LA AVENTURA DEL TANGO: «YO SOY LA RUBIA»

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA
Columnista

Un hálito de lejanía y misterio que lo ha acompañado siempre –anécdotas cuasi increíbles, personajes conmovedores, mitos y leyendas- ha hecho del tango fuente inagotable de hallazgos.

Cuando ese hálito, por el empeño de historiadores y su infatigable trabajo, cobra vigor, aparecen, desde el fondo de nuestra identidad cultural, cosas sorprendentes.

Sin certificación que lo avale, pero con un sólido consenso, se dice que El queco, de 1885, fue el primer tango documentado de difusión popular; hasta hace poco, sin embargo, cuando se intentaba aventurar el nombre de sus autores, aquel consenso desaparecía.

Pero en estos últimos años se han acumulado investigaciones y libros que permiten sentenciar, sin que se despejen los debates, que la responsable de esa obra fue una mujer.

¡Y qué mujer!

Eloísa María Dolores Juana de la Santísima Trinidad D’Herbil nació en Cádiz, España, el 22 de enero de 1842, en una familia de la nobleza, hija de un barón francés y una duquesa de Portugal. A los cinco años aprendió música y dos años después tocaba piezas clásicas al piano: hizo una prueba nada menos que con Franz Liszt, quien la apodó “la Chopin con faldas”. Y también tocó para Isabel II de España y la reina Victoria en Windsor; fue entonces que comenzó a componer sus primeras obras para piano y llegó al centenar: scherzos, minuetos, valses y romanzas.

Ya había recibido el título de baronesa.

Su padre, dedicado a la venta de ganado y carne trasladó a la familia por sus negocios primero a Cuba, luego a Brasil y finalmente a Argentina; en el viaje de Río de Janeiro a Buenos Aires, Eloísa se enamoró a primera vista del empresario uruguayo Federico Silva y Barboza; se casaron al llegar a destino, en la iglesia de La Piedad, y tuvieron dos hijos. Conoció al poeta Carlos Guido y Spano y frecuentó a Bartolomé Mitre, a Sarmiento, a quien, ya fallecido, dedicó una marcha fúnebre, y a Alberdi. Cuenta la historia -¿o leyenda?- que logró algo que se pensaba imposible; Sarmiento y Alberdi estaban enemistados, pero en una actuación benéfica de Eloísa ambos le firmaron una tarjeta en su honor: “Dos cardos junto a una flor”.

Su primera composición en Argentina fue la habanera Vente a Buenos Aires, pero entre 1872 y 1885, cuando en algunas casas con piano las damas de la aristocracia eran seducidas por lo prohibido y tocaban tangos, se enamoró de esa música y ya no se detuvo.

Pese a la fama de El queco –“China, que me voy p’al queco,/ china, déjame pasar,/ china, que me voy del hueco,/ china, y no vuelvo más”-, su primer tango fue El Maco, homónimo de otro, posterior, de Miguel Tornquist. Más tarde siguieron, en algunos casos escribiendo también la letra o estribillo, Che, no calotiés, El mozo rubio, Que sí que no, Por la calle Arenales, La multa, Evangélica y Yo soy la rubia, -“Yo soy la rubia gentil,/ la de los cabellos de oro,/ la que conserva un tesoro/ en su lánguido mirar”- éste un obvio retruque al clásico Yo soy la morocha, de Saborido y Villoldo, que convirtió en éxito en Europa la chilena Flora Rodríguez, esposa de nuestro coterráneo Eusebio Gobbi:

-Si Yo soy la morocha –nos dice Catalina Pantuso- fue el caballo de Troya que introdujo el tango en las casas de familia, Yo soy la rubia fue el primer testimonio de su reconocimiento por las clases altas.

Aunque parezca innecesario, hay que recordar que muchas de estas obras de mujeres, no sólo las de Eloísa, teniendo en cuenta la cultura patriarcal de entonces, quedaron registradas como “de autoría anónima”.

La rubia baronesa tuvo una gran formación cultural, hablaba varios idiomas y siempre se movió entre las clases altas porteñas, que la respetaban pese a “sus audacias”.

Ricardo Ostuni la recuerda así: -Se ubica no sólo como una de las buenas compositoras del tiempo fundacional del tango, sino como la primera dama de la aristocracia que venció la veda en su medio social.

Para conocerla mejor hay un minucioso libro de Silvia Miguens, publicado en 2006, que lleva por título “La baronesa del tango”.

Fue una mujer fascinante, de carácter fuerte, muy a su aire. Tal vez ese talante también la hizo longeva.

Elosía D’Herbil murió en Buenos Aires, en Palermo, el 22 de junio de l943, a los ciento un años de edad.

Sobrevivió a otras mujeres famosas que, luego de ella, a partir de 1900, compusieron tangos, caso de Julieta Duparc, María Eloísa Peirano, Alcira Hernández y, mucho después, María Luisa Carnelli, la compañera del poeta Enrique González Tuñón.

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