Bienal de Sevilla: Gran noche de cante y toque

Teresa Fernandez Herrera
Periodista

Noche del 25 de septiembre. El cante de Inés Bacán en Memoria de una superviviente en el Teatro Lope de Vega. El toque concertista de Daniel Casares en su nueva producción Guitarrísimo en el patio central de los Reales Alcázares.

Inés Bacán.  Hay que saber de dónde viene esta cantaora lebrijana para entender su memoria y hasta su supervivencia. Su saga familiar se remonta hasta 1863, fecha de nacimiento de Fernando Peña Soto El Pinini que vivió hasta 1930, tuvo nueve hijos y nunca fue cantaor profesional, aunque está reconocido más y mejor que otros que sí lo fueron, como creador del palo Cantiñas de Popa Pinini y de un estilo de cante.

Detrás están todos los Peña, Soto y Vargas de Lebrija y Utrera. Entre otros, Fernanda y Bernarda de Utrera, Bastián Peña Bacán su padre, Ana Peña Vargas su madre, el Tío Benito, Luis el Marquesito, Pepa de Utrera, El Lebrijano, David Peña Dorantes, Tomás de Perrate y ella Inés Peña Peña, de nombre artístico Inés Bacán. Esto en lo que concierne a su memoria.

En cuanto a la supervivencia. Inés es una de las últimas mujeres en sufrir la discriminación de género en el mundo flamenco. Hasta los treinta y ocho años su cante estuvo relegado a fiestas familiares, como mucho en alguna peña. Hasta que su hermano el guitarrista flamenco Pedro Bacán la sacó de las tinieblas produciendo para ella el disco Noches gitanas de Lebrija en 1990.

Inés Bacán

A partir de ahí la gloria, con sus palos familiares, las cantiñas del Pinini, soleares y seguiriyas. Estuvo en Orobroy con su primo Dorantes, con El Lebrijano, con Tomás de Perrate, Concha Vargas, El Funi, todos de su familia. Con Moraíto Chico que la acompañó con su guitarra en Soledad sonora, un año después del fallecimiento de su hermano y mentor.

Ha estado en festivales en España y en Francia. Esta es su tercera participación en la Bienal sevillana, donde ya estuvo en 2010 y 2014.

Con su voz grave, con gotas de aguardiente y un poco rajada, con ese estilo lento, narrativo, paraíto, que caracteriza los cantes lebrijanos en general y el estilo pinini en particular, Inés es una cantaora única, precisamente, porque canta como ya no se canta y canta de cercanía, ahí es donde hace vivir sus profundas emociones. Hubiera estado mucho mejor en San Luis de los Franceses. El Lope de Vega la produjo frío.

Estuvo acompañada por la guitarra de Eugenio Iglesias. No le fue fácil acompañarla a ratos. El violín de Bernardo Parrilla para canciones dramáticas y los tientos tangos. Él y la guitarra sí se entendieron bien en un dúo genial. Y las palmas de Rafael Moreno, Vicente Peña y Chicharito de Jerez.

Inés Bacán

Fue un concierto marcado por el drama de la persecución a los gitanos incluida la tremenda Aquellos trenes, los trenes del exterminio nazi, un estreno con letra de su hijo José Bacán, también autor de la letra de la Nana del mar, la nana más dramática y hermosa jamás oída. También estuvo el sufrimiento en sus seguiriyas históricas, de los siglos diecinueve y veinte. Bordó las cantiñas de Pinini,  la creación por excelencia de su bisabuelo. Y la bulería por soleá más intensa en mi recuerdo. Sus tientos son un pellizco a la más pura entraña, al punto de que nadie los canta como ella, pero ella los actualiza en su estilo de otro tiempo. Tientos y tangos para la memoria y la supervivencia. En su memoria de gitana lebrijana sin problemas de racismo, pero muchos de machismo y también quizá en memoria de la supervivencia gitana a pesar de tantos avatares desde que llegaron a Europa allá por el siglo quince.

En total una hora de concierto… muy poco para una manera de cante que ya no se oye y  que sería importante conservar. Una hora de concierto para el Lope de Vega. Repito: En San Luis hubiera sido una apoteosis.

Daniel Casares.

Quería escuchar este concierto, que en cierto modo ya conocía de los tiempos del confinamiento, cuando Daniel estaba componiendo este nuevo trabajo discográfico y fue dedicando temas durante varias semanas en formato virtual para dedicarlos, -como anoche volvió a hacerlo- a los confinados y a los que ni pudieron despedirse de nadie. Capote de seda por bulerías, allá por finales de marzo en redes para aportar esperanza a través de la música. Trasmallo para aprender a tocar por alegrías en este tiempo de pandemia. Suspiro al cielo, una fantasía melódica en el mes de mayo dedicado a la terrible soledad de los que se fueron sin despedida.

Daniel Casares

Volver a escucharlo anoche en riguroso directo, en el maravilloso marco del patio del Alcázar, junto con otras composiciones nuevas, inéditas de Guitarrísimo, como la soleá Maestro Évora, dedicada a Miguel Évora, el hermano de Manolo Sanlúcar,  la taranta Mi refugio. por bulerías, una sensacional guajira y más fue una experiencia casi mística.

Pero lo importante no es lo que compone y toca si no cómo toca. Ya era un virtuoso de la guitarra allá por 2015, cuando le escuché por primera vez en los teatros de la Abadía en una Suma Flamenca con su por entonces última producción, Picassares. En aquella ocasión dijo que no se podía vivir de la guitarra en España, que se comprendía mejor la guitarra flamenca fuera de España, que él ya por entonces en Alemania era un ídolo.

Pues algo de eso sigue igual, cinco años después, con un Daniel Casares que con Guitarrísimo ha llegado a una tal sublimación de técnica, virtuosismo y frescura flamenca que emociona y deja sin palabras. He leído esta mañana en alguna parte que no hubo duende y esto forma parte de la subjetividad de cada uno. Yo lo viví como una de las guitarras más abiertamente flamencas, en su valiente desnudez, sin otros recursos ni arreglos, que he escuchado en bastante tiempo. Tal como yo lo percibo en un sonido o una conjunción de sonidos armónicos cien por cien flamencos, reconocibles hasta por el más profano. Y ello con una técnica imposible de describir, que quizá haya alcanzado su zénit haciendo gemir o reír a cada cuerda, disfrutando de sus dedos sobre el mástil o sobre la boca de la guitarra.

Él lo expresó muy bien hace unos días en su rueda de prensa: “Quiero volver a sentir la soledad de la guitarra”. Quizá la soledad del concertista y compositor de guitarra. Que lo entiendan o no es cosa ajena a él. Lo importante es entenderse y gustarse a sí mismo. Y esto lo vivió a tope y lo transmitió al público sin duda alguna. Claro que el público que estaba en el Alcázar sabía muy bien lo que quería escuchar.

Daniel Cazares

No estuvo solo. Estuvo acompañado por dos maestros gaditanos del compás, Diego Montoya y Carlos Grilo. Y el asombroso zapateado de Sergio Aranda, sentado, de perfil, silueteado por la iluminación magistral, lo nunca visto. Maestría y jondura junto a la extremada belleza compositiva de la figura del bailaor.

Lo que decía al principio. Una noche grande de cante y toque. Un cante que nos pellizcó las entrañas, un cante que ya solo se oye en la voz de Inés Bacán y un toque que nos hizo comprender toda la grandeza de la guitarra flamenca, desnuda, sin más.

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