Por Antonio Pippo
En los hechos, nuestro país tiene lo que podría llamarse un cuarto poder independiente: el sindicalismo.
Simplemente basta, para aceptar esta aseveración como un hecho objetivo, el transcurrir de los años de cualquier gobierno y advertir cuántas veces y de qué modo, ese sindicalismo no sólo defiende derechos de los trabajadores -es lo que corresponde- sino que, a favor de concesiones legislativas que no le ha movido el sombrero- interfiere con la marcha económica y social de la nación. Paros destemplados, marchas a la altura de las de Carnaval y otros palos en la rueda que hace andar a Uruguay.
No es sencillo distinguir una línea precisa entre lo que debe hacer el sindicalismo en su función y lo que no se le debería permitir cuando afecta de decenas de formas diferentes a la economía, al trabajo, a la educación, a la seguridad y hasta a la política de inversiones planeada por el gobierno de turno.
Sin embargo, hay algunas medidas, todas dentro de la idea democrática de gobierno, podrían tomarse para al menos minimizar los daños y los proyectos respectivos sigue encajonados.
Hay una idea central que se desgrana fácilmente: los sindicatos deberían tener personería jurídica aprobada, deberían celebrar elecciones cada cuatro o cinco años de sus directivas, sin posibilidades de reelección inmediata, sino posterior a una administración, y toda votación -electoral o en asambleas convocadas- tendría que ser secreta. Sólo con esto, que es democracia pura y no beneficios gratuitos a los “dueños” sindicales, bastaría para que el país, incluso los propios trabajadores, tuvieran mejor futuro.
No se ha podido. Los legisladores de todos los colores e ideas no han logrado la valentía suficiente para un acuerdo sobre esta cuestión tan clara.
Ahora viene un gobierno de izquierda (para algunos de centro izquierda) que no abre esperanza alguna sobre lo antedicho. Peor aún: el bolcheviquismo que domina a la mayoría abrumadora de los sindicatos tiene mucha fuerza -hacia adentro y hacia afuera- como para que del Parlamento salga, por acuerdo, ya que no hay mayorías absolutas, una legislación en el sentido que he propuesto.
No veo ante mi otro panorama que el empeoramiento; quizás me equivoque en parte porque los bolches dominantes en los sindicatos a fin de cuentas tienen un gobierno que integran o los representa.
No me queda por hacer más que desgranar estas líneas, sabiendo que mucha gente comparte la idea expresada, pero se sienten inermes más allá de un inútil gruñido de protesta.
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