LA AVENTURA DEL TANGO: Y PIAZZOLLA SE CALLÓ

ANTONIIO PIPPO PEDRAGOSA Columnista

Lo último que hizo fue viajar a Riga, capital de Letonia, para grabar tres obras, en formato clásico pero con base de tango, para dos violines -el suyo y el de su hijo Pablo- y una orquesta integrada por sesenta músicos locales: -¡Bendito sea Dios, que me dio esto en el ocaso de mi vida! Las melodías me aparecieron de golpe. Cuando pude escucharlas armonizadas en un procesador no lo podía creer…

Poco antes de partir tuvo una premonición.

-Tengo miedo de morir.

-No diga eso, maestro.

-Es que me están pasando cosas maravillosas, increíbles. Cosas que no entiendo, como que Zubin Metha me quiera conocer o los maestros Isaac Stern y Simón Blech me elogien tanto. Que se queden sorprendidos con el sonido y los yeites tangueros de mi violín…

Fue el canto del cisne.

El disco salió y llegó a Argentina, pero al regreso, ese mismo año, 1998, el 17 de octubre, Antonio Pablo Agri, uno de los más grades violinistas del tango y el preferido de Piazzolla, dio su último suspiro poniendo fin a una cruel enfermedad que muy rápidamente lo dejó sin chance de pelear. 

Agri había nacido el 5 de mayo de 1932 en Rosario, donde aprendió música clásica y popular con el maestro Derminio Guastavino y desde chiquilín, debutó en 1947, se destacó en varias orquestas -Fresedo, De Angelis, Basso, Troilo, Salgán, Federico- y acompañando a artistas consagrados: usó siempre un violín sin marca, que describía cariñosamente como “berreta y leal, igual a un viejo Chevrolet”.

Pero Antonio Agri es inseparable de la mejor historia de Piazzolla.

Corría 1962 cuando Astor soñaba formar su “Quinteto Nuevo Tango”, aunque sentía que le faltaba algo muy preciso. Fue entonces que Nito Farece, violinista de Pichuco, le recomendó a aquel rosarino de treinta años. No era sencillo convencer a Piazzolla: exigente, obsesivo y de carácter espinoso, más de una vez había pegado un portazo y dejado a un aspirante en la calle. Cuando llegó Agri y vio su violín puso mala cara, le dijo, seco, que tocara algo y le dio la espalda; raro en él, quedó callado. Al terminar la prueba una sonrisa se dibujó en su cara y enseguida gritó: -¡Al fin conseguí a uno que es Vardarito, Francini y Bajour al mismo tiempo!

Estuvieron juntos doce años. Agri no aprendió a mejorar su toque con Piazzolla, pero el estímulo recibido le permitió potenciar sus propias facultades. Es a Astor a quien pertenece el concepto de roña para describir el modo de templar el instrumento: es un sinónimo de yeite o, dicho más castizamente, de la cadencia; una manera de colocar y acariciar el arco, una forma íntima de arrancar sonidos viejos y nuevos sin la que, lisa y llanamente, no hay tango. Trucos, improvisaciones de las que tanto sabía el autor de Lo que vendrá.

Dijo Osvaldo Requena: -¿Sabés?  No sé si los estudios de Agri fueron de más de dos días. Por ahí exagero, pero no mucho. Fue un intuitivo notable. Sin apartarse de lo escrito creaba sus cosas y… ¡fijate si lo haría bien que Piazzolla, que por supuesto lo advertía, se quedaba calladito! Es que era un aporte impresionante…

Antonio Agri fue el violín solista de María de Buenos Aires, actuó en el Colón, en el Olympia de París, grabó con la Royal Philarmonic de Londres, lo convocó el cellista Yo Yo Ma para hacer Soul of tango y acompañó a Paco de Lucía, Plácido Domingo y Mercedes Sosa. A mediados de la década de 1970 formó su propio conjunto de cuerdas y aceptó un contrato con la Orquesta Estable del Colón.

-Astor me dijo de todo. Que lo dejaba a él por “un oscuro atril con el que buscaba una jubilación”. Y hoy que lo pienso otra vez… tenía razón. Yo jamás trascendí tocando Mozart o Vivaldi. Toda mi repercusión se debe al tango y a mi viejo violín.

Manuel Adet lo definió como nadie: -Todas sus ideas giraban en torno al violín. El de la “chicharra” para la rítmica de Piazzolla; la cuerda de sol para las notas graves vibrantes; la cuerda de mi para los dulcísimos agudos y las de re y la para las envolventes, en el registro medio.

Recién en la madurez Agri alcanzó también éxito como compositor en exquisitas obras complejas pero pegadizas: Sin pretensiones de nada (I y II), Agri por 2, Carambón y Kokoró – Kará.

Se le recordará, además y especialmente, claro, por sus ejecuciones de todo Piazzolla y de Los mareados, Nostalgias o Retrato, de Alfredo Gobbi. Y por su tierna, conmovedora humildad:

El violín me eligió a mí. Por eso soy músico. Como dijo Yupanki: “Hay quien deslumbra y quien alumbra”. Yo jamás pretendí deslumbrar

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