EL PENSADOR: Disuasión «falta sin aviso»

por Antonio Pippo

¿Qué pasa en el Ministerio del Interior. ¿Cansancio, anemia corrupción? No, no es tan lineal la cosa. En todo caso, lo contrario: preside una excitación constante y desordenada. Se han lanzado de cabeza al centro de un politizado debate sobre la seguridad, cada quien abrazado a sus supuestos intereses, que abarca cifras de disminución de delitos, cuestionamiento de la construcción de esas cifras, contradicciones, bruscas y hasta absurdas comparaciones con gestiones anteriores y una retahíla de planes para mejorar los servicios policiales y su eficacia, en medio de denuncias de corrupción interna en la Jefatura y proyectos –en algún caso delirantes- sobre la rehabilitación tanto de los presos como de los liberados tras cumplir sus condenas.

Obviamente, si el nuevo ministro, asentado en el único pastizal apetecible, asume esta postura, aunque hay otros toros moviendo agresivamente sus patas, bufando prepotentes y rodeando al privilegiado.

Es una metáfora, claro. Pobre, pero comprensible para cualquiera.

La inseguridad es, según todas las estadísticas conocidas en este país, una de las dos primeras preocupaciones de la sociedad. La otra, obvio, es la inflación.

Me cuesta recordar alguna situación anterior, no demasiado alejada en años, donde en torno a la inseguridad se esté diciendo tanta cosa insustentable, se esté tirando tanto dato flaco que se deshace en el aire y se esté, a conciencia o por un impulso emocional del momento, propalando tanta mentira. Todo este paquete, donde si algo sobra son los supuestos “entendidos”, logra confundir más a los ciudadanos.

Para hablar de algunos de los planes que sobrevuelan me falta información. Por ejemplo, acerca del entretejido del narcotráfico, las denunciadas vinculaciones entre asesores políticos de segunda línea y los delincuentes, la lentitud judicial -a la que ayuna poco a disolver- en los procesos acerca de fugas, pasaportes falsos, lavados de dinero, connivencia hasta con legisladores,, etcétera.

En cambio -aunque lo anterior quizás alcance en poco tiempo una dimensión explosiva-, puedo redundar a mis anchas acerca de una carencia lastimosa de las fuerzas policiales: su política de disuasión –a mi juicio primer paso fundamental para cualquier intento de resolver una cuestión que insumirá más de una generación-, la que no aplican o lo hacen mal.

No hay patrullaje organizado. No, siquiera pareja de policías caminando, durante la semana en días y horas diferentes, cuatro o cinco cuadras a la redonda. ¿Cómo no van a robar “al paso”, a plena luz del día, rodeados de gente que va y viene, ante la primera distracción de un contribuyente? ¿Cómo los “muchachos” no se van a sentir impunes? ¿Y qué decir del tiempo que insume –cuando alguien se toma el inútil trabajo de hacerlo- entre una llamada al 911 y la llegada de algún patrullero?

El gran problema es que la ausencia sostenida y organizada con inteligencia de la policía abarca a toda la ciudad. Incluso, cuando se ha dispuesto algún operativo para desbaratar bocas de pasta base y recuperar casas que los narcos han usurpado a sus legítimos dueños, los beneficios –reubicación de los damnificados, detención de los delincuentes, alguna ligera mejora en el barrio de calles e iluminación y una guardia de sostén- duran lo que un lirio. En determinado momento, los recursos policiales se trasladan a otra zona y la anterior, a los pocos días, vuelve a ser cribada por los ataques de quienes fueron teóricamente “desplazados” del lugar.

Es como un juego infantil. Alguien denuncia, llegamos amenazantes, limpiamos el sitio, nos quedamos un rato por si acaso y luego salimos para otro barrio.

Lo primero que desparece, ¡y no olvidemos que estamos hablando del primer paso, la disuasión!, es esa ráfaga de aire que los buenos vecinos sienten por un momento como seguridad.

¿Qué es lo que ocurre? ¿Falta personal? ¿Los planes de “presencia policial que dé confianza” es una suerte de alegre y breve desfile carnavalesco? ¿No se trabaja con los sistemas adecuados de inteligencia y en su coordinación? ¿Estamos inmersos en una gran ola de desorientación mientras unos y otros se tiran ladrillazos de politiquería barata?

Pobres de nosotros si ni siquiera hemos sido capaces en treinta años de resolver ese primer paso, tan simple y tan importante, cambiándolo por enunciados disparatados, ideas locas y, sobre todo, un desconsolador desorden que, día a día, agrava el problema.

Señores del gobierno: reflexionen. Tiene experiencia y una -¿supuesta, real?- confianza popular. ¿Los pasó la ola por encima? Bueno, vayan honrándose a sí mismos renunciando.

Y ustedes, muchachos de la oposición, antes de criticar todo dense un golpecito en la cabeza a ver si recuerdan los desaguisados que hicieron -¿recuerdan la liberación de presos del ministro Díaz, hoy fallecido?- en esta materia durante sus quince años de gobierno.


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