Por Antonio Pippo
Si uno pretende saber qué fue el escolasticismo –para entender a los escolásticos- debe revisar su descripción en cualquier enciclopedia: una filosofía de la Edad Media, con una bella pluralidad de influencias cristiana, arábiga y judaica, en la que dominan las doctrinas de Aristóteles, un señor al que se le ha prestado mucha atención a lo largo de siglos.
Aristóteles, que hasta ahora tiene sus hinchas, fue muy influyente en el campo de la lógica, algo que falta en la política vernácula. Por eso traje esto a colación.
Pero, cuidado, lo primero que debo decir es que no creo que de la mano aristotélica, y menos de sus escolásticos seguidores, podamos cultivar la lógica.
Bertrand Russell, a comienzos del siglo XX, dijo que Aristóteles basó esa teoría en el silogismo, un argumento que consta de tres partes: una premisa mayor, una premisa menor y una conclusión.
Por ejemplo: todos los legisladores deben ser cuanto menos inteligentes; fulano de tal es legislador; por lo tanto, debe ser cuanto menos inteligente.
Pero Russell, tras concienzudos estudios, llegó a la conclusión que tal teoría no sólo es falsa sino insignificante y sólo condujo, por su extenso dominio en el pensamiento occidental, a que hasta la época moderna tanto en ciencia, en filosofía o en lógica misma se tuviera que luchar “contra la oposición violenta de los escolásticos”, que siguen urdiendo sus ideas como telas en el cerebro sin atender a lo que realmente pasa alrededor. O sea, errando goles al borde del área chica.
¿A santo de qué este prólogo, lector, que tal vez le resulte fatigoso?
Tengo dudas, sustentado básicamente por las experiencias vividas en las últimas tres legislaturas, que vayamos a tener en 2026 una mayoría de parlamentarios capaces de la tolerancia, de la sensatez, defensores de la conciliación y el acuerdo y, sobre todo, escolarmente idóneos para redactar leyes –su tarea intrínseca- sin errores conceptuales, de semántica y gramaticales y, ¡ah, vaya cuestión!, sin contradicciones entre unos artículos y otros.
¿Sabe qué me pasa, además? Sospecho, y esto no sólo es subjetivo sino que puede ser un error de mi parte, así que si quiere seguir la huella hágalo nomás, que los políticos responsables de armar las listas de las que saldrán los futuros legisladores, por los primeros indicios advertibles, padecen una suerte de escolasticismo voraz en las entrañas.
Si yo tuviese razón, vamos a poblar las Cámaras de Diputados y Senadores de quizás buenos señores y señoras que, con unas honrosas excepciones, como ha ocurrido hasta hoy, seguirán vomitando leyes torpes, confusas, hasta inconstitucionales, lo que tendrá, de ocurrir, un solo destino: no se podrán aplicar o se aplicarán para enredar más aún todo aquello que podría necesitar convertirse en asunto de Estado consensuado para que el país salga del marasmo social, cultural y económico en que encuentra.
Noches atrás, mi amigo Epifanio tuvo un efluvio filosófico: -Mirá, loco, hay un mundo abstracto donde todos son vivos y van de pavada en pavada, o de acomodo en acomodo. Y otro mundo real, lo inmediato, que hay que atender en serio. Si seguimos en el primero no arreglamos esto ni con un pulpón de novillo y una botella de amarillo importado.
Me sorprendió. Fue como una revelación.
Claro, había chupado como una sopapa. Y que un alcohólico sea hoy más sabio que los escolásticos, en un tiempo al borde de una ley seca, ¿adónde podría conducirnos?
¡Qué macana!
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