La aventura del tango:LA MUJER EN LAS SOMBRAS

Mucho se ha hablado, escrito y discutido acerca de la influencia que sobre Enrique Santos Discépolo –su obra, sus sentimientos, sus conductas y su final- tuvo la mujer que lo acompañó en la principal parte de su vida.

En 1927 el Follies Bergére porteño decidió contratar a una cupletista española en ascenso, esposa del músico Antonio Fernández Rodríguez, del que se divorció al poco tiempo. Se presentó, al comienzo, como Tania Mexican, pese a que, por actuaciones con Roberto Firpo, había comenzado a destacarse como una cantante de tangos que tenía tres éxitos: Fumando espero, Lechuza y Niño bien. Era audaz, transgresora y para cantar Fumando espero salía a escena con una boquilla, altos tacos y una mirada de “mujer fatal”.

Tania –en realidad Anita Luciano-, al debutar en el Follies con 26 años ya conocía los escenarios y los viajes. No era una principiante. Desde la España de Alfonso XIII, que había recorrido de punta a punta, hasta sitios tan diferentes como Marruecos, París, Brasil y Montevideo, hizo la experiencia para el objetivo que la obsesionaba: Buenos Aires, la ciudad de los mitos, inmensa y contradictoria, de angelicales mañanas y noches de luces, sexo y triunfo. Ya sabedora de amores y desengaños, Sergio Pujol la ha dibujado así: -El tango era la prolongación americana de sus primeros años y su primer repertorio y si bien para ella la tristeza de muchas de sus letras era incomprensible, Tania convirtió el sentido trágico de la vida de los españoles en la sensualidad y picardía de una tonadilla, especie que, cuando se ponía seria –como con Firpo- se tocaba con el melodrama.

Y en ese 1927, luego de sortear contratiempos, se da el acercamiento. El primer amigo de Tania en la Argentina fue José Razzano, quien la escuchó cantar Esta noche me emborracho; la desenfadada versión lo llevó a intentar que Discépolo la conociera. El autor del tango, al principio, se negó. Pero la insistencia de Razzano y otros amigos lo persuadió y una noche fue al Follies; curiosamente, el dramático compositor de Tormenta, Secreto y Condena, no conocía el microcosmos de los cabarés y sus noches alocadas; estuvo a punto de irse, cuando sintió que de un palco lo llamaba un grupo de conocidos; se quedó y escuchó a Tania, que no le disgustó, pero la española –a propósito- no cantó el emblemático tema de Discepolín. Ella sabía que le querían armar un encuentro. Y ella –en palabras de Pujol-, caprichosa, puso distancia: ¿Qué le importaba que el “gran hombre del tango” estuviera entre el público? Él se tragó elegantemente el desplante, pero, ante la sorpresa de sus amigos, regresó, alegre, la noche siguiente: Tania lo había cautivado. Entonces ocurrió la presentación, manteniendo ambos sus características más fuertes: ella, el descaro y cierta inconsciencia; él, un trato dulce y persuasivo, claramente agudo. Parecían el agua y el aceite y sin embargo…

Recordemos este esclarecedor párrafo de Pujol: -Intimar con Tania y hacer pública aquella relación, fue para Discépolo una forma de rebelión contra los prejuicios conservadores y contra la moral de la izquierda en la que Se había educado. Finalmente, vivió un contacto real con el mundo femenino.

Tania vivió siempre detrás del dinero; la enloquecían las fiestas y la suntuosidad. La familia de Enrique Santos jamás la aceptó. A esa mujer le interesaba ascender a través de su nuevo hombre, aunque confesó que él la seducía con su cortesía y delicadeza. Quizás –nadie podrá saberlo ya- pudo amarlo. Pero ella nunca ocultó una verdad: tanteaba a aquel individuo tan diferente a los tangueros que conocía e hizo lo posible por saber hasta dónde llegaría por una mujer de verdad.

Fueron largos años juntos, que reservaron disputas e infidelidades mutuas –Discépolo dejó un hijo en México y ella tuvo numerosos amantes-, aunque desde 1927 hasta la muerte del genial creador, en 1952, permanecieron como un matrimonio común. Más aún: en el derrumbe final –empujado por la peripecia de “Mordisquito”, personaje que armó para la propaganda del peronismo, que hizo que lo abandonaron muchos amigos y que ya he contado- lo cuidó amorosamente, con una dedicación sincera.

Tania fue “la mujer en las sombras”, y no tanto, de un enorme creador; una mujer a quien la historia, y sus perpetuas contradicciones, le reservaron un papel relevante en el crecimiento de Discépolo a partir de 1928.

Dejó escrito algo revelador: -Las formas se guardaban, acaso porque el estilo de vida era otro y porque el ocultamiento entraba en sus normas.

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