Por Antonio Pippo
Hay una anécdota muy sabia entre dos artistas, que tiene un aire de benevolente ironía y espíritu constructivo.
Hablaban el pintor Degas y el poeta Mallarmé. Hay que decir que Degas, en sus ratos libres, solía escribir versos
-Qué cosa terrible, Mallarmé. No sé qué me ocurre. Tengo ideas estupendas, pero cuando las llevo a la escritura el verso es malo, no es poesía.
-Ocurre, mi querido Degas, que la poesía no se hace con ideas sino con palabras.
¿Quién osaría discutir lo necesarias que son las palabras, no sólo para construir poesía sino para comprender qué quiere decir un determinado mensaje e incorporarlo, por vía del razonamiento, a las ideas que a diario valoramos y en las que nos apoyamos para adoptar decisiones?
Es esa necesidad, no debidamente satisfecha –lo que se ve ilustrado por la anécdota del pintor y el poeta-, lo que ha levantado un muro de obstáculos entre los políticos y sus eventuales votantes: la mayoría de los ciudadanos, al menos yo estoy persuadido de eso, no entiende a cabalidad lo que los discursos que se le propinan realmente quieren decir, siempre, claro, que quieran decir algo y no sean mera pirotecnia.
La sociedad uruguaya no se caracteriza hoy, especialmente las nuevas generaciones, por la comprensión del lenguaje clásico que culturalmente nos ha identificado, y se empeña en jibarizarlo y convertirlo en un monstruoso muñeco cuya articulación es imposible para los más educados, todavía apegados al respeto del idioma madre. Ahora bien, no es menos cierto que la mayoría –quiero ser compasivo- de los políticos habla y escribe de un modo que lejos está de evitar semejante zozobra; más bien colabora alegremente con ella.
Hoy es imprescindible hallar un aparato verbal y escrito, por decirlo de alguna manera presumidamente original, que sea capaz de saltar esa brecha. Sólo entonces los dichos y hechos consiguientes de estos señores con cargos en el bolsillo serán interpretados sin tropiezos y, sobre todo, permitirá que los electores adviertan si entre unos y otros hay una zanja profunda donde se esconden mentiras, hipocresías, malos entendidos y hasta engaños.
Creo que es por la existencia de este problema que predomina una campaña dibujada en una dialéctica que conduce a lo que Huxley llamaba el “celibato del intelecto de los otros”. En retórica de boliche, eso es cuando el que escucha o lee no entiende un quinto carajo qué le quieren explicar, y se conforma con la fosforescencia que rodea a quien pretende conquistar el poder político mayor, o ciertas formas menores de ese poder que contribuirán igual, si se usan como hasta ahora, a que bastante mal nos vaya.
O sea, lo que predominan son las imágenes –posturas, ademanes, vestimenta, en fin, erupciones- y las redes sociales con su imaginería perniciosa, cuando no con su maldad mal disimulada.
La responsabilidad está en manos de los electos, particularmente de aquellos que tienen posibilidades no demasiado discutibles de acceder a lo que aspiran.
Sería una hipótesis demencial pretender que quienes cambien sean los ciudadanos; ¿es realmente necesario explicar por qué? Mientras unos pocos pueden, si quieren, a los demás les llevaría una eternidad, y hablo de quienes tienen, aun disminuida, la capacidad de lograrlo. Cuidado, no son tantos.
Si no prima la ética política, la honestidad intelectual de quienes han sido elegidos para responsabilidades muy severas, y sus discursos no se hacen menos intrincados –habría que preguntarse qué se busca con esta estrangulación de lo que debe ser simple y claro- para que la ciudadanía no siga inclinando el fardo, sin comprenderlo, hacia el fanatismo o la ignorancia.
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