La Aventura del Tango: La Emoción que Abraza

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA
Columnista

Varios lectores se han interrogado, y me lo han hecho saber, sobre la emoción que les despiertan algunas letras de tango. Aun en la melancolía o la tristeza las sienten benevolentes, cálidas como una caricia que esperan.

Creen que le pasa a la gente a partir de cierta edad y con más frecuencia a los añosos, apelando a aquella frase ya demasiado recurrida: “El tango es la única música que te espera”. Pues no; he probado que muchos jóvenes sienten, a su manera, esa misma emoción.

Las diferencias son otras.

Enrique Cadícamo murió casi centenario. Fue el más prolífico y cambiante de los letristas, además de haber escrito libros de poemas y crónicas de la música popular ciudadana: abordó el lunfardo, se sumergió en el simbolismo, en el surrealismo francés y terminó abrevando en poetas como Rubén Darío y García Lorca.

Homero Expósito pasó a la posteridad como el mayor creador de metáforas audaces. Fue un hombre culto y perfeccionista, que leyó los clásicos griegos tanto como a Cervantes, Baudelaire o Dostoievsky. A lo largo de años, académicos e intelectuales que poco tenían que ver con el tango, fueron seducidos por este autor: desarrollaron tesis provocativas pero respetuosas sobre una sola línea de su poema Los Mareados, en la que, con sólo siete palabras usa tres tiempos verbales para describir, sin comparación posible, la síntesis de una dramática despedida: –Hoy vas a entrar en mi pasado

Ambos integran la lista de mis admiraciones.

Sin embargo, si de emociones se trata, a mi juicio nadie alcanzó, escribiendo canciones con las palabras más simples y no obstante indispensables, la estatura de Homero Manzi.

Fue también un hombre culto –bien leído, como solía decirse-, pero que entendió de qué forma debía transmitir sentimientos que llegaran de inmediato al corazón de los demás.

Recuerdo que Borges, en un lejano reportaje, me habló de “la música de las palabras”. Dijo entonces que, sobre todo en poesía, se trata de buscar palabras en las que uno descubre su melodía; puso el ejemplo de “melancolía” –que para él sonaba como un acorde- y sentenció que cada línea debía contenerlas, sin que ninguna rompiese la musicalidad buscada por la frase, y que las más sencillas son las que encajan a la perfección entre sí.

Manzi creó la letra de decenas y decenas de canciones siguiendo ese camino. Un filósofo francés, cuyo nombre he olvidado, que gustaba del tango, dijo que un verso de cuatro líneas de este autor, usando las palabras más simples, era la mejor definición, clara y comprensible para cualquiera, de la frustración creada en la vida del hombre por el tiempo, sumido en desencanto, y por lo que no logró pese a quererlo; pertenece al tango De barro y es éste: –Estoy mirando mi vida/ en el cristal de un charquito/ y pasan, mientras medito,/ los años perdidos,/ los sueños marchitos… 

Recuerdo una frase de Julio Nudler: –Apeló a la metáfora, incluso surrealista, pero no avanzó demasiado por ese camino que, quizás, hubiera dificultado la comprensión del hombre común. No utilizó el lunfardo y, a diferencia de otros grandes autores, sus letras no ofrecen crónicas de la realidad social ni imparten consignas morales. Sus versos suelen estar llenos de nostalgia y a través de ellos, Manzi arroja una mirada plena de ternura y compasión hacia los seres y las cosas queridas y, sobre todo, hacia lo que fue esencial y se ha perdido.

Tuvo una vida corta pero sobresaliente. Murió a los cuarenta y cuatro años, dejando obras maestras con distintos músicos. Entre muchas más: Sur, Romance de barrio, Barrio pobre, Discepolín y Che bandoneón, con Troilo; la creación de “milongas ciudadanas”, junto a Sebastián Piana; Malena, Solamente ella, Mañana zarpa un barco y Tal vez será mi voz, con Lucio Demare; Fuimos, con José Dames; De barro, con Hugo Gutiérrez; Viejo ciego, con Piana y Castillo; Ninguna, con Fernández Siro, Recién, con Pugliese y El último organito, con su único hijo, Acho.

Sus últimas creaciones, en la cama del hospital, fueron Una lágrima tuya, con Mores y dos poemas, Definiciones para esperar mi muerte y El último viaje de Quiroga, que, hasta dónde he podido saber, sólo grabó Susana Rinaldi y, únicamente el primero, Mónica Navarro.

Y pese a lo dicho por Nudler, mi emoción queda en una metáfora impresionante de Fuimos: –Fui como una lluvia de cenizas y fatigas/ en las horas resignadas de tu vida

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