre dio prioridad a su instrumento-, con primeros compases inspirados, según declaraciones del propio muchacho del jopo rojizo, en los canillitas de su niñez, que pregonaban a viva voz, como si crearan acordes, los siete periódicos de entonces. Otros aún sostienen, aunque  ya con cierta debilidad argumental, que Maglio le hizo arreglos a Las siete palabras y por eso, en realidad, lo registró, cosa que “El Johnny” nunca hizo ni explicó por qué, a nombre de su amigo Ambrosio Radrizzani.

Lo cierto es que Aragón, desde los diecisiete años, ya amigo de Vicente Greco, Vicente Loduca y Francisco Canaro, y compañero entrañable de Eduardo Arolas, no paró de tocar y crear, estableciéndose primero en Rosario, luego regresando a Buenos Aires y, finalmente, radicándose hasta su muerte en Montevideo. Arolas le grabó Las siete palabras en 1913, le dedicó su clásico Una noche de Garufa –“al apreciable amigo Prudencio Aragón”- y juntos tocaron años en los boliches de La Boca y en repetidas visitas a la capital uruguaya.

“El Johnny”, que en sus años de madurez abandonó el violín y se dedicó por completo al piano, no tuvo una prolífica producción, pero compuso, siempre de oído, otros temas rescatables que sobreviven en los valiosos archivos de la Guardia Vieja: El Piñerista, Mate amargo, Don Victorio, José Pedro, El pardo Cejas y El tape.

No hay fecha exacta, indiscutible, de su radicación definitiva en Montevideo, primero acompañado por Arolas. Cuando éste regresó a Argentina, Aragón recorrió lo que por aquellos años se llamaban “pensiones”, así como cafetines y confiterías; también se presentó en varias radios y teatros y fue –pena que pocos lo recuerden- uno de los fundadores de la Asociación de Pianistas del Uruguay.

Tenía setenta y seis años cuando dio su canto de cisne participando del Primer Festival Universitario del Tango en Montevideo, paralelamente a unas esporádicas apariciones en programas de televisión.

“El Johnny” del mechón rojizo murió en el barrio Puerto Rico de nuestra capital, el 4 de noviembre de 1963.

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