Lorca y la pasión. Un mar de sueños

TERESA FERNANDEZ HERRERA Prensa Especializada

De nuevo García Lorca. Una vez más en la Sala Roja de los Teatros del Canal de Madrid,  con este título tan sugeridor, “Loca y la pasión. Un mar de sueños”, que a ratos en lugar de sueños evoca pesadillas, de un tipo de sociedad que por fortuna ya es historia.

Cuatro escenas, cuatro dramaturgias, cuatro mujeres, cuatro monumentos de la obra lorquiana, cuatro historias narradas por una extensa ficha de artistas flamencos y clásicos de primerísimo nivel, una idea de la cantaora y coreógrafa Marina Heredia, una dirección escénica de Rosario Pardo.

García Lorca siempre vivo en aras del flamenco que él tanto amó y reivindicó. La cuestión que desde hace mucho tiempo bulle en mi cerebro es: ¿Qué sería hoy el genio de Granada si en 1936, hubiera aceptado que lo pasaran camuflado a la zona republicana como le ofrecieron, se hubiera exiliado como tantos otros en México o Estados Unidos o quién sabe dónde, y hubiera vivido y trabajado fuera de España? En 1975 cuando murió el dictador hubiera tenido setenta y siete años. De seguir vivo, hubiera podido regresar. O no. También es posible que no hubiera vivido para ver el final de la pesadilla.

Pero hay una certeza. No sería el mito en que le ha transformado su muerte, tan temprana y violenta. La muerte crea los mitos y las leyendas. La vejez, no. Es posible que para ocupar su lugar preeminente en el flamenco y en otras disciplinas teatrales como la ópera, tuviera que morir como murió. Morir para seguir eternamente vivo, qué paradoja.

Las mujeres de esta pasión y mar de sueños traídas a escena por Marina Heredia: La Julieta de “El Público”, la obra surrealista que le sugirió su estancia en Nueva York y que escribió en Cuba en 1930, para metamorfosear la existencia real de la homosexualidad, por entonces no aceptada socialmente por nadie. Su necesidad de hablar de esta realidad era imperiosa y se sirvió de un teatro “imposible” para lanzar un grito a una sociedad sorda.

“El público” no se estrenó en España hasta 1987, dirigida por Lluis Pasqual en el Teatro María Guerrero de Madrid; años más tarde, en 2015 se estrenó la ópera de Mauricio Sotelo en el Teatro Real, en la que participaron artistas flamencos como los cantaores Arcángel y Jesús Méndez. La guitarra de Juan Manuel Cañizares, el bailaor Rubén Olmo (hoy director del BNE) y la percusión de Agustín Diassera, aparte del elenco propiamente operístico.  

Lo irrepresentable en los años treinta y siguientes ya era representable cincuenta años más tarde y en ópera ochenta y cinco años después de su creación. Ahora, en 2021, un fragmento muy representativo de “El público” vuelve a la escena para reivindicar a una Julieta shakespeariana, que en realidad es un muchacho.

Se anuncia con una serie de audiovisuales de la Nueva York que conoció Lorca y el ballet de los caballos blancos y el caballo negro, el emperador, Elena (Marina Heredia) y el Director, alter ego de Federico. Simbología homosexual y homofóbica.

Confieso que antes de empezar hice un ejercicio de adivinación sobre cuales iban a ser las cuatro mujeres que iban a representarse. Acerté tres: La casa de Bernarda Alba, Así que pasen cinco años y Mariana Pineda. Mi otra elección había sido Doña Rosita la soltera, uno de los grandes paradigmas sociales de los tiempos lorquianos en la que como en Bernarda Alba hay una criada que parece la voz de la conciencia de la realidad que nadie quiere admitir.

Pero me gustó la presencia del surrealismo lorquiano, la única forma de decir lo que no se podía decir y que de hecho no pudo decirse ante un público durante mucho tiempo.

