EL PENSADOR: Neurosis…¡Eso es!

Por Antonio Pippo

He dado por sentado –que no quiere decir que vaya a depositar algún pensamiento en una silla- que a muchos políticos vernáculos les hace falta leer, o aprender a hacerlo, libros de autoayuda.

Note usted, lector, el delicado uso del plural: libros, no un libro cualquiera de autoayuda.

Estoy persuadido que tales políticos necesitan lectura variada y abundante de esos textos. Nadie se haga idea de que el abundamiento cínico, hipócrita o simplemente imbécil de sus discursos, por decir algo piadoso, se arreglará con algún Rolón aislado o un Coelho de ocasión.

Y si es verdad que muchos políticos requieren de la autoayuda literaria es porque padecen neurosis.

¿Ejemplos quiere el ciudadano atento, tal vez con expectación intensa? ¿Quién soy yo para negárselos?

El ministro de Economía, Oddone, necesita ayuda para curar su neurosis, quizás tardía enfermedad que se le advierte cuando comenta que el país tiene una cantidad excesiva de funcionarios públicos o que el déficit fiscal nos compromete cada día más, y entonces convoca a contradecir a legisladores de su propia coalición, como si estuviese hablando de algo novedoso, a trabajar para darles vuelta la cabeza a un montón de cerebros debilitados.

Ya decía Adler que la ficción típica que caracteriza al neurótico le exige una suerte de “conversión”: darle vuelta a las palabras, invertir la reflexión, transformar el arriba en abajo, derecha en izquierda, y todo con arreglo a fines de “defensa destructiva”.

El doctor Luis Lacalle Pou necesita ayuda para no saltar de una especie de placidez contemplativa, cuando alrededor todo se sacude, a recitar de pronto, meciéndose el pelo rebelde cada diez segundos, un rosario de acusaciones al canario Orsi acerca de promesas del tipo de “no más impuestos, no más aumento de tarifas, descenso de la desocupación, corrección del déficit”, etcétera, al modo de una compensación, reforzada y exaltada, de un niño neurótico afectado de inseguridad que ya vio la película que le exhiben en la cara.

El legendario doctor Sanguinetti, aunque ha engullido cuanto libro se cruzó en el camino, necesita también ayuda para que su neurosis deje entenderle mejor cuando baja la voz al final de las frases y recuesta su papada sobre el pecho; y lo mismo para que no sea un intríngulis su estrategia de alianzas, inescrutable cual si se secreteara debajo de un empapelado.

El señor Bordaberry necesita ayuda porque ha vuelto a desnudar que es posible tropezar más de una vez con la misma piedra. En su caso, en los planes de corregir a los otros con su impostada dignidad oratoria. Es que siempre podrá comprobarse que el neurótico se aferra con fuerza a lo que cree “su molde de seguridad”, aunque la realidad le demuestre cada día que ese molde se convertirá en la más perfecta metáfora de un fracaso.

El inefable Olesker -¿acaso educador, filósofo, metafísico?- necesita ayuda para no creerse, por imperio de la neurosis, su propio verso, repleto de artificios, de que viene con sus ideas un resplandeciente porvenir tan sólo porque considera un ejemplo objetivo que pasen los años y el él siga de vestir desprolijo, despeinado y mal afeitado -nunca estuve tan cerca de él como para confirmar olores de los que preocupan a otros- parloteando en castellano de boliche.

¿Otros ejemplos?

Bueno, amigo, si insiste. Pero sólo un par, al pasar.

El oscilante Amaro necesita ayuda porque su patología lo ha llevado a una de aquellas “conversiones” –y retorno a Adler- “a la búsqueda de burlar al destino esperando lo contrario de lo que se desea”. O de lo que se ha contribuido a destruir en pedazos que andan por el aire. Es decir, la mentira a sí mismo.

Y el buen espadachín Salle, finalmente, necesita ayuda ya que su estado neurótico le lleva a buscar un punto estable en la inseguridad permanente. Su cuasi acrobática gesticulación, sus desproporciones verbales y ese raro sosiego que le atrapa tras los excesos revelan que su dolencia psicológica le da un rasgo distintivo: decir más cosas, acusar más, exigir hasta el dolor, es heroísmo. Retórico.

Y, claro, siempre aparece Bertrand Russell: “Hemos aprendido a comprender y a dominar, en una manera aterradora, las fuerzas de la naturaleza exteriores a nosotros, pero no aquellas que están encarnadas en nosotros mismos”.


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