LA AVENTURA EL TANGO: EL PIBE BRAVO

Si hay un hombre que representa el origen compadrito, marginal y aventurero del tango, es Ernesto Ponzio, “El pibe”, violinista y compositor de la Guardia Vieja, recordado sobre todo por su primer tango, Don Juan, compuesto a los trece años.

Porteño, nació el 10 de julio de 1885 en un barrio que ya no existe –Tierra del Fuego, que estaba entre la demolida Penitenciaría, actual Parque Las Heras, y la Recoleta-, hijo de Antonio Ponzio, napolitano que tocaba el arpa, y la uruguaya Casilda Casafú. Murió joven, de un ataque cardíaco, el 21 de octubre de 1934, no sin antes construir una historia impar. Entre tanto a revolver, puede elegirse la teoría de aquellos que dicen que nació en Uruguay y fue llevado muy pequeño a Buenos Aires; y dicen más: recién en 1903 habría solicitado la ciudadanía argentina.

Pero este es un debate para otro momento.

Al despuntar la adolescencia lo enviaron a estudiar violín al Conservatorio Williams, pero el temprano fallecimiento del padre lo obligó a salir por fondas y cantinas a la búsqueda “de los vintenes que faltaban en el conventillo”. Tocó el violín en escenarios como “La Batería”, en Retiro; la casa de bailes y otras yerbas “Mamita”; el prostíbulo “El Tambito”, en Palermo; también en el mítico “Lo de María, la Vasca”, donde Rosendo Mendizábal estrenó “El entrerriano”; en “Lo de Laura” y en el legendario “Hansen”, donde sentó reales la Rubia Mireya (que según su cédula era la uruguaya Margarita Verdier).

Y “El pibe”, además de violinista y compositor, salió bravo.

Ha dicho José Gobello: “Criado en el malevaje y hombre de sangre caliente, conoció los calabozos más de una vez. Hombre simpático pero de mala hiel y de alma cerrada, se dejaba arrebatar por su genio y no toleraba agravios. Hombre de dedo ágil y alma torva, era temido por unos, esquivado por otros y querido por algunos”.

Pura verdad: en 1902 fue preso por agresión; en 1906 volvió a la cárcel por lesiones con arma de fuego; y en 1924, en un prostíbulo del barrio Pichincha de Rosario, mató de un balazo un rival ocasional, Pedro Báez. Fue condenado a veinte años de prisión, pero salió en 1928: ya era conocido y había sabido tejer amistados también entre gente influyente.

Entre pelea y pelea, incluso contando las calaboceadas, siguió con el tango, su gran pasión, al principio y por años con su gran amigo Juan Carlos Bazán, que tocaba el clarinete, con Eusebio Aspiazú, guitarrista negro y ciego a quien “El pibe” profesaba un cariño de hermano, y el flautista Vicente Pecci. Luego integró un trío de gran éxito con Eduardo Arolas y Leopoldo Thompson, hasta recalar, ya en su última etapa de fama, en la Gran Orquesta de la Guardia Vieja, otra vez junto a Bazán, y los músicos José Luis Padula, Enrique Saborido y Luis Tesseire.

Fue amigo de Gardel, a quien acompañó con Bazán en la obra De Gabino a Gardel, en la que El Mago actuaba rodeado de un elenco estelar.  La última actuación de Ponzio, el año de su muerte, fue en el teatro El Nacional. Su prematura partida, y su accidentada vida impidió que el sonido de su violín quedara registrado en el disco: el testimonio que de su calidad queda está en Tango, la primera película sonora argentina, donde aparece junto a su amigo Bazán y otros músicos tocando Don Juan.

Como compositor fue prolífico aunque desparejo; de su obra mayor hay dos versiones, la original de 1898 y una segunda, con letra Ricardo Podestá, que lleva de subtítulo El taita del barrio; y para entreverar más la historia, se sabe que Alfredo Eusebio Gobbi, el sanducero, creó para Don Juan una segunda letra y pretendió –sin éxito- registrar el tema con el título Mozos guapos. Ponzio hizo, además, Monte criollo; No te lo puedo decir; Ataniche –anagrama de Che, Anita- en homenaje a una bella y elegante habitué de “El Tambito”, con letra de María Luisa Carnelli, poeta fina, “de libro”, amante de Enrique González Tuñón, que firmaba los tangos con seudónimos masculinos (Luis Mario o Mario Castro); Don Natalio; Culpas ajenas, que fue grabado por Gardel; Avellaneda, milonga con letra de la Carnelli, al igual que El Taura, tango que “El pibe” no llegó a terminar y que concluyó Francisco Marino, el autor de El Ciruja.

Ernesto Ponzio fue una novela ambulante. Cierta vez visitó la casa de los hermanos Savino, sus amigos del barrio. Allí conoció a una hermosa niña de ojos claros; miró a la madre y le dijo: -¿No me la guarda?

Ponzio se casó con Adela Savino en 1906, cuando ésta acababa de cumplir dieciséis años.

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