LA AVENTURA DEL TANGO: ENTRE DOS MUJERES

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA Columnista

Sí, claro. El título tiene algo de metafórico. Y también intenta explicar la persistente, casi loca insistencia de muchos investigadores e historiadores por descubrir la verdad de una circunstancia fundacional para el tango.

Quizás pague la pena sobrevolar otra vez una historia y coquetear con un debate que se alimentan de pocas cosas ciertas y mucha leyenda borrosa.

Sin embargo, en el origen de esa historia hay algo irrefutable: creado y estrenado en 1897, El entrerriano es, en descripción de Luis Bates “el más antiguo de los tangos vigentes en el repertorio de orquestas y grupos actuales en el mundo”.

Pero es algo más: dio inicio, compuesto en dos por cuatro y con tres partes, a la primera evolución del tango clásico, la Guardia Vieja, dejando atrás, en calidad musical, todo lo anterior compuesto en ámbitos suburbanos y marginales.

El autor fue, en sí mismo, una suerte de breve y extravagante aventura.

Rosendo Cayetano Mendizábal

Se llamó Rosendo Cayetano Mendizábal –nacido el 21 de abril de 1868 en Buenos Aires y muerto en la misma ciudad el 1º de julio de 1913-, segundo hijo de una familia afrodescendiente de abundantes recursos económicos: eso le permitió, pese a quedar a los tres años huérfano de padre –don Horacio Mendizábal, el más popular de la minoría de escritores negros, poeta romántico que siempre condujo su lirismo a la búsqueda de reivindicaciones raciales-, que al llegar a la adolescencia pudiera estudiar música, particularmente piano y guitarra, en su propia casa. Aunque fue padre de siete hijos y los educó bien, a Rosendo, en su juventud, lo fascinó la noche, la bohemia, las diversiones y el dispendio, razón que explica que haya dilapidado su jugosa parte de la herencia y visto obligado, además de extensas recorridas por peringundines, prostíbulos y academias, a dar clases de piano para sobrevivir.

Frecuentó las míticas casas de “La vieja Eustaquia” y “La parda Adelina”, el café “Tarana” y el histórico “Hansen”, actuando casi siempre como solista y repetidamente condicionado, para “hacer la suya”, por la generosidad de la concurrencia.

Ahora bien: ¿dónde compuso y estrenó El entrerriano?

Y ahí corcovea el lío.

Fue pianista estable de un par de sitios de baile y amores de ocasión de dos mujeres, tan distintas entre ellas como sus lugares, aunque en ambos jugueteaban las mismas prácticas: “Lo de Laura, la morocha”, propiedad de Laurentina Montserrat, en Paraguay 2512, y “Lo de María, la vasca”, a veinte cuadras de distancia, en Europa 2721 (hoy Carlos Calvo), cuya dueña fue María Rangolla, quien supo poner al frente a su pareja, Carlos Kern, “El inglés”, corpulento hombre de pocas pulgas que mantenía el orden.

De Laura escribió León Benarós: -Deslumbraba cuando aparecía. Se mostraba de pollera larga y estrecha, con algo de cola y cubierta por una lujosa “matinée”, especie de casaca suelta llena de encajes. Morocha, de ojos negros, hermosa, bien formada. Su casa estaba decorada como ciertos lugares pintados por Toulusse-Lautrec. Ella solía frecuentar el Colón y sus clientes eran adinerados, generalmente vinculados al turf y al juego, y las mujeres que deambulaban a su disposición se comportaban a la altura de la dueña. Si alguien conseguía una en exclusividad era como sacar la lotería.

María era bonita pero de expresiones y comportamiento ordinarios, muy poco por encima de sus “alternadoras”. Por el local –una típica edificación de las que entonces llamaban “chorizo”- iban muchos estudiantes y grupos de hombres de mal vivir: había actividad de lunes a lunes, a partir de las veintitrés horas y a la orden del Kern: “Maestro, puede empezar”. ¿Bailar? Tres pesos la hora. ¿Lo demás? Asunto de negociación, añadida siempre la comisión de la patrona.

En columnas previas, un poco lejanas, yo sostuve repetidamente que Mendizábal estrenó El entrerriano en lo de María. Hoy, tras seguir revolviendo viejos papeles, testimonios que creía perdidos y aportes de jóvenes buceadores de la historia que se abren cancha, ya no estoy seguro. Pudo haber sido en lo de Laura, como ahora dicen muchos.

La versión inicial se ha apoyado bastante en un hecho objetivo: para los músicos era el sitio preferido para estrenar tangos que les causaban inseguridad y, de todos modos, obtener publicidad.

En fin. Nunca habrá certeza absoluta.

Queda, sí, la tristeza de saber que Mendizábal murió pobre, a los cuarenta y cinco años, sin grabar su famoso tango, mientras tocaba la guitarra en un deplorable café de extramuros.

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