EL PENSADOR: El pionero olvidado

Por Antonio Pippo

Es el caso de esta semana, que quiero destinar a recuperar la memoria acerca de un olvidado en la obra poética nacional, gran aporte, en las primeras décadas del siglo pasado, para la creación de una cultura que fue, está claro, mejor que la actual.

Quién sabe si no hay allí una de las claves que expliquen la degradación social de hoy.

La mayoría de los historiadores, investigadores y hasta filósofos, coincide en un punto clave: 1900. Ocurre que a partir de esa tal vez difusa fecha, la poesía de esta tierra inició un camino creciente que terminó incorporando -al paso de unos años breves y entre otros- a Zorrilla de San Martín, Alejandro Magariños Cervantes, María Eugenia Vaz Ferreira, Juan Carlos Gómez, Alcides de María, Emilio Frugoni, Juana de Ibarbourou y Carlos Roxlo. Ellos, y algunos más, crearon la “Generación del 900”, que Raúl Montero Bustamante llevó a un libro titulado “El Parnaso Oriental”, publicado en 1915 con la intención de retratar cronológicamente a los líderes líricos, muchos de quienes cumplieron altas funciones en la política, de una cultura nacional que duró décadas para felicidad del país y que se fue deteriorando -con tal poesía incluida- desde mediados y hacia fines del siglo XIX.

Pero en estos casos, como ocurre casi siempre, los nombres más rimbombantes remiten al olvido a quien, quizás, fue el verdadero líder -o el mejor entre los más celebrados- de la revolución literaria.

Pablo Minelli González nació en Montevideo en julio de 1883 y murió en 1970. Releyendo añejas críticas, hubo consenso, incluyendo a Montero Bustamante, de que fue un pionero, “un poeta de sombras y luces, un viajero de las palabras, perteneciente, sí, a la gloriosa “Generación del 900” pero confeso admirador de Baudalaire y Verlaine, dos faros que iluminaron su camino lleno de versos marcados por la melancolía y el refinamiento sensorial, movidos entre la exaltación de la belleza y el desencanto del tiempo”. 

Minelli, en papel de diplomático, recorrió Chile, España, Francia, Alemania y Bélgica, a los que usó como fuentes de inspiración, evocando su admiración por la lírica francesa y su deseo de entretejerla con la tradición simbolista: desde los bulevares parisinos hasta las costas ibéricas, su poesía absorbió la cadencia de los paisajes que lo conmovieron.

Sus principales obras fueron Mujeres flacas, El alma del Rapsoda, El canto otoñal, Las Puertas, Siete campanas y Paisajes y marinas de Iberia, éste su último libro.

El pionero olvidado dejó detrás de sí una obra que, si se la recordara, brillaría como entonces, especialmente entre quienes buscamos en la lírica el destello de lo eterno. Poetas de silencios y susurros, creadores de imágenes que flotan entre lo efímero y la inmensidad de la palabra.

Un aire de Chopin (Pablo Minelli González)

La semi oscuridad de la antesala/ tiene un rayo de sol por parroquiano,/ y la blonda Mimy llora en el piano/ un aire de Chopin, triste y lontano…/ Mi mirada en Mimy mustia resbala,/ y mis párpados caen con desgano/ en un ensueño pálido y lejano;/ y lloramos:/ Chopin, Mimy, yo… y el piano.


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