LA AVENTURA DEL TANGO: EL HOMBRE INQUIETO

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA Columnista

Fue aquí, en Montevideo, donde se radicó un lustro, a los dieciocho años, que halló su sitio en el mundo.

Aquí soltó el talento musical acumulado desde la niñez, y al más alto nivel, para convertirse en uno de los grandes innovadores del tango. Aquí se inició como pianista de fantasía y humorista, y hasta clown, bajo el apodo de Rock, en el cine Defensa y en los cafés Victoria y Au bon marché. Aquí compuso su primera obra, El apache oriental, al que siguieron, en explosiva sucesión, entre otros, Bélgica, Sans Souci –con la colaboración de Cobián-, Rancho viejo, Sauce llorón, Fantástico y el tango milonga Re-Fa-Si, una de sus creaciones más famosas. Aquí conoció a Gardel, quien al paso del tiempo le grabó veintiséis temas. Aquí dio forma a su concepción del tango canción, luego de conocer Mi noche triste, de Contursi, del que tomó distancia pues no admitía incorporar letras a músicas escritas mucho antes y en tres partes: impuso la composición en dos partes con colaboración directa entre músico y poeta, creando, entonces sin saberlo, el que se llamaría luego “tango romanza”, que dio prioridad a la melodía y hasta influyó en el baile, que se hizo más elegante, de salón.

Enrique Pedro Delfino, Delfy para los amigos, pianista e instrumentista, compositor, director de orquesta, actor y humorista, nació en Buenos Aires el 15 de noviembre de 1895. Sus padres fueron dueños del teatro Politeama y allí, desde la niñez, se enamoró de la música, incluyendo la clásica, hasta admirar a Puccini, sobre todo, y a Verdi y a Wagner. Sus padres lo enviaron a estudiar esta disciplina a Italia, al Instituto de Turín, cuando apenas tenía doce años. Pero al regreso, quizás por el barrio, quizás por los amigos, sin dejar de apreciar lo clásico, ingresó a una vida adolescente bohemia y comenzó a gustar del tango. Es por este tiempo que inicia la aventura montevideana contada al comienzo.

De regreso de Uruguay, sus convicciones estilísticas se habían afirmado. En su ciudad, siguió breves meses presentándose como “el humorista del piano”, mientras no dejaba de componer. Muy pronto, junto a Osvaldo Fresedo, David Roccatagliatta y Agesilao Ferrazzano formó el “Cuarteto de Maestros” y al inicio de la década de 1920, época esencial para la evolución del tango, pasó algo inesperado: es contratado, junto a Fresedo y Roccatagliatta para integrar la Orquesta Típica Select, organizada por la RCA Víctor –muy disminuida por la competencia de la Nacional Odeón- para ir a grabar a Estados Unidos. Completaron el grupo el violinista argentino radicado en Nueva York Alberto Infante Arancibia y el violoncelista alemán Hermann Mayer. Entre el 24 de agosto y el 2 de setiembre de 1920 la orquesta grabó cincuenta y tres placas de partituras ya registradas y una, Calle Corrientes, sobre un manuscrito escrito por Delfino.    

Pero ese mismo año, al retorno a Buenos Aires, ocurrió otro hecho singular: Samuel Linnig, letrista y autor teatral, le propuso componer un tema en dos partes que pudiera pelear el rango de primer tango canción –dejando atrás a Contursi- de acuerdo a las nuevas pautas del tango romanza, para ser presentado en el sainete Delikatessen y cantado por la actriz María Esther Podestá.

No se les ocurría el nombre. Caminando una noche, tratando de hallarlo, Linnig vio a una linda morocha que los miraba desde la vereda de enfrente.

-Mirá esa milonguita… –le dijo a Delfino.

Y éste lo palmeó, alegre: -¡Encontraste el nombre…!

Muchos dicen que Milonguita fue, realmente, el primer tango canción. En fin, motivo de debates para otro día. Pero lo cantó y grabó Gardel, ¡y de qué modo!, convirtiéndolo en un éxito internacional, superior a Mi noche triste.

Delfino no paró y el éxito jamás lo abandonó. Escribió más de doscientos tangos, entre los que no se puede ignorar, además de los ya mencionados, Aquel tapado de armiño, Araca corazón, Dicen que dicen, No le digas que la quiero, Otario que andás penando, Padre Nuestro, Talán, talán, Suburbio y Ventanita florida.

Escribió decenas de obras para teatro y guiones de cine, colaboró con Gardel en Luces de Buenos Aires, actuó en Ronda de estrellas, 1938, de Jack Davison y dirigió la música de otros numerosos filmes.

Se le considera un continuador de la renovación iniciada por Arolas, Bardi y Cobián y un precursor de De Caro.

Murió el 10 de enero de 1967. Tristemente, unos años antes la vida, a veces tan injusta, lo había castigado de la peor manera: quedó ciego.

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