La aventura del tango: EL TITO DEL CAFÉ

By Antonio Pippo Pedragosa

Un boliche como tantos,/ una mesa como hay muchas,/ un borracho que serrucha/ su sueño de copetín…

Primera estrofa de “Un  boliche”, tango que hizo famoso a Tito Cabano Bello, letrista, compositor, cantor, actor y escenógrafo nacido en Montevideo el 4 de abril de 1918 y muerto en la misma ciudad el 22 de abril de 1988.

Fue un hombre afable, flaco y alto, de andar desgarbado, que portaba una clásica gorra de visera y personificó en su época al habitante típico de este pueblo. Amante del tango, del carnaval y de los boliches, donde sólo tomaba cafés o cortados, fumador empedernido, hizo de la noche con los otros un rito cuasi sagrado, sólo alterado cuando se recluía en alguna mesa del fondo a escribir sus inspiraciones en servilletas o papelitos de ocasión.

Nació en el inolvidable barrio Guruyú y pese a que ganó fama de “personaje de la Aduana”, y frecuentó el mítico bar “El Hacha”, el “Carlitos” del Mercado del Puerto y “El Globo” de Yacaré y la rambla, donde se hizo entrañable y necesario, supo transmitir sus simples y puras lecciones existenciales y dar vida a sus creaciones en sitios como el “Caballero”, “El globo” o el legendario y vigente “Vaccaro”. Su necesidad de darse, y de recibir de los demás, lo condujo hacia una amistad con el mítico Miguel Ángel Manzi, con quien recalaba habitualmente en la cantina de don Roque Santucci, y a trabajar de mozo en un cafetín de Ibicuy y Durazno, al margen de integrar otra nutrida barra de inseparables compañeros en un bar de Sierra –hoy Fernández Crespo- y Paysandú, al frente de la cual figuraba su “hermano de alma” Chiquito Roselló, un carnavalero de lustrosa trayectoria.

Es que el carnaval fue la otra pasión de Tito Cabano: es harto conocido que formó parte de varias murgas y fue un entusiasta seguidor y partícipe del entonces destacadísimo “Coro de la Aduana”, grupo que competía con “Las ninfas de Las Bóvedas”, una murga de mujeres, e históricos conjuntos de ese tiempo como “Los Saltimbanquis”, “Los Crema” y “Los Chevaliers”, para los cuales hizo escenografías y guiones durante varios años.

Por si tamaña inserción en los hogares más notorios del arte popular fuese poco, en ocasión de estar viviendo con una hermana, en zona muy cercana al diario “El País”, se acostumbró, invitado con frecuencia, a visitar su redacción y departir con periodistas y fotógrafos a la madrugada, luego de la hora de cierre. Dicen quienes le conocieron que por esos años, ya más veterano, se volvió melancólico y por momentos introvertido aunque jamás abandonó dos hábitos que inmortalizaron el cariño de la gente: su amplia sonrisa y su lápiz siempre pronto a garabatear sobre servilletas o papeles de ocasión unas letras o unas músicas cuyo pasaje a la posteridad soñaba.

Ya se dijo. La obra más importante de Tito Cabano fue el tango “Un boliche”, del cual hay, cuanto menos, un par de versiones antológicas: la de Aníbal Troilo con Roberto Goyeneche, grabada en 1958, y la de Ángel Vargas, con la orquesta de Luis Stazzo, llevada al disco apenas un año después. Quizás le resulte curioso al lector saber que el autor de la música, el notorio cantor Carlos Acuña, recién lo grabó, con trío de guitarras, en 1983, casi al final de su larga carrera.  Pero Tito compuso muchos otros temas, tal vez devorados por la popularidad de “Un boliche” y que, sin embargo, tienen calidad propia, quizás algo despareja. En una lista de todos modos incompleta habría que incluir a “Cada día canta más”, con música de Alberto Castillo, “De recalada”, “Mi Peñarol”, en el que desnudó su pasión futbolera, “En la madrugada”, en colaboración con Federico Silva y del cual Julio Sosa hizo una creación espléndida con la orquesta de Leopoldo Federico, “Cuarto cualquiera”, “Los rascas”, “Pincelada del puerto”, “Ven a bailar”, “Quién sino su amor”, “Despertar”, junto a Oldimar Cáceres, “Después del amor”, “Concierto de tamboriles”, “Dónde está tu amor”, “Esta vuelta me paro”, “Acalla tu voz”, “Gotán”, “Pensamiento” y “Engranado”.

Tito Cabano Bello vivió recorriendo calles y boliches de su amada Montevideo con un cigarrillo en los labios, bebiendo cafés o cortados, escribiendo en mesas arrinconadas, haciendo amigos por andar siempre de brazos abiertos, respetando la lealtad, y porque fue un creador que nunca se permitió pisar ni la sombra de la humildad en la que creció hasta morir en brazos del cariño de los demás.

Y así,/ entre naipes, curda y canto/ de esta escena cotidiana,/ se oye la voz de una nena:/ ¡Papá, vamos que mamá te llama…!

Un comentario

  1. El Tito me visitaba al menos dos veces por semana en El País. Su amistad la heredé de Davy, el mítico Secretario de Redaccion. No era algo inusual. Nos visitaban decenas de humildes estrellas del tango y el espectáculo. Las vedettes todas, due Moria Casan (jovencita, rutilante) para abajo, todas. Pero lo de Tito era amistad y confidencia. Me mostraba los “actos” que componía para una ópera tanguera que no pudo terminar. Eran otros artistas y éramos otros periodistas. GUILLERMO PEREZ ROSSEL

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