La aventura del tango: El Gordo Alorsa

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA Columnista

Hay muchas frases hechas y pegajosas, esas que suelen ser no sólo fosforescencias con apariencia de sabiduría, y –peor aún- mentirosas, por las que demasiada gente acusa al tango de cosa de viejos.

“El tango es la única música que te espera”, por ejemplo.

Nadie se la ha adjudicado, pero reaparece cada tanto. Es el uso de un sofisma perverso que crucifica a generaciones jóvenes que se van reproduciendo, ordenándoles envejecer para entender al tango, gustarlo y hasta para recrearlo.

Hay allí una negación insostenible.

La aventura del tango, que lleva más de dos siglos sin detenerse, se alimentó siempre de juventud y, lo que es muy penoso –una emoción agregada que te parte el alma-, de vidas muy breves: en el pasado lejano, en el todavía discutible cierre del llamado “tango clásico” y aún ahora, en tiempos de ritmos frenéticos como el rock o marginales pero expandidos como la cumbia villera.

¡Y tantos ejemplos recientes y cercanos!

Por eso quiero recordar al Gordo Alorsa.

Jorge Marcelo Pandelucos –el Gordo Alorsa- nació en Tolosa, barrio de La Plata, el 24 de noviembre de 1970. Antes de ser compositor y cantante fue profesor, taxista y hasta enólogo (le gustaba describirlo así pero de verdad fue barman), y recibió post mortem el título de ingeniero electrónico. Manejar el “tacho” le sirvió, y cómo: en cada parada escribía en una libreta las historias que los pasajeros contaban.

-Me describían el barrio, la esquina, el baldío, la cancha, el tablón, la muchacha soñada, la calle de tierra. Sabiduría de eso, de barrio y calle, propia, nuestra, suburbana, de la que es difícil ser ajeno, porque está en el tango y el tango nos toca a todos. ¿Quién se va a plantear que a un joven hoy no le pique esa música? Para mí una pareja de rollingas, aún sin saberlo, es tanguera.

Martín Luna escribió: “El Gordo habló del calavera, del buscavida, del turro arrepentido y de todos los hermosos perdedores de la vida; los cobijó bajo el ala de sus canciones mojadas con ritmo de tango, de candombe, de milonga y su poesía narró enemistades, vicios, pecados, odios, romances, cuernos, sueños y traiciones”.

“Sabiduría popular en estado puro”, dijo Juan Carlos Jara.

La obra del Gordo Alorsa está en todas partes, incluso en las murgas: -Yo le canto a los que no buscan salvarse con Carlitos, ni con Pichuco, ni con Piazzolla. Intento empezar después de ese bache y seguro que luego vendrán muchachos más talentosos. Espero que me recuerden por haber plantado la semilla.

El Gordo empezó apartándose del lunfardo oxidado y halló un lenguaje coloquial con el que la juventud se identificó: –Escribo desde la escuela, era el “traga” del colegio, pero aprendí a tocar la guitarra ya boludo, me zarpé con coros y bandas alocadas, me gustan The Doors y las milongas de Rivero, los libros de Cortázar y Onetti, el patio de mi casa, el fútbol, soy gasolero y viajo a dedo y ¡mirá, vos! no bailo tango, pero de pibe pisaba las hormigas del jardín.

Con guitarras y percusión se lanzó al ruedo como solista, en “La Cría del Plata”, con su primer éxito, Tata Dios no es argentino. Antes había compuesto Ezeiza, pintura sobre la crisis social de 2001, Cabulero, el homenaje a Maradona Para verte gambetear, el vals La nena, La pesadilla (“Soné que los Reyes Magos, peleados por una mina, dejaban los camellos abandonados en la esquina”), y una ternura de melodía y palabras: Canción de cuna para mi vieja, que arranca lágrimas aunque uno se resista.

Sus letras –“tan rufianescas como melancólicas y tan irónicas como certeras, que también hablan sobre la unión latinoamericana, el imperio, el poder y las Malvinas”, sentenció Luna-, y su música, con lejanas reminiscencias de Daniel Melingo, lo llevaron por muchos sitios de la Argentina, países vecinos, Europa y Japón. El gran salto lo dio cuando formó su mítico conjunto La Guardia Hereje, con el cual salió del under y grabó Tangos y otras yerbas (2005) y Trece canciones para Mandinga (2008), discos que vendía a bajo precio por Internet, con temas que le grabaron, entre otros, Guillermo Fernández, Cucuza Castiello, Acho Estol y Dolores Solá, mientras planeaba una tercera placa que finalmente salió pero llegó tarde, porque al Gordo le dio por morirse de un ataque cardíaco a los 38 años, el 31 de agosto de 2009.

La zanja marca el lateral. El cordón se fue./ Y un árbol que juega de wing devuelve la pared./ Canchita feliz…, picado de ayer,/ las vías del tren, el paredón… y los arcos sin red.

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