En lo que los personajes de las cuatro representaciones de “Lorca la pasión, un mar de sueños” se dan la mano, es que fueron personajes paradigmáticos de una sociedad que ya no existe. Y podríamos añadir igualmente a Doña Rosita.  Son mujeres tan víctimas de unas circunstancias sociales como la homosexualidad. El drama de las hijas de Bernarda era habitual en hijas de familia de entonces y mucho después, en esa Granada y aledaños cerrada a cal y canto, donde la virginidad, era más importante que la propia vida. Donde había que esperar a que pretendiera alguien adecuado al estatus familiar. Donde el luto era oceánico. 

Así que pasen cinco años, el poema dramatizado sobre el amor no correspondido y la muerte, escrito en 1931. La obra surrealista y profética sin pretenderlo de su propia muerte cinco años más tarde, en 1936. La leyenda del tiempo como subtítulo, con la que muchos años después iniciaría la revolución del cante flamenco Camarón de la Isla, otro mito y leyenda por su muerte temprana. Otra pieza de teatro imposible, que ese mismo otoño de 1936 iba a hacer posible Margarita Xirgu, la actriz icónica de Lorca. Las Parcas presentes en la obra, en forma de guerra civil, segaron el proyecto, la vida de Federico y de cientos de miles de vidas en España y poco después millones en toda Europa. No sé si se ha dicho alguna vez, pero Así que pasen cinco años es la obra más inquietante del teatro del siglo XX, incluyendo a Brecht.

Y qué decir de Mariana Pineda, víctima por los cuatro costados: de sí misma, del canalla que  la abandona yéndose a la seguridad del exilio al que ella sigue siendo fiel, en aras de una libertad que ella ha perdido. El canalla que le ofrece seguir viva a cambio de prostituirse con él. Mariana no es una víctima de la libertad, es una víctima de los hombres de su vida. De su marido fallecido, de su amante liberal, de su acosador hasta la muerte, defensor a ultranza de las caenas. Y finalmente de sí misma.

Ahí reside la pesadilla de lo que vimos ayer en cuatro ballets extraordinarios, que nos pusieron delante de los ojos, que eso existió y que esas mujeres lorquianas representan a millones de mujeres que sufrieron esos yugos. Muy bello, todo ello envuelto en arte de primerísima calidad, pero que al mismo tiempo nos pone ante el dilema de los yugos y esclavitudes de hoy, que existen, pero de los que quizá no somos conscientes.

Dice Rosario Pardo, responsable del guión y de la dirección escénica, entre otras cosas, que “si Federico viviera estaría orgulloso de Un mar de sueños. Que hemos comprobado gratamente que el espíritu de Lorca está con nosotros. Así ha sido recibido por el público y la crítica, que han reconocido y aplaudido esta particular revisión de Federico y sus mujeres.”

Y tiene razón. Creo que el espíritu de Federico está permanentemente entre nosotros. En espíritu vive. Pero también creo que si pudiera hablarnos nos diría que le hubiera gustado ser joven ahora, ochenta y cinco años después de su muerte, para poder vivir en libertad su homosexualidad, ser parte de una sociedad con mujeres muy diferentes, mucho más libres, pero seguro que para él, también teatralizables. Él seguiría con su visión femenina del mundo, una visión siempre crítica.

Ficha artística:

Marina Heredia, Dirección.

Rosario Pardo, guión y dirección escénica.

Eva Yerbabuena, dirección coreográfica.

José Quevedo El Bola, música original y dirección musical.

María Alfonsa Rosso, actriz.

Chema del Barco, actor.

Jaime Heredia El Parrón, voz en off.

Cristian Lozano, primer bailarín.

Adrián Sánchez, Antonio González, Raimundo Benitez, Juan Tomás de la Molla, Florencia O’Ryan, Cristina Aguilera, Cristina Soler, Irene Morales, Irene Rueda, bailarines.

Rubén Campos y Marcos Palometas, guitarras.

Rafael Moisés Heredia, percusión.

Antonio El Turry, Víctor Carrasco, Anabel Rivera, Fita Heredia, cantaores.

